UNA BREVE HISTORIA DEL MOVIMIENTO CRISTIANO

  

 

Primera Parte: Denominando la iglesia

Segunda Parte: La iglesia se establece oficialmente

Tercera Parte: Roma cae pero su iglesia se fortalece

Cuarta Parte:  Controversia, corrupción y consecuencias

Quinta Parte: El monacato se desarrolla y ciertos elementos eclesiásticos intentan reformas

Sexta Parte: La Reforma y la Contrarreforma

Séptima Parte: Conclusión: Influencia de los Concilios Vaticanos

 

1. Denominando la iglesia

Si es cierto que "los que no aprenden de los errores de la historia están condenados a repetirlos", parece que el pueblo cristiano figura como el grupo número uno entre tales infelices. No es que no haya suficiente información histórica de la cual se pueda aprender; al contrario, ¡hay una abundancia!! El movimiento eclesiástico es una de las historias mejor documentadas, desde su principio hasta el presente. Aún durante la Edad Media, cuando la cultura europea estaba en la "oscuridad", las órdenes monásticas hacían un trabajo admirable en mantener sus crónicas históricas. Entonces, ¿a qué se debe la falta de interés en la historia eclesiástica de parte de la mayoría de los creyentes?

El problema mayor parece ser que muchos cristianos no se preocupan por conocer cuales han sido los puntos más importantes del convulsionado desarrollo de su propio movimiento. Tienen la tendencia de dejar que "las autoridades" de su grupo escojan y enseñen los temas que a ellas les parecen ser de importancia. Pero, al inspeccionar el "otro lado de la moneda", el estudiante se dará cuenta del hecho de que son los líderes eclesiásticos mismos los que no quieren revelar ciertos hechos históricos, pues "no conviene que los feligreses los conozcan". ¿No se debe preguntar por qué? ¡Creo que sí!

La historia eclesiástica, desde la fundación de la iglesia del Señor en la ciudad de Jerusalén (Hch. 2), ha hecho manifiesta una tendencia entre los creyentes a dividirse en grupitos de "interés particular" y de ciertas "lealtades especiales". Obviamente, al hombre tal práctica le agrada mucho, pero ¿por qué?

Desde el primer siglo, los creyentes han buscado un "grupo especial" al que pertenecer, el cual usualmente se nombra para honrar a un "héroe de la fe". En Corinto (1 Cor. 1.12), varios hermanos se habían dividido en grupitos, denominándose "de Apolos" (los "apolistas"), "de Cefas" (los "cefistas"), y "de Pablo" (los "paulistas"). Puede ser que los corintios se atrevieran a hacer tal cosa porque Jesús jamás puso un nombre oficial a la iglesia.

Al principio, los enemigos del movimiento cristiano procuraban darle nombres denigrantes tal como "secta de los nazarenos" (Hch. 24.5), pero ni ellos ni los descarriados discípulos en Corinto podían alterar y adulterar las designaciones bíblicas, las que describen la manera correcta por la cual los cristianos se relacionan unos con otros, y todos con Dios; he aquí una lista parcial: discípulos, creyentes, santos, hermanos, herederos, hijos de Dios, y piedras vivas en la casa de Dios. Por supuesto, el término que mejor describe al seguidor del Mesías es el de "cristiano" (Hch. 11.26), el cual es una identidad individual, no un nombre oficial de la iglesia. En verdad, la iglesia prosperó por varios siglos presentándose única y sencillamente como "el camino" (Hch. 24.14), "la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos" (He 12.23), o simplemente "la iglesia", la que pertenece a la Deidad (Rom. 16.16; 1 Cor. 1.2).

Así fue la voluntad de Dios, y ningún nombre puesto por hombres duraba mucho tiempo durante los primeros tres siglos del movimiento cristiano. Sin embargo, temprano en el cuarto siglo, el visionario emperador, Constantino I, reconoció a la iglesia como una religión legítima en el Imperio romano.

Más tarde, el movimiento recibió un nombre oficial, según los deseos de las autoridades romanas, el cual reconocería tanto sus orígenes teológicos como también su nueva afiliación política. Pero los adjetivos "Católica", "Apostólica", y "Romana" son curiosamente llamativos por las siguientes razones: "Católica" quiere decir "universal"; pero si es también "Romana", ¡es nacional! ¿Cómo puede ser "universal" y "nacional" a la vez? Es una contradicción de terminología. ¿Sería aceptable y verídico el nombre "La República Universal de México"? Y la palabra "apostólica" quiere decir "conforme a las enseñanzas de los apóstoles".

Pero, ¡son los apóstoles mismos los que enseñaban en contra de denominar, limitar y organizar humanamente a la comunidad cristiana! La iglesia fue establecida en Jerusalén, no en Roma (Hch. 2). La sana doctrina viene de las páginas de inspiración, no de una decisión hecha por líderes eclesiásticos (2 Tim. 3.15-17; 4.1-5).

2. La iglesia se establece oficialmente

El Edicto de Tolerancia (311 d.C.) trajo el fin de la persecución por parte del Imperio romano. El Emperador Constantino había visto una virtud en los cristianos que no poseían sus propios soldados: ¡la voluntad para morir de buena gana por sus convicciones! Miles de cristianos marchaban hacia su muerte con las cabezas en alto, cantando himnos de triunfo, aún cuando sabían que pronto iban a convertirse en antorchas humanas, o iban a ser víctimas de deportes macabros en los cuales sus cuerpos llegarían a ser comida para las fieras, u objetos de la mutilación a mano de los gladiadores. Obviamente, el cese de tales prácticas fue una gran bendición para los cristianos, pero con esta bendición vino también una situación que fue destinada a cambiar drásticamente la naturaleza de la iglesia. El cambio trajo consigo una complicación de valores, metas, propósitos y organización que han adulterado y alterado radicalmente la sencillez de las doctrinas, prácticas y filosofías cristianas iniciadas en el primer siglo por Jesús y sus apóstoles.

En 323 d.C., cuando Constantino llegó al apogeo de su poder como supremo emperador, el cristianismo fue entronizado. Sin embargo, el cristianismo tuvo sólo un impacto moderado en la casa real; por ejemplo, a veces el emperador era compasivo y justo, pero en otras ocasiones era cruel. Él retardó su bautismo hasta poco antes de su muerte, y algunos han observado que "la realidad de su cristianismo era mejor que su calidad... él no era un gran cristiano, pero ciertamente era un político sabio" (La Historia de la Iglesia Cristiana, p. 67).

La iglesia comenzó a organizarse a la semejanza del Imperio romano, con sede central, distritos mayores y la congregación local ("parroquia"). Mientras que este arreglo parece ser muy eficiente, la verdad es que fue una ruptura con el patrón neotestamentario, el cual presenta lo siguiente: La sede de la iglesia se encuentra en el cielo "donde está Cristo sentado a la diestra de Dios" (Col. 3.1). La congregación local es la única organización "terrenal", y es guiada por ancianos (que también se llaman pastores, presbíteros y obispos, Hch 20.17-28; 1 Tim 3.1-7; Tit 1.5-9). Los líderes locales de la congregación son responsables única y totalmente al Señor Jesús, la cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo (Ef 1.20-23; 1 Pet 5.1-4; Hch 14.23; Mt 28.18; 1 Tim 2.5).

Con la nueva organización vino también un cambio en la manera de llevar a cabo una reunión eclesiástica, especialmente el servicio recordatorio realizado cada primer día de la semana (el domingo). Varios templos paganos fueron convertidos en casas de reunión para la nueva religión, pues ésta fue adoptada por causa de orden imperial. Pero, el convertirse por decreto no es la misma cosa que el convertirse por convicción. Las ambiciones e ideas humanas tenían más peso en las decisiones que la fe personal y la palabra del Señor Jesús. Y, en lugar de una reunión familiar, los servicios eclesiásticos llegaron a ser más solemnes, dirigidos sólo por aquellos selecto del "club" exclusivista llamado "El Clero". Este concepto fue totalmente ajeno al de la iglesia apostólica del primer siglo. Con la creciente diferencia entre "clero" y "laico", había más control por el clero y menos participación de los "legos". Esta situación perjudicó mucho el cuerpo del Señor, el cual quedó lisiado y no crecía como antes. En los tiempos neotestamentarios, cuando los cristianos se daban cuenta del hecho de que todos ellos eran el sacerdocio de Dios (1 Pet 1.9) y embajadores en nombre de Cristo (2 Co 5.17-20), la iglesia crecía rápidamente porque nadie tenía que recibir una autorización humana para predicar la buena nueva. Aún los perseguidos "iban por todas partes anunciando el evangelio" (Hch 8.4). ¿Fueron éstos enviados por una denominación o una jerarquía? ¡No! Hablaban solamente de parte de Cristo, y el pueblo reconocía quienes eran - cristianos, seguidores del Señor (Hch 11.26), no de una organización controlada por un hombre o grupos de hombres.

El movimiento cristiano cambió por completo cuando la iglesia dejó de ser perseguida y llegó a ser una parte integrante del establecimiento socio-político. En vez de ser sencillamente una convicción que gobernaba cada aspecto de la vida de los fieles, la cristiandad pronto llegó a ser una base de poder terrenal que produjo una organización compleja con una jerarquía definida, y ésta ordenó los distintos niveles del señorío eclesiástico. El alejamiento del patrón bíblico fue evidente, especialmente entre los obispados, pues aconteció tal como el apóstol Pablo había profetizado a los obispos efesios: "Y de vosotros mismos se levantarán hombre que hablen cosan perversas para arrastrar tras sí a los discípulos" (Hch 20.30). Primero, entre los ancianos designados para cuidar de la herencia de Dios (Hch 14.23), uno de cada grupo fue elevado para llevar el título exclusivo de "obispo" a pesar de que todos ya eran "obispos" (Hch 20.17,28). Cristo nunca autorizó tal elevación de sus siervos; al contrario, él enseñó que los líderes del movimiento no debían buscar el señorío sobre sus semejantes (Mt 20.25,26) ni tampoco sobre los miembros de la iglesia (1 Pet 5.1-4). Sin embargo, la tendencia humana siempre se ha inclinado hacia el arreglo jerárquico. Jesús tenía que enseñar a sus doce escogidos más de una vez acerca de la siguiente preocupación humana: ¿quién va a dirigir? No querían aceptar que la iglesia de Cristo iba a funcionar como cuerpo de miembros dirigidos por una sola cabeza, Cristo (Ef 1.22,23), y enseñados por los que tienen edad y experiencia en la obra y palabra del Señor (los ancianos, o sean los obispos y pastores, Hch 20.17-31; 1 Tim 3.1-7; Tit 1.5-8).

Pero un gran apetito de poder y poco contacto con la enseñanza de los apóstoles (quienes rehusaban señorear o ponerse por "jefes" sobre la gente, Hch 10.25,26; Gá 2.6) facilitaron la eventual salida del patrón bíblico. Pasados varios años durante los cuales los obispos gobernaban a las iglesias de esta manera, surgió la pregunta: ¿quién va a gobernar a los obispos? Como principales en esta discusión figuraban los obispos de cinco ciudades muy importantes: Jerusalén, Antioquía de Siria, Alejandría, Roma y Constantinopla. Cada ciudad presentó su caso para defender su "derecho gubernamental". Como consecuencia, los obispos de estas ciudades ejercían poder directivo sobre otras congregaciones, tomando primero el título "metropolitano" y luego "patriarca", para sí mismos. Pero el invento de títulos, oficios y rangos de poder no terminó allí, pues estuvo siempre presente otra pregunta: ¿quién será supremo entre ellos?

El patriarca de Roma ganó la campaña entre las iglesias occidentales y asumió el título de "Papa Padre", luego abreviado a sólo "Papa". ¡Así llegó a ser supremos en todo el Occidente el "Papa Romano"! Se afirmó aún más su posición cuando el Concilio de Calcedonia (451 d.C.) concedió el primer puesto a Roma y el segundo a Constantinopla, preparando así el camino para el creciente poder romano y la eventual ruptura con la iglesia oriental.

A este punto en el estudio, se pide del lector una sola cosa: ¡lea las palabras de inspiración citadas en esta sección y decida si el desarrollo eclesiástico del cuarto y quinto siglos concuerda con el plan de Dios!

3. Roma cae pero su iglesia se fortalece

Puesto que Roma fue desplazada por Constantinopla como capital política del imperio, la Ciudad Eterna podía concentrar sus energías en establecerse como la capital de la iglesia occidental. Durante ese período, el Imperio romano sufría tanto un deterioro interno como un continuo movimiento invasor de parte de las tribus asiáticas, comenzando con los visigodos (376) y terminando con los infames hunos (450) que precipitaron la caída de Roma en 476. Mientras tanto, la iglesia progresaba en su política, su economía y en número. Mas, ¡no pudiera haber llegado a estas alturas sin el apoyo y los talentos de varios hombres muy hábiles! El desarrollo se realizaba a un ritmo impresionante, de modo que la iglesia jamás perdería su influencia, aunque ésta se incrementaba y disminuía bajo la influencia de varios y diversos dirigentes eclesiásticos y imperiales.

Antes y después de la caída de Roma, ciertos hombres y sus logros y/o fracasos tenían gran influencia sobre el desarrollo doctrinal de la Iglesia romana. De interés general figuran los siguientes:

Atanasio,, obispo de Alejandría, ganó reconocimiento por su victoria sobre Arrio en el debate respecto a la naturaleza de Jesús (hombre/Dios) y la Trinidad (Credo Niceno, 325). Sin embargo, él fue desterrado varias veces, porque Arrio era un hombre políticamente poderoso.

Ambrosio de Milán (340-397), el primer "padre latino", fue elegido obispo antes de ser bautizado. Ganó mucha prominencia entre sus semejantes, y gozaba de mucho poder político. En una ocasión, él reprendió al emperador Teodosio, obligándole a confesar su pecado públicamente.

Juan Crisóstomo, destacado predicador y patriarca de Constantinopla, murió en exilio en 407.

Jerónimo, gran erudito e impulsor del sistema monástico, tradujo la Biblia al latín (Vulgata, 400 d.C) que todavía es la versión autorizada por la Iglesia romana.

Agustín, hecho obispo de Hipona en 395, llegó a ser el mayor expositor de la teología romana. Una de sus obras literarias, La Ciudad de Dios, defiende la idea de que la iglesia debía asumir el lugar de influencia y administración que Roma ya no podía ejercer debido a los sucesos políticos y militares en el debilitado impero.

Gregorio I, "El Grande" (590-604), con quien comenzó a crecer impresionantemente el poder papal, guió la iglesia en los comienzos del séptimo siglo. Era un administrador capacitado y asumió poder político sobre la región alrededor de Roma. Desarrolló unas doctrinas que han tenido un impacto importante en la religión en general y el catolicismo romano en particular: la veneración de imágenes, el purgatorio y la transubstanciación.

Hildebrando (Gregorio VII, 1073-1085) fue un destacado reformador entre un clero corrupto. Ayudado por la creciente tendencia de ceder supremo poder al pontífice, él cambió drásticamente la relación entre la Santa Sede y el poder de los gobernantes seculares. Por ejemplo, terminó con dos tradiciones muy importantes: (1) la elección de obispos por decisión de los emperadores; (2) la promesa de fidelidad al soberano secular, la cual era la correspondiente reacción del obispo electo. El hecho más insólito de Hildebrando fue la excomunión del emperador de Occidente, Enrique IV; lo perdonó el papa sólo después de una dramática penitencia por parte del monarca (1077).

Aunque el período tuvo sus subidas y bajadas, el poder papal llegó a su cúspide entre 1073 y 1216, primero con Hildebrando, y luego con Inocencio III. Este último heredó una posición muy fuerte, forjada no sólo por hombres hábiles, sino también por historias mitológicas que apoyaron el poder papal. (Por ejemplo, los famosos "Fraudes Píos" apoyados por documentos falsificados como La Donación de Constantino y Las Decretales de Isidoro.)

Sintiendo el poder del momento y ocupando una de las "islas" de información en un mar de ignorancia, Inocencio III (1198-1216) se atrevía a decir lo siguiente en su alocución inaugural: "El sucesor de San Pedro ocupa una posición intermedia entre Dios y el hombre. Es el juez de todos, mas no es juzgado por nadie".

4. Controversia, corrupción y consecuencias

Introducción

Entre la caída de Roma (476 d.C.) y la caída de Constantinopla (1453 d.C.) se ubica aquel período de tiempo que se llama "La Edad Media" en el cual había una cantidad de actividades que cambiaron tanto la religión cristiana como el poder secular para siempre. El papado romano gozaba de un radical incremento de influencia en las áreas de la política, la economía y la vida social de los feligreses. También había una formidable fabricación de doctrinas exóticas y misteriosas, y éstas definían y cultivaban el pensar espiritual de las masas. Por otro lado, no sólo los conflictos filosóficos entre la iglesia y el Estado, sino también la ambición, presunción y corrupción de algunos prelados traían consecuencias de escándalo, intriga, traición, guerras y una gran pérdida de confianza en la iglesia y sus dirigentes.

El poder secular crece

Muchos historiadores consideran a Inocencio III (1198-1216) como la personificación de la autocracia papal, porque éste subordinó a emperadores, anuló el divorcio del rey de Francia y excomulgó al rey inglés "Juan Sin Tierra". Pero, felizmente para la gente, esta extraordinaria influencia dictadora no podía durar para siempre. Comenzando con la administración del Papa Bonifacio VIII (1303), se inició una erosión tan fuerte de su poder político que el período entre los años 1305 a 1378 llegaría ser conocido como el "Cautiverio Babilónico" del papado. Entre otras humillaciones, el rey francés forzó al papa a residir en Aviñón, Francia.

Durante esa época, los papas llegaron a ser líderes nominales, bajo el gobierno francés. Los decretos papales eran ignorados por todos los monarcas, y Eduardo III expulsó de Inglaterra a la delegación de la Santa Sede. Para complicar y debilitar aún más la posición eclesiástica, en Roma había varios candidatos para el papado.

Cuatro de estos aspirantes presentaron sus peticiones ante el Concilio de Constanza (1414), pero el concilio los dejó a un lado y escogió a su propio candidato. Aunque sufrieron varios "altibajos" antes del cierre del decimocuarto siglo, desde entonces los papas han mantenido su residencia en Roma, y por cierto han influenciado mucho en varias facetas del desarrollo socio-político mundial. No obstante, no han podido recuperar totalmente la extraordinaria potencia que tenían antes, aunque varios papas han soñado con ella.

Una nueva religión aparece

Mientras las maniobras de potentes y prepotentes se realizaban en Europa Occidental, el impero oriental estaba cayendo, provincia por provincia, en manos de los militantes que seguían al profeta Mahoma. El, antes de su muerte en 623 d.C., lanzó al mundo un nuevo movimiento religioso llamado "Islam" ("sumisión"). A pesar de haber sido influenciadas nominalmente por la iglesia oriental, las regiones del África del Norte, Palestina, el Golfo Pérsico, la India, y aún Asia Menor (Turquía, frente a las puertas de Constantinopla) cayeron ante los musulmanes durante los primeros cien años del movimiento islámico. Al mismo tiempo, se perdió una gran parte de España, y toda Europa fue amenazada continuamente hasta que Carlos Martel ganara la batalla de Tours, 732 d.C.

La religión islámica, mientras desplazaba progresivamente al paganismo de la región, comenzó a conquistar también a una comunidad cristiana que parecía débil ante los feroces guerreros del desierto. Contribuyendo a la impotencia del cristianismo de aquella región, muchos de los líderes del Imperio griego eran monjes eclesiásticos, personas que voluntariamente se aislaban de los asuntos cotidianos del "mundo de afuera". Ellos no tenían ni voluntad ni posibilidad de hacer guerra contra los mahometanos.

El islamismo proveía una teología sencilla, ritos fáciles de entender y practicar, promesas entendibles, una espiritualidad por medio de la abstinencia, y una "causa de la voluntad de Dios" que favorecía a los "fieles". Éstos combatían contra los "excesos cristianos" como la "idolatría" (uso de imágenes) y la intermediación del sacerdocio.

La comunidad europea se acerca

Aunque muchos de los europeos de la Edad Media sabían que sería mil veces mejor unificarse para mejor protegerse del creciente peligro islámico, no dejaron que este ideal se realizara fácilmente. Un intento importante fue hecho cuando Carlomagno, nieto de Caros Martel, se impuso no solamente como rey de los francos, sino también de la Europa Occidental - él fue coronado "Carlos Augusto" (sucesor de los emperadores romanos) por el Papa León II en 800 d.C., en espera de que volvieran el orden y la unidad del antiguo imperio. Carlomagno tenía suficiente poder e influencia como para regir sobre la región mayor, pero muchos de sus sucesores no pudieron mantener esa posición de autoridad. El título de emperador sobre "El Santo Imperio Romano" llegó a ser sólo un símbolo de la supuesta unidad cristiana europea.

Se complicaron las cosas aún más cuando se estableció una separación formal entre las iglesias latinas y las griegas (1054). Se recibió una carta de excomunión en la iglesia de Santa Sofía (cede de la ortodoxa) en Constantinopla y, a su turno, el patriarca griego excomulgó a la iglesia occidental.

De los 54 emperadores después de Carlomagno, pocos hicieron cosas importantes. Algunos que serán mencionados en los párrafos siguientes participaron en las Cruzadas. El Santo Imperio Romano, que nominalmente duró mil años (siglo noveno hasta el decimonoveno), también se conocía como "El Imperio Germano" (por el origen de muchos de los emperadores del mismo) y llegó a su fin en 1806 cuando Napoleón Bonaparte obligó a Francisco II a renunciar el título de "Emperador del Santo Imperio Romano" y contentarse con el de "Emperador de Austria". Del "Santo Imperio Romano", Voltaire dijo: "No era ni santo, ni romano, y menos un imperio".

Puesto que el acercamiento de los estados europeos no era más que un "sentimiento cristiano" (un ideal que muchos querían, pero no con suficiente convicción como para negarse sus propias ambiciones y buscar el bien general de Europa) la precaria "unificación" no podía hacer mucho ante la gigantesca presencia musulmana. Pero varias veces, el celo religioso y las necesidades humanas se combinaban para formar resistencias llamadas "Cruzadas" para "libertar" la tierra santa del control mahometano. De las más organizadas e importantes Cruzadas, se presentarán ocho.

Proclamada por el Papa Urbano II (1095), y ratificada por el Concilio de Clermont, la primera Cruzada adoptó la cruz como insignia y atrajo a un gran grupo de caballeros. Bajo el liderazgo de Godofredo de Bouillón, 275,000 soldados tomaron casi toda Palestina; luego, Godofredo fue nombrado "Barón y Defensor del Santo Sepulcro" (1099). Duró el subsiguiente "Reino de Jerusalén" hasta 1187, el año en el cual cayó de nuevo bajo el poder de los sarracenos, guiados por Saladino "El Magnifico", el distinguido Sultán.

Luis VII y Conrado III guiaron la segunda (1147-1149), la cual tuvo como su hazaña mayor la postergación de la caída final de Jerusalén. Como reacción a la eventual caída de Jerusalén, la tercera (1189-1191) fue conducida por tres reyes: Federico Barbarroja de Alemania (y "El Santo Imperio Romano"), Felipe Augusto de Francia y Ricardo I de Inglaterra, el "Corazón de León". Barbarroja murió ahogado rumbo a la tierra santa; Felipe volvió a su patria; y Ricardo sólo pudo hacer un tratado con Saladino mediante el cual los peregrinos cristianos podrían visitar el Santo Sepulcro.

La cuarta fue un desastre incalculable. Los cruzados hicieron guerra contra Constantinopla (1196), saqueándola y apoderándose en ella. Se estableció un "Imperio Griego" que duró unos 50 años, hasta que los cruzados lo abandonaron. El peor resultado de estas maniobras es que dejaron indefensa a la ciudad de Constantinopla, la cual eventualmente cayó en manos de los turcos (1453). Estos crecieron en poder después del deterioro militar de los sarracenos.

La quinta (1217-1222) llevó la guerra contra los sarracenos hasta Egipto y Siria, sin ningún logro duradero.

La sexta (1228-1229) fue conducida por el excomulgado (dos veces), ilustre y visionario Federico II del "Santo Imperio Romano". Él logró que fuera concedida a los cristianos la administración de cuatro ciudades, incluyendo Jerusalén y Belén. Federico se coronó a si mismo "Rey de Jerusalén", título que fue pasado de generación a generación hasta 1835 en las casas alemanas y austriacas (Habsburgos). Jerusalén fue tomada otra vez por los mahometanos en 1244 y éstos gobernaron hasta el período 8-11 de diciembre 1917, cuando los británicos se apoderaron de ella. Luego, el 14 de mayo 1948, Israel se declaró Estado independiente.

La séptima (1248-1254) fue guiada por Luis IX de Francia; él atacó los musulmanes, fue capturado y finalmente rescatado a gran costo.

La octava (1270-1272), también guiada por Luis IX y Eduardo I de Inglaterra, fracasó completamente. Murió Luis, y volvió Eduardo sin haber hecho nada. Hubo otros intentos menores, pero sin resultados significativos.

5. El monacato se desarrolla y ciertos eclesiásticos intentan reformas

La vida monástica

La vida monástica comenzó en las cuevas de Egipto en el siglo IV, pero ganó ímpetu importante en Europa durante la Edad Media. De la vida separatista de los que escogían el ascetismo, surgieron las órdenes monásticas del movimiento cristiano. La primera fue la benedictina, establecida por San Benedicto en 529 d.C. Las órdenes daban énfasis a la santidad, el cumplimiento de trabajos exactos y el servicio a la raza humana.

Además, proveían un ambiente en el cual los adherentes podían resistir enredarse en los asuntos "terrenales" y la "corrupción del mundo". Los cistercienses (1098) se destacaron en arquitectura, arte y literatura. Los franciscanos (1209) llegaron a ser la orden más numerosa; éstos se dedicaban mucho al peligroso trabajo de atender a los enfermos, y muchos sacrificaban su propia salud y vida durante el tiempo de la peste negra del siglo catorce.

Los dominicos (1215) se especializaban en la prédica. Si estas órdenes, no se hubiera preservado casi nada de la obra literaria medieval. También, los monasterios eran refugios para los perseguidos, hospitales para los enfermos y pensiones para los viajeros. En varias ocasiones, los miembros de ciertas órdenes manifestaron un gran espíritu misionero.

Por cierto, también existían muchos abusos en el sistema monástico, pues algunos de los monjes practicaban aquello que con la prédica condenaban. Pero sobre todo, en un mundo trastornado por incertidumbre y corrupción, la vida monástica ofrecía un refugio al que quería escapar de él.

La necesidad de iniciar una reforma

Es fácil entender por qué había un gran deseo de reformar a la iglesia, pues ésta se había alejado mucho del modelo apostólico. Pero, el reformar no es un concepto que recibe aceptación por parte de los que se benefician por el statu quo. Aquí cabe mencionar cinco movimientos de importancia que desafiaban a la iglesia y sufrían una gran represión por sus esfuerzos:

Los albigenses de Francia (los "puritanos") se oponían a unas doctrinas romanas (purgatorio, veneración de imágenes, etc.) y sufrieron una matanza a causa de la cruzada en su contra convocada y autorizada por Inocencio III (1208).

Los valdenses, organizados en 1170 por Pedro Valdo de Francia, predicaban y promovían las Sagradas Escrituras como la suprema autoridad de Dios. Sufrieron una gran persecución de la iglesia, y tuvieron que refugiarse en el norte de Italia.

John Wycliffe, de Inglaterra, fomentó una protesta contra el poder absoluto de la Iglesia romana. También tradujo el Nuevo Testamento al inglés (1384). Roma no lo pudo tocar, pero sus sucesores fueron perseguidos hasta su exterminio por los reyes Enrique IV y Enrique V de Inglaterra.

Juan Huss (martirizado en 1415), buscó liberarse de la autoridad papal de Roma.

Jerónimo Savonarola (siglo XV), monje dominico de la ciudad de Florencia, fue excomulgado, luego condenado y martirizado (ahorcado y quemado 1498) por oponerse a los males sociales y eclesiásticos.

Pero no todos los eclesiásticos eran tan intolerantes como aquellos que querían callar las voces de los que veían la necesidad de cambiar ciertas prácticas de la iglesia. Anhelaban la continuación de la influencia eclesiástica durante el tiempo medieval, pero de manera positiva; éstos eran:

Anselmo, hecho Arzobispo de Canterbury (aunque era italiano). Pedro Abelardo, intelectual que fue el fundador de la Universidad de París. Bernardo de Clairvaux, quien estableció un monasterio cisterciense y promovió la segunda Cruzada; sus himnos fueron traducidos a muchos idiomas y él vivió una vida recta y santa. Finalmente, no se podría ni escribir ni hablar de esa era sin mencionar a "la mente más grande de la Edad Media", Tomás de Aquino (1226-1274). Sus obras de defensa de la fe, utilizando una lógica aristotélica, son célebres en la filosofía y teología moderna. Fue canonizado en 1323.

Cuando cae Constantinopla bajo el poder de los turcos (1453), la Edad Media termina. Pero toda la historia de una iglesia que unilateralmente ha formado doctrinas exóticas, fuera de lo escrito en la Biblia, permanece todavía. Ésta se había establecido como una potencia política, económica y social. Además, había preparado bien la tierra en la cual no sólo se sembrarían las simientes de la controversia, sino de fragmentación, rebelión y purificación. Estos conflictos ocuparán la mayor parte del tiempo de muchos que se dedicarán a la promoción del reino eterno de Jesucristo.

6. La Reforma y la Contrarreforma

Saliendo de la Edad Media, al final del siglo XV, el movimiento cristiano estuvo destinado a pasar por muchas pruebas nuevas, debido en gran parte a ciertas circunstancias que hicieron pasar a manos de pensadores seculares el nuevo poder intelectual. El Renacimiento trajo consigo a un hombre dedicado a las artes y ciencias; éste buscaba respuestas a sus preguntas en la investigación científica, no en la tradición eclesiástica. Con el invento de la imprenta con tipos movibles (Gutenberg, 1455), la Biblia pudo ser leída por mayor cantidad de personas interesadas.

También, el nacionalismo cultivaba un espíritu separatista que alteraba dramáticamente la aplicación de "autoridad extrajera" (naciones europeas bajo el dominio de un estado poderoso y, a veces, controladas en gran parte por la Iglesia romana).

El deseo de lograr una autonomía nacional tuvo su impacto en la comunidad eclesiástica, mientras el mercantilismo ayudó en el abandono del feudalismo. El estado nacional comenzó a funcionar con la idea de establecerse como la principal potencia política.

La convulsa historia de la iglesia y los eventos ya mencionados en los artículos anteriores, prepararon una plataforma desde la cual la Reforma podía iniciarse. Comenzó en Alemania, con un monje llamado Martín Lutero quien opuso a Juan Tetzel, el agente del Papa León X, enviado a Alemania para vender "indulgencias" con propósito de levantar fondos para terminar el templo de San Pedro en Roma. Según el papa, mediante la compra de una indulgencia, el comprador recibía el perdón de pecados sin tener que arrepentirse, y aún los amigos muertos podrían salir del purgatorio "tan pronto su moneda sonara en el cofre".

La venta de indulgencias fue el tema principal de las famosas "noventa y cinco tesis", documento de protesta clavado en la puerta de la iglesia de Wittenberg, en octubre de 1517. Lutero fue excomulgado por una bula del Papa León X; la recibió Lutero con esta observación: "es la bula execrable del Anticristo". Luego, la quemó en público. Un tiempo después, Lutero apareció ante el Concilio (Dieta) en Worms, donde rehusó retractarse de sus acusaciones. Pasó un año encarcelado (1521) y utilizó este tiempo para traducir el Nuevo Testamento al idioma alemán; también se inspiró para componer el famoso himno "Castillo Fuerte es Nuestro Dios".

En otras regiones de Europa, también surgieron protestas contra el poder papal, por sus doctrinas exóticas y la corrupción del clero. Independientemente, la Reforma suiza apareció en el mismo año que la alemana (1517). Ulrico Zuinglio estaba disconforme con la promesa de "remisión de pecados" para los "fieles" que hicieran peregrinaciones al altar de la virgen de Einsieldn. El rompimiento con Roma se realizó formalmente en 1522, y la Reforma suiza se volvió cada vez más radical, pues trajo una guerra civil en la cual murió Zuinglio (1531). Tomó el liderazgo del movimiento suizo el hábil pensador Juan Calvino quien estableció en gran parte la teología de las iglesias protestantes.

En Francia, no se sentía tanto la necesidad de una reforma, puesto que había más tolerancia en la iglesia católica francesa que en cualquier otra región de Europa. Además, el énfasis sobre la "justificación por la fe" existía en Francia aún antes del movimiento alemán, y algunos principales franceses habían adoptado esta "doctrina protestante". Sin embargo, la matanza del Día de San Bartolomé (24 de agosto de 1572) casi puso fin al movimiento protestante en Francia; este horror y la persecución siguiente viven en la infamia como unos de los hechos humanos más viles.

Holanda y Bélgica, bajo el dominio de España, vieron la Reforma como un movimiento de libertad religiosa y política. Se peleo una guerra, y los "países bajos" ganaron su independencia. Holanda llegó a ser Estado protestante; Bélgica permaneció mayormente católica.

El movimiento protestante inglés está estrechamente ligado con los conceptos caprichosos de su soberano, Enrique VIII. Pero también debe mencionarse que ya había mucha simpatía inglesa por las enseñanzas protestantes. John Tyndale tradujo el Nuevo Testamento al idioma inglés y fue martirizado en 1536. Tomás Cranmer, arzobispo de Canterbury, se llevó bien con los protestantes y alzó su voz en favor suyo. Pero, acusado de haber apoyado "la herejía protestante", se retractó ante la reina María (católica). Después, al verse condenado a muerte, Cranmer revocó su retracción. Las maniobras del Rey Enrique VIII eran personales, no doctrinales, y en efecto, él estableció una "Iglesia Católica Inglesa". Luego, después de una época de persecución en la cual ambos lados participaban tanto en la intolerancia como también en el sufrimiento resultante, Elizabeth (Isabel) I llevó la iglesia a una posición más protestante.

En Escocia, John Knox llegó a ser el líder del movimiento reformador. Sus arduos trabajos produjeron la Iglesia Presbiteriana.

Los movimientos protestantes, representado por los ya mencionados, tenían en común lo que se ha llamado "los cinco grandes principios", que son:

1. La verdadera religión debe establecerse sobre las Escrituras, no la supuesta "infalibilidad" de la iglesia y sus líderes.

2. La religión debe ser racional e inteligente. Este principio se opone a las doctrinas consideradas "irracionales" como la transubstanciación, la veneración de imágenes y la confianza puesta en las indulgencias papales.

3. La religión debe ser personal, sin necesidad de mediación sacerdotal entre el fiel y su Dios.

4. La religión debe ser espiritual, pero no formalista. Ésta es una reacción en contra de los ritos y ceremonias que oscurecen la sencillez de la relación familiar que tiene el cristiano con su Salvador.

5. La iglesia debe gobernarse localmente sin necesidad de una organización mundial.

Para evitar más pérdida de iglesias, e intentar la recuperación de lo ya perdido en la Reforma Protestante, el Concilio de Trento (1545-1563) convocado por el Papa Pablo III, buscó la manera de poner fin a las prácticas que habían ocasionado las protestas. Este esfuerzo se llama la "Contrarreforma", un movimiento que hizo de la Iglesia romana una comunidad más conservadora.

Durante este tiempo nació la Orden de los Jesuitas (1534), producto de las energías de un español, Ignacio de Loyola. Esta orden se caracterizaba por su auto-disciplina, su gran esfuerzo en el proselitismo de otros y su extrema lealtad incondicional a la Santa Sede. Su propósito primordial fue parar el progreso del protestantismo; hizo este trabajo con mucha energía, y llegó a ser la orden más poderosa de Europa.

Su creciente influencia alarmaba aún a los propios dirigentes católicos. Como resultado, el Papa Clemente XIV suprimió la orden en todas las iglesias (1773), pero aquélla continuaba secretamente (y a veces abiertamente) hasta que fuera reconocida otra vez por el pontífice.

Hoy en día, continúa como una poderosa sociedad para promover el catolicismo. Ambos, protestantes y católicos, se perseguían cruelmente los unos a los otros. Por ejemplo, varias personas de la oposición católica en Inglaterra perecieron bajo el reinado de Elizabeth I. Pero, los esfuerzos de la reina no eran nada en comparación con los de la Inquisición Española. Sobre todo, nada se acercó a la inolvidable matanza del Día de San Bartolomé, que comenzó en aquel día y duró varias semanas, durante las cuales miles de no católicos murieron.

El horror de éstas y otras persecuciones es obvio, y no es el propósito de este escritor culpar a un lado más que a otro. Al fin y al cabo, la lección que tiene que quedar grabada en nuestro entendimiento es la siguiente: La religión, por causa de la ambición humana, había pasado por una degeneración tan grande que, increíblemente, ella fomentó guerras en el nombre del Príncipe de Paz (Is 9:6) y también gran odio entre los que deben ser conocidos por su amor mutuo (Jn 13:35).

7. Conclusión: Influencia de los Concilios Vaticanos

La Reforma Protestante experimentó un gran fracaso en su intento inicial de "reformar" a la Iglesia romana. Las enseñanzas sobre los sacramentos, la transubstanciación y el purgatorio, juntamente con las prácticas de usar imágenes como objetos de veneración y vender indulgencias, fueron los puntos principales de la contienda entre la Iglesia católica y los que la querían cambiar. La resultante separación representaba una independencia tanto política como religiosa, y era una señal de los tiempos en los cuales iban a aparecer los movimientos que crearon nuevas repúblicas y nuevas iglesias.

En toda la euforia de "libertad, fraternidad e igualdad", el hombre religioso también se imponía, exigiendo sus "derechos" de decidir por sí mismo cuales serían los artículos de su fe. Y lo que comenzó como un movimiento reformador pronto llegó a ser un movimiento que dividiría aún más la comunidad cristiana. El resultado ha sido un distanciamiento entre las iglesias en vez del acercamiento deseado por el fundador de nuestra fe (Mt 16:18; Ef 4:4; Jn 17:21). Y la división continúa, pues la Iglesia romana sigue afirmando sus derechos y doctrinas, mientras que el movimiento reformador se contentado en separarse, habiendo ganado el derecho de practicar su propia forma de religión.

Al torno de los siglos decimoctavo/decimonoveno, dos grandes instituciones monolíticas comenzaron a perder bastante territorio e influencia: la monarquía europea y la Iglesia romana. Habiendo gozado de grandes beneficios durante el período colonial, el clero buscaba durante el siglo decimonoveno la manera de recapturarlos. Su plan principal fue un retorno a la monarquía (por ejemplo, en México querían traer un príncipe de la casa de Borbón, estableciéndolo como rey del país).

Pero, tales esfuerzos fueron frustrados y, últimamente, la Iglesia romana tuvo que aceptar una posición inferior a la que gozó por muchos siglos antes. No obstante, la iglesia no dejaba de ejercer influencia sobre su vasto "imperio" de feligreses esparcidos por todo el mundo. La prioridad número uno fue parar la pérdida de miembros e influencia en su propia casa. Por lo tanto, en los dos siglos anteriores, se han reunido dos concilios a nivel del Vaticano para crear más conciencia de la presencia y misión de la Iglesia romana.

Vaticano I, 1869-1870

El primer concilio fue una respuesta a todos los intentos de cambio traídos por el protestantismo, el secularismo y el intelectualismo de la época. La iglesia había soportado muchos ataques contra la Santa Sede, y la verdad es que a veces el papa era inepto y aún inmoral, creando un ambiente en el cual aquellos ataques crecían rápidamente. Para defender esta institución y su imagen como la "iglesia apostólica", el concilio elevó al papa, dándole la cualidad de "infalibilidad" cuando éste hablara ex-cathedra (desde el trono eclesiástico). Esta decisión sirvió para aumentar la mística del papado para algunos mientras repugnaba a los que no aceptaron al papa como el "Vicario de Cristo".

También, como si fuera una maniobra diseñada para asegurar la continua pugna entre el romanismo y el protestantismo, el concilio reafirmó su condena de los errores protestantes y no reconocieron ningún acto religioso de ellos como válido. Además, aunque no ejercían su "dominio" sobre los "separados", mantenían su "derecho" para hacerlo.

Vaticano II, 1962-1965

Un siglo después del Vaticano I, los tiempos exigían un nuevo concilio con nuevos conceptos. El protestantismo había crecido impresionantemente aún en las naciones que eran tradicionalmente católicas. Instituciones como escuelas, hospitales y clubes para jóvenes servían bien para que la presencia de los protestantes se tolerara en tales países. Aunque existían ciertos conflictos, especialmente entre los del clericato, los dos grupos aprendían vivir lado a lado sin pelear tanto. Por eso, no fue una gran sorpresa que el Vaticano II manifestara un cambio radical en su actitud hacia los protestantes, reconociéndolos esta vez como "hermanos separados". Este espíritu ecuménico ha sido una de las grandes marcas de distinción de este concilio.

También hubo un cambio de mente en cuanto a las Sagradas Escrituras, pues antes a los laicos se les enseñaba que no debían leerlas porque no las podían interpretar bien. Ésta fue una práctica frecuentemente condenada por los protestantes, quienes se han dedicado a la lectura de la Biblia desde hace siglos. Finalmente, el concilio adoptó la política de permitir una participación más amplia de parte de los laicos, de modo que se han iniciado muchos proyectos, grupos de estudio, y grupos de compañerismo entre los feligreses. Asimismo, la Iglesia romana ha reconocido que los tiempos favorecen la participación de sus miembros; la negación de la misma servía en tiempos anteriores para "empujar" a muchos de ellos hacia las iglesia protestantes.

Bueno, con todo lo demás, por lo menos la comunidad cristiana ha dado su aprobación a la paz como alternativa a los pleitos anteriores.

Esto lo aplaudimos, pero todavía tenemos una situación inaceptable: la existencia de muchas iglesias, en vez de una sola, como quería Cristo.

- Dr. Dan Coker

La Voz Eterna, Septiembre-Octubre 2008 - Septiembre-Octubre 2009

"Y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia" (Col. 1.18).

"Para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste" (Juan 17.21).

   

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(Pasajes bíblicos tomados de la Biblia Reina-Valera Revisada ©1960 Sociedades Bíblicas en América Latina. Copyright renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Utilizado con permiso.)

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