EL ESPIRITU SANTO:

BAUTISMO - DON

  

Se han escrito libros, en número casi imposible de determinar, discutiendo la persona, el poder y la actuación del Espíritu Santo. Casi parece presunción el que una persona más, trate de agregar algo a lo que ya ha sido claramente establecido. Tal vez el valor estribe, no tanto en lo nuevo que el que presenta este estudio pueda llevar a la atención de los que lo leen, sino en que es un recordatorio de verdades ya presentadas. Tal vez el mayor valor recibido, sea para la persona que prepara el material para estudio. Una orientación concienzuda, reconsiderando presentaciones y proposiciones presentadas por otras personas, lleva al que las reúne una mayor comprensión y edificación sobre el asunto. Cualquiera que sea al valor que las siguientes observaciones puedan representar para los que las consideren, demos a nuestro bondadoso Padre Celestial, el honor y la gloria.

En cualquier consideración sobre el Espíritu Santo, debemos reconocer que como seres humanos con todas las limitaciones inherentes a nuestra condición, al tratar sobre el infinito, estamos discutiendo asuntos que van más allá de nuestra natural comprensión. El Espíritu Santo es una persona. Pero es una Persona Divina. Nuestro conocimiento de él está limitado a la revelación dada por el Dios Todopoderoso tal como se contiene en la Biblia. El experimentar la presencia y el poder del Espíritu Santo en nuestra vida personal, es una realidad viviente, pero una realidad que es verdadera sólo basta donde el Espíritu Santo nos habla mediante la palabra escrita. Por lo tanto, nos acercamos al infinito con cierto sentimiento de reverencia y reticencia.

Este autor está persuadido de que la mayor parte de la confusión (y esta existe) para la debida comprensión de la actuación del Espíritu Santo, estriba en que no se percibe claramente que las Escrituras del Nuevo Testamento nos dan relatos de sus variadas manifestaciones. Aún cuando tengo la convicción de que, como seres finitos con limitaciones humanas no podemos, más bien, no debemos esforzarnos por delimitar la infinidad del Espíritu Santo, también he hablado que el Nuevo Testamento revela que el Espíritu Santo obra o manifiesta su poder en tres formas o medidas completamente distintivos. El autor Russell E. Boatman clasifica estas manifestaciones del Espíritu Santo como:

1) La manifestación apostólica o singular (don del Espíritu Santo);

2) La que es de ayuda, o utilitaria, y

3) La de residencia o universal.

Para mayor claridad en nuestra consideración, me gustaría categorizar estas formas o medidas, como sigue:

1) El bautismo del Espíritu Santo, o en el Espíritu Santo.

2) Dones espirituales especiales, o realización de milagros.

3) El don del Espíritu Santo que mora en el cristiano.

En el presente estudio, consideramos la primera y la tercera dádivas del Espíritu Santo.

El bautismo del o en el Espíritu Santo puede distinguirse de sus otras medidas o actuaciones, mediante la consideración de la promesa del Espíritu Santo, las personas que participaron en esa promesa, y el propósito del prometido bautismo del Espíritu Santo.

La primera mención de la promesa del bautismo del Espíritu Santo, viene de labios de Juan el Bautista, como se narra en Mateo 3.11,12. Hay cuatro observaciones en estos versículos que deben recibir nuestra atención en lo que toda a nuestra consideración del bautismo del Espíritu Santo:

A) Debemos darnos perfecta cuenta quién es el que va a bautizar en el Espíritu Santo. Este bautismo es administrado por Jesucristo, el Hijo de Dios. Esta verdad está confirmada en otros pasajes. Consideremos Lucas 24.49.

B) Una consideración de lo que significa "ser bautizado". El Espíritu Santo no es un líquido en el que se sumergía a las personas. El ser bautizado en el Espíritu Santo es mejor comprendido, es cuando consideramos la inmersión total &emdash;o estar anonadado&emdash; o tan absorbido o poseído por el poder del Espíritu Santo, que no tenemos ni tiempo ni interés para ninguna otra cosa. El estar sumergido en el Espíritu Santo, significa estar totalmente controlados por él.

C) Quiénes iban a ser bautizados por Jesucristo. Estoy convencido de que Juan el Bautista no trató de dar la idea de que todos los que estaban presentes en la multitud que lo oía cuando hizo esta afirmación, iban a ser bautizados en el Espíritu Santo. Más bien creo que decía que a la venida del Cristo, de entre los presentes habría algunos que serían bautizados en el Espíritu Santo. Esto resulta más evidente a medida que avanzamos en nuestro estudio de los pasajes acerca del bautismo en el Espíritu Santo.

D) La aseveración "en fuego" merece ser considerada. Hay quienes la asocian con las lenguas como llamas de fuego del día de Pentecostés. Hay otros que hablan del bautismo en el Espíritu Santo y lo llaman "bautismo de fuego". Personalmente, creo que en Mateo 3.11, 12, el versículo 12 es la explicación del término "fuego" en el versículo 11. No interpreto lo que Juan el Bautista dijo que algunos serían bautizados en el Espíritu Santo y todo el resto en fuego. Entiendo que lo que dijo fue el "Señor Jesucristo bautizará a algunos de ustedes en el Espíritu Santo, y habrá algunos de ustedes a quienes él rechazará y consumirá, juntos, en fuego inextinguible".

Los que quedaron incluidos en la promesa del bautismo en el Espíritu Santo, se evidencian en el número de los que quedaron incluidos al cumplirse la promesa, y en el propósito de tal bautismo. Los que estaban incluidos en el anunciado bautismo de fuego, quedarán de manifiesto al ver quiénes son los que sean consumidos al cumplirse esta promesa. Es evidente que el cumplimiento del anunciado bautismo en el Espíritu Santo, se relaciona exclusivamente con los apóstoles y con Cornelio y los de su casa. El propósito establecido en cada caso nos ayuda a la comprensión del por qué el bautismo en el Espíritu Santo no volvió a ser necesario ni se efectuó otra vez.

Por otra parte, el bautismo en fuego no tiene a nuestro entender tal restricción sobre su cumplimiento, ni las Escrituras han dado indicación alguna de la limitación a aquellos que no obedecen a Jesucristo (2 Tesalonicenses 1.7,8; Apocalipsis 20.15; y 21.8). No encontramos inconsistencia alguna en llamar la atención al hecho de que Dios ha puesto de manifiesto quiénes recibieron el bautismo del Espíritu Santo, mientras que no ha demostrado a los que recibieron el de fuego. Careciendo de tal revelación, debemos dejar el cumplimiento de su promesa enteramente a su sabiduría. Marcos 1.8 y Lucas 3.15-17 son relatos paralelos con Mateo 3.11,12 y Juan 1.29-34 son pasajes relacionados con el mismo evento.

Vayamos ahora al evangelio de Juan, mientras seguimos considerando la promesa del bautismo del Espíritu Santo. Creo que Hechos 1.4-5 conecta y relaciona la promesa del bautismo del Espíritu Santo a lo asentado por Jesucristo, como queda mencionado en Juan 14.26; 15.26; 16.7-15.

En estos pasajes, podemos hacer esta observación (que nos lleva directamente a nuestra segunda consideración &emdash;las personas implicadas en la promesa del bautismo en el Espíritu Santo): La situación o contexto de las afirmaciones de Jesús, incluyendo la promesa del Espíritu Santo, pone de manifiesto que estaban dirigidas y eran exclusivamente para sus apóstoles. En tales casos, es que adquiero la convicción de que un buen estudio en hermenéutica serviría mucho para aclarar muchos de los malos entendimientos, como el que estamos discutiendo. Las promesas hechas por Jesús, como se relata en estos capítulos, se hicieron exclusivamente a los apóstoles y se aplican a otras personas sólo cuando los apóstoles hicieron tal aplicación. Para enfatizar este hecho, citaré al autor Ashley S. Johnson:

"Antes de referirme a las promesas de Jesús en este punto, permítaseme incrustar una gran verdad en sus mentes: Jesús no prometió este bautismo del Espíritu Santo a todo el mundo; ni lo prometió a todos sus seguidores o discípulos. La promesa estaba limitada a los doce apóstoles. Al darles su comisión, les dijo: 'He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto' (Lucas 24.49). Y otra vez, so nos dice: 'Y estando juntos, les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mi. Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días' (Hechos 1.4,5). Esto, nuevamente, circunscribe el asunto exclusivamente a los apóstoles: 'hasta el día en que fue recibido arriba, después de haber dado mandamientos por el Espíritu Santo a los apóstoles que había escogido' (Hechos 1.2).

También fija el tiempo: 'dentro de no muchos días' (Hechos 1.5). Hechos 1.2, 5 es un relato repetido de los eventos mencionados en Lucas 24.49, pero identifica más ampliamente a aquellos a quienes él habló como a apóstoles. Hechos 1.4 especifica que fue a los apóstoles a quienes encargó que no salieran de Jerusalén, y que esperaran el Espíritu Santo que Juan el Bautista había prometido. Hechos 1.26 al 2.4, identifica que los que recibieron el bautismo del Espíritu Santo, fueron los apóstoles. En mi opinión estos pasajes no dejan duda alguna acerca de quiénes recibieron ese bautismo, y quitan toda idea de que los ciento veinte de los que hace mención en Hechos 1.15 deben incluirse entre los que recibieron el bautismo del Espíritu Santo como se indica en Hechos 2.1-4".

Aunque no estoy de acuerdo en que los 120 discípulos de Hechos 1.15 hayan sido incluidos en la promesa ni en la realización del bautismo del Espíritu Santo, creo que Merril Unger ha tenido una idea que merece nuestra consideración:

"No debe suponerse, como se hace con frecuencia, que el Espíritu Santo descendió en Pentecostés porque los 120 discípulos se quedaron y le pidieron que llegara. Nada de lo que hicieron o dijeron podía de ninguna manera afectar el asunto de la venida del Espíritu. No se les dijo que oraran, sino simplemente que 'se sentaran' que 'esperaran' (Lucas 24.49), lo que sólo significaba que no debían tratar ninguna obra de 'testimonio' (Hechos 1.8) hasta que el Espíritu Santo llegara a habilitarlos. Naturalmente, oraron (1.14), tuvieron admirable participación, pero todo esto quedaba independiente de la llegada del Espíritu Santo, que llegó por 'promesa' divina (Lucas 24.49), a una hora determinada por Dios (Hechos 2.1), en un lugar designado por Dios (Joel 2.32), de acuerdo con el estilo del Antiguo Testamento (Levítico 23.15-22). Si hubieran parado en cualquier otro lugar que no hubiera sido Jerusalén, a donde se les había dicho que esperaran, no habría recibido la promesa. '...Porque en el monte de Sión y en Jerusalén habrá salvación, como ha dicho Jehová, entre el remanente al cual él habrá llamado' (Joel 2.32)".

La mención que hace el apóstol Pedro a la profecía de Joel, dirige la atención hacia otro problema que necesita ser resuelto en relación con los que envuelve la realización de la promesa del bautismo del Espíritu Santo. Pedro, por inspiración, relaciona la profecía de Joel con el cumplimiento del prometido Espíritu Santo que se manifestó evidentemente sobre los apóstoles y sobre la multitud el día de Pentecostés. Estoy persuadido de que no debemos tratar de probar cada detalle de la profecía de Joel en los acontecimientos del día de Pentecostés. Dios hablando por boca del profeta Joel, hace ciertas promesas, el cumplimiento de las cuales vemos que empiezan con el bautismo del Espíritu Santo el día de Pentecostés. El "toda carne" de los Hechos 2.17 lo interpretan algunos literalmente, incluyendo así a todo ser humano que ha aceptado a Cristo y, entendido de es manera, hace de la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles el día de Pentecostés, una necesidad para cada creyente.

Esta interpretación pone un límite sobre "toda carne" pues simultáneamente se reconoce que "toda carne" no incluye a aquellos que no aceptan a Cristo. Estoy convencido que si vamos tan lejos en cuanto a poner limitaciones, debemos ir todavía más lejos en cuanto a las limitaciones al interpretar "toda carne" incluyendo personas tanto de entre los judíos como entre los gentiles y creo que esto se adapta mejor al contexto de las Escrituras que trata del bautismo del Espíritu Santo. Las otras promesas hechas por la boca del profeta Joel pueden en mi opinión, encontrar perfectamente su cumplimiento en otras manifestaciones o medidas del Espíritu Santo en los días y épocas que siguieron al bautismo del Espíritu Santo sobre los apóstoles en el día de Pentecostés y pueden aun llegar hasta estos días en su realización final. Esto no es para que se interprete de manera equivocada y que se crea que yo sugiero la continuidad del bautismo del Espíritu Santo o la manifestación continua de los dones especialmente milagrosos del Espíritu Santo. Estoy convencido de que estos han cumplido su propósito y ya no siguen operando, pero puedo ver otras porciones de la profecía de Joel que puede muy bien alcanzarnos hasta nuestros días.

El bautismo del Espíritu Santo sobre la casa de Cornelio como se conserva en Hechos 10 es una excepción a las afirmaciones que constan respecto a la exclusividad que tenían los apóstoles como receptores del prometido bautismo del Espíritu Santo. Creo que Hechos 10 completa el "toda carne" de Hechos 2.17. El contexto de Hechos 10 con el apóstol Pedro, volviendo a contar lo ocurrido a los judíos en Jerusalén (como consta en Hechos 11) en lo que concierne a los acontecimientos en relación con el bautismo del Espíritu Santo sobre la casa de Cornelio demuestra la verdadera razón para la excepción a la regla, y el por qué se incluyó a la casa de Cornelio entre los que recibieron el bautismo del Espíritu Santo. También creo que considerando el propósito del bautismo del Espíritu Santo, nuestra afirmación y la excepción a la regla resulta todavía más evidente.

Para considerar correctamente el propósito del bautismo del Espíritu Santo debemos volvernos a las aseveraciones que Jesús hizo en presencia de los apóstoles cuando les dio, asegurándola, la promesa del Espíritu Santo, como la registra en Juan capítulos 14, 15, 16 para nuestra información. Hay ciertas manifestaciones del Espíritu Santo que fueron prometidas y dadas a los apóstoles que no están excluidas de la medida de la manifestación del Espíritu Santo prometido y dado a cada cristiano.

Sin embargo, estoy persuadido de que hay una medida especial del Espíritu Santo incluida en la promesa a los apóstoles que no está incluida en la promesa para cada cristiano. Por ejemplo, Juan 14.16-18 registra, para nuestro conocimiento, la promesa de Jesús a los apóstoles de que mandaría al Espíritu Santo como Consolador. Aunque el Espíritu Santo puede haber sido un Consolador de manera especial para los apóstoles, nosotros, ni por un momento, negaríamos el hecho de que el Espíritu Santo es un consolador para cada cristiano y este hecho se manifiesta en las enseñanzas de los apóstoles.

Pero, en Juan 14.26 el prometido Espíritu Santo venía a "enseñará (a los apóstoles) todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho (a ellos)". Este versículo junto con Juan 16.12-15 dice que la venida del Espíritu Santo traería a los apóstoles ciertas verdades que ahora no poseen y les hace recordar esas cosas que Jesús les había enseñado y les daría su guía de manera que no pudieran errar en lo que enseñaban. Semejantes promesas nunca fueron hechas a nadie más que a los apóstoles. No hay necesidad para nadie más que para los apóstoles, de recibir el bautismo del Espíritu Santo que produce este efecto. Pues porque fueron así bautizados les fue posible predicar de boca la verdad sin error y más tarde, facilitar que esas verdades fueran escritas, para que llegaran a nuestro conocimiento.

Aunque algún medio del Espíritu Santo puede haber iluminado la inteligencia de otros además de los apóstoles en esos tiempos, y que haya continuado a hacerlo en edades subsiguientes, aun hasta nuestros días, esta iluminación nos permite solamente entender las verdades que el Espíritu Santo comunicó por medio de estos apóstoles a quienes se les prometió y que recibieron el bautismo del Espíritu Santo.

Al volvernos hacia la narración del cumplimiento del bautismo prometido del Espíritu Santo como quedó registrado en Hechos 2, vemos que un propósito adicional resulta evidente. Los apóstoles necesitaban que se les impresionara con evidencia indudable, de que la promesa de su Señor del bautismo del Espíritu Santo había sido cumplida. Así, la manifestación maravillosa del bautismo del Espíritu Santo dado el día de Pentecostés fue un signo no sólo para los apóstoles sobre el cumplimiento de la promesa que su Señor les había hecho pero también fue un signo para aquellos que vivían en Jerusalén de la aprobación de Dios, y de la autoridad que prestaba a las palabras que estos hombres hablaran.

En otras palabras, la manifestación maravillosa del bautismo del Espíritu Santo el Día de Pentecostés fue un signo para todo el pueblo judío allí reunido de que Dios hablaba con ellos por medio de los apóstoles. El poder maravilloso que poseían los apóstoles e impartido a algunos otros individuos en la iglesia primitiva fue un signo más de la aprobación que Dios concedía a estos hombres como mensajeros y portavoces de él.

Dios empleó el caso especial del bautismo del Espíritu Santo a los de la casa de Cornelio como un signo para que los judíos comprendieran que los gentiles debían ser incluidos como recipientes del Evangelio de la gracia. Fue después de que Dios demostró a Pedro y a los judíos que estaban con él por el bautismo del Espíritu Santo sobre los de la casa de Cornelio, cuando Pedro se convenció y estuvo dispuesto a bautizar con agua en nombre de Jesucristo a los de la casa de Cornelio para que ellos también pudieran formar parte de la familia de Dios.

En relación con el propósito del bautismo prometido del Espíritu Santo me gustaría citar a Ashley S. Johnson:

"Nunca 12 hombres nacidos sin poder ni dinero hubieran emprendido semejante tarea sin la ayuda divina. Esto es notorio. No tenían ninguna preparación como oradores, o como abogados, de aquí la promesa de Jesús a ellos (Mateo 10.20). Habían caminado con él, se habían apoyado en él mientras se preparaban. ¿Qué podrían hacer sin él, viendo que habían fallado aun cuando él estaba cerca? De aquí su seguridad (Juan 14.18). Se vieron encargados con la misión de dar a conocer sus enseñanzas, pero Jesús era un gran, persistente e incansable maestro, ningún ser humano habría podido recordar todo lo que él dijo, de aquí la promesa (Juan 14.26). Iban a presentarse delante de jueces, reyes, y los poderosos de la tierra y dar testimonio de él y de su doctrina, de aquí la promesa (Juan 15.26-27). Habían de seguir adelante abriendo las llaves del reino celestial a las inteligencias de los hombres, atando y desatando en el nombre del Señor, llevando la convicción al espíritu de los hombres de que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios. Esta fue una tarea tremenda de aquí la promesa (Juan 16.7-11). De nuevo, desde otros punto de vista, el Espíritu Santo estaba en los apóstoles para atraer la atención de los descuidados y de la multitud que no piensa, por manifestaciones físicas, signos y maravillas. Pablo testifica en Romanos 15.18-20. De nuevo en 2 Corintios 12.11-12. De nuevo en Hebreos 2.1-4. Estos signos eran para atraer la atención hacia el mensajero &emdash;el predicador. Los signos del apóstol eran para atraer la atención al mensaje que estaba ideado para toda la gente de todos los tiempos...

"La extraordinaria actuación del Espíritu Santo, empezando con el extraordinario milagro de Pentecostés, fue necesario por otras razones de peso. Jesús vino a plantar un pensamiento nuevo en el espíritu del mundo &emdash;un imperio basado en el amor, que llegaría finalmente a incluir al mundo entero. Llamó a los apóstoles en su ayuda. Mandó al Espíritu Santo para que los dotara para la tarea. De nuevo, los apóstoles iban a ser preeminentemente los intérpretes, no sólo de la revelación peculiar de la edad de la gracia, sino de todas las revelaciones previas. A través de ellos fueron reveladas por el Espíritu Santo, las obras profundas de Dios (1 Corintios 2.9-10). De nuevo el designio del bautismo del Espíritu Santo estaba allí para probar a la mentalidad judía que el "muro de separación" quedaba roto (Efesios 2.11-15 y 3.6). Era tal el prejuicio de la raza judía contra todas las demás que nada menos que un milagro podría haber logrado el cambio. Es muy notable el hecho de que el Espíritu empleara instrumentos humanos aun aquí".

Concluimos entonces que el bautismo del Espíritu Santo abrazaba tres propósitos: 1) dar poder a los apóstoles para el trabajo especial para el que habían sido llamados por el Señor Jesucristo; 2) atraer la atención de, e impresionar a los judíos (lo mismo que a los gentiles más tarde) con el hecho de que los apóstoles eran portavoces autorizados de Dios; 3) convencer a los apóstoles y a los jefes de los judíos cristianos de que la gracia de Dios de la salvación por Jesucristo, iba a incluir a los gentiles también. Como estos tres propósitos ya se han cumplido, la medida o manifestación del Espíritu Santo en cuanto al bautismo del Espíritu Santo no se entendió más allá de los apóstoles porque ya no era necesaria después.

Mientras que es verdad que el bautismo del Espíritu Santo en las Escrituras se refiere como a un don del Espíritu Santo, es un don que se distingue de otros dones especiales o poder milagroso del Espíritu Santo y el don del Espíritu Santo que mora en el cristiano. Estoy convencido y persuadido que el don del Espíritu Santo que mora en el cristiano era posesión personal de todos aquellos que poseían dones espirituales especiales de obras milagrosas, y de aquellos que recibieron el bautismo del Espíritu Santo con la excepción especial de la casa de Cornelio. A esto se extiende el término "llenado con el Espíritu Santo" o "lleno del Espíritu Santo" en cualquier caso puede muy bien referirse a la manera en que el Espíritu Santo mora en el cristiano, y no necesariamente o específicamente relacionado ni al bautismo del Espíritu Santo ni a los dones del Espíritu Santo. Parecería de 1 Corintios 12 - 14 que algunos de los que poseían estos dones espirituales especiales no estaban del todo "llenos con el Espíritu Santo". De los Gálatas 2.11-21 podemos inferir que Pedro, que recibió ciertamente el bautismo del Espíritu Santo, ¡no estaba del todo "lleno con el Espíritu Santo"!

Volvemos entonces nuestra atención al don del Espíritu Santo que mora en el cristiano. Debemos, tal vez primero que nada, señalar que hay una "distinción" entre la palabra de Dios y el don del Espíritu Santo que mora en el cristiano.

La palabra de Dios, el Nuevo Testamento, la palabra de verdad, es el instrumento que emplea el Espíritu Santo. No debemos tomar el instrumento por el agente; sería locura no hacer ninguna distinción entre el instrumento de un hombre que puede usar en su trabajo y el hombre mismo. Tal vez algunos han cometido el grave error de concluir que el don del Espíritu Santo que mora en el cristiano, no es más que la presencia de la palabra de Dios en la inteligencia o en la memoria del cristiano. Puede ser que no podamos decir la diferencia de manera que los demás puedan verla o entenderla; sin embargo, hay diferencia entre nuestras palabras y nuestro espíritu. De la misma manera hay diferencia entre el Espíritu Santo y las palabras del Espíritu Santo.

El don del Espíritu Santo o el don del Espíritu Santo que mora en el cristiano fue prometido a todos los que cumplieran las condiciones señaladas por Dios por medio de sus mensajeros especificadas primero por el apóstol Pedro, y registradas para nuestro conocimiento en Hechos 2.38. Las condiciones para recibir al Espíritu Santo como Huésped permanente, especificadas fueron ratificadas en el cielo, y las condiciones están todavía firmes y la promesa existente. Eso de que el Espíritu Santo como persona hace su morada en el cuerpo mortal del creyente obediente lo testifican abundantemente las Escrituras. El Espíritu Santo entra en el corazón del creyente porque es un hijo, porque ha obedecido la verdad; esto armoniza con la promesa de Pedro a los miles de creyentes en Pentecostés, que creían que recibirían "el don del Espíritu Santo" en las condiciones de arrepentimiento y bautismo. (Escuchemos a Pablo: Romanos 8.13-15; Gálatas 4.4-7).

El cuerpo en el que vivimos como cristianos es también la morada del Espíritu Santo (1 Corintios 3.16-17; 6.19-20; 2 Corintios 6.6-16; Efesios 2.21-22; Hebreos 3.6; 1 Pedro 2.5). En este respecto el Sr. Unger tiene una interesante idea que nos incita a pensar:

"Que no podría haber iglesia, como el cuerpo de Cristo, antes de ese bautismo, es tan cierto como que sería imposible que no hubiera habido iglesia después. El hecho es evidente por una simple comparación de Hechos 1.5 y 2.4 con 1 Corintios 12.13 y Efesios 1.22,23. La iglesia se convirtió en un organismo, eso es, en algo viviente que crecía como un cuerpo humano o un árbol... como el Hijo necesitaba un cuerpo con el cual trabajar &emdash;por el cual obedecería, sufriría, moriría y se levantaría de nuevo; así el Espíritu necesitaba un cuerpo por el cual daría testimonio. En Pentecostés él se preparó un cuerpo; se incorporó. Hablamos de la encarnación del Hijo. Me gusta pensar en la transacción en Pentecostés como en la incorporación del Espíritu. El formó al cuerpo; él mora en él, reside en él".

Una parte de nuestro problema para entender la presencia del Espíritu Santo que mora en nuestros cuerpos mortales está en nuestra aparente ineptitud para abarcar la plenitud de lo divino &emdash;lo infinito. El Espíritu Santo, como Dios, es omnipresente. Como tal, él puede morar en nosotros y en un millón de personas más al mismo tiempo. Esto está más allá de nuestra comprensión. La presencia del Espíritu Santo dentro de nosotros debería de producirnos un sentimiento de temor y asombro. Debería haber un sentimiento de reverencia para la Persona Divina que comparte esta morada de barro con nosotros. Decimos que no entendemos que la persona del Espíritu Santo more en nosotros. ¿Entendemos acaso al espíritu humano que habita en nosotros?

Puedo preguntar ¿cómo sé que tengo al Espíritu Santo morando dentro de mí? ¿Cómo supieron los hombres que recibieron al Espíritu Santo en Pentecostés que moraba en ellos el Espíritu Santo? Lo supieron cuando cumplieron con las condiciones que habían sido especificadas por el mismo Espíritu Santo, por boca del apóstol Pedro que él cumpliría su promesa y tendría en ellos su morada. Puedo yo saberlo de la misma manera. En otras palabras, acepto el hecho de que el Espíritu ha hecho en mí su morada por medio de la fe (Gálatas 3.2-3; Efesios 3.17-18; Romanos 5.3-5; 1 Juan 2.5,6,24; Romanos 8.11; 1 Corintios 3.16; Gálatas 4.6).

Permítaseme ilustrar el don del Espíritu Santo que mora en el cristiano. Mi jefe me proporciona un automóvil como medio para transportarme a un lugar distante. Me dice que junto con el automóvil también me proporcionará un compañero de viaje que al mismo tiempo que será una distracción para mí durante el viaje, me será de gran utilidad pues conoce perfectamente el camino que lleva a mi destino, estará en condiciones de darme indicaciones valiosas. Así es que entro en dicho automóvil y mi compañero de viaje sube también. Me es completamente desconocido. Nunca nos habíamos visto. Nunca habíamos cambiado una palabra. Echo a andar el coche, principia nuestro viaje, pero antes de que podamos ir a alguna parte necesito instrucciones que me dará mi compañero. Su presencia en el coche no tendría objeto si no nos pusiéramos en comunicación. Y a medida que nos comunicamos vamos adelantando en nuestro viaje. El me da indicaciones que yo sigo. En el viaje vamos conociéndonos, pero sólo en la medida en que nos comunicamos el uno con el otro. No sólo son indicaciones las que nos damos en esa comunicación. Se desarrolla una amistad, una asociación que trae alegría. Cuando llegamos al final de nuestros viajes y llegamos a nuestro destino hemos llegado a tal amistad que nos hacemos inseparables.

Véase el paralelo con el don del Espíritu Santo que mora en nosotros. Dios nos ha dado un cuerpo en el cual habita. Hay que admitir que hemos fallado en cumplir su propósito en el uso de nuestros cuerpos por el pecado. Por su gracia él nos ha dado otra oportunidad para llevar estos cuerpos a la armonía con el propósito que él les había preparado. Esto ha hecho por su gracia extendida en Jesucristo. Nos ha ofrecido que cuando hayamos entrado en esta nueva relación con él por la expresión de nuestra fe en obediencia que él colocará en este cuerpo un compañero de viaje que será para nosotros una fuente de consuelo y un guía en nuestro viaje. Sabemos que él está allí, porque hemos creído en Dios, y Dios nos ha dicho que él está presente. No podemos apreciar su presencia, no podemos recibir los beneficios de ella, hasta que nos comuniquemos. Empezamos a hacer preguntas sinceras por la oración y el Espíritu Santo empieza a comunicarse con nosotros por medio de la palabra escrita. Al irnos apropiando y poniendo en práctica en nuestras vidas las palabras que él habla con nosotros a través de la Palabra, encontramos una renovación de propósito y de dirección en nuestras vidas.

Podemos muy bien empezar nuestro viaje por la vida, pidiendo indicaciones, pero al seguir estas indicaciones y al continuar nuestra comunicación con nuestro compañero de viaje, hemos desarrollado la conciencia de su presencia y la apreciación de su compañía. Hay más que indicaciones. Hay una creciente amistad. Es una amistad que crece con la intimidad. Es una amistad y un compañerismo que nos da la sensación de un poder que está más alto y más allá del que tenemos nosotros. Nuestro compañero se vuelve para nosotros una fuente de fuerza y poder, mientras trabajamos en el cumplimiento de lo que nuestro Padre Celestial ha puesto ante nosotros.

Sí, el Espíritu Santo es nuestro compañero de viaje. Mora en nosotros, esto lo sabemos por la fe. Pero al viajar juntos por la vida, observamos situaciones en las que la única explicación que cabe es que nuestro compañero posee el poder y logra en y por nosotros lo que está muy por encima de cualquier cosa que nosotros solos podríamos hacer o pensar.

¿El don del bautismo del Espíritu Santo? ¡Sí! Le doy gracias a Dios que juzgó oportuno darles este don a los apóstoles para darles poder y dirigirlos de manera que pudieran transmitirnos su mensaje de redención, salvación y vida eterna. Ese mensaje fue dado y confirmado. No necesito el don del bautismo del Espíritu Santo. Creo que no debo ni siquiera desear el don del bautismo del Espíritu Santo, porque sería tanto como desear algo que Dios no ha deseado que yo tenga porque no lo necesito.

¿El don del poder para hacer milagros del Espíritu Santo? ¡Sí! Y de nuevo doy gracias a Dios porque juzgó conveniente, en los primeros tiempos de la iglesia emplear a hombres especialmente dotados para asistir a los apóstoles en la propagación de la nueva del evangelio. El confirmó este mensaje por sus milagros. Este fue un signo para aquellos que vieron, hasta ese tiempo (en la plenitud del tiempo de Dios), que el mensaje fuera transmitido en forma escrita, en su marco histórico, con su confirmación histórica. Ese mensaje ha estado disponible a todas las épocas, desde entonces. Tenemos ese mensaje confirmado y completo lo que nos hará completos: "enteramente preparado para toda buena obra" (2 Timoteo 3.17).

¿El don del Espíritu Santo que mora en nosotros? ¡Si! La misma presencia de la persona del Espíritu Santo es mi compañera, mi ayuda y mi guía. Tengo una apreciación creciente por mi amigo, y sin embargo tengo un sentimiento de temor al pensar que viajo por la vida en presencia de la divinidad. ¡Qué grande es Dios que me concede a mí que tan poco valgo, tan gran privilegio! Y cómo pido para que Dios conceda a nuestras inteligencias un mejor entendimiento de la obra del Espíritu Santo, dentro y a través de nosotros para que estemos verdaderamente "llenos del Espíritu Santo" que nuestra naturaleza se refine más y más para que resulte menos ofensiva a nuestro divino compañero de viaje.

- Walter L. Spratt

"Un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos" (Efesios 4.4-6)

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Índice de Estudios

(Pasajes bíblicos tomados de la Biblia Reina-Valera Revisada ©1960 Sociedades Bíblicas en América Latina. Copyright renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Utilizado con permiso.)
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