COMUNIÓN: LA CENA

DEL SEÑOR (Libro)

 

 

- Arnoldo Mejía Ávila

(publicado bajo el nombre "E. M. Ávila",

el seudónimo de Arnoldo Mejía A.)

Introducción

Aunque en el mundo religioso de hoy la Cena del Señor no se celebra con frecuencia o con solemnidad como debiera ser el caso, la Eucaristía fue una práctica asidua de los cristianos desde el primer siglo, y así se continuó en siglos posteriores. Y no fue sino hasta el tiempo de la Reforma que la Cena del Señor se observó como una práctica esporádica y de carácter simbólico entre las iglesias protestantes en general.

Por lo tanto es necesario restaurar el concepto fundamentalista de la Cena del Señor, como lo presenta el Nuevo Testamento. De ahí que el presente estudio sea el intento de ampliar el conocimiento accesible en cuanto al aspecto teórico y práctico de esta observancia, incluyendo historia, controversia y divergencias de la misma. Tenemos la esperanza que con estos esfuerzos también se pueda presentar una mejor perspectiva en cuanto a la ministración de la Cena del Señor en el culto cristiano.

Queda pendiente que las iglesias de Cristo le den a la Eucaristía la importancia y el lugar que se merece como acto central del culto de adoración a Dios. Este fue precisamente el deseo del mismo Señor Jesucristo.

CAPÍTULO 1

El Acto Místico en la Cena del Señor

"De cierto, de cierto os digo: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros" (Juan 6.53).

El acto de participar ceremonialmente de una víctima humana ha sido una práctica de muchas tribus y pueblos sobre la tierra. Historiadores tan antiguos como Herodoto y exploradores como Marco Polo y otros han descrito casos diversos de antropofagia practicada por tribus salvajes en China, África, Australia, Norte América, Sur América y las islas del Caribe. El canibalismo ritual en particular fue desarrollado a raíz de la creencia que por participar del cuerpo de un guerrero muerto en batalla se adquirían sus cualidades mentales o capacidades físicas (tales como la valentía, y agilidad, virilidad, etc.) Es decir que los miembros de una tribu se comían a los guerreros caídos en batalla, creyendo que con eso se apropiaban de sus facultades heroicas.

Fray Bernardino de Sahagún, escritor de la crónica más completa de la vida precolombina, nos legó su famosa obra "Historia general de las Cosas de Nueva España", en la cual narra las prácticas religiosas de los aztecas de México. Era común para ellos hacer sacrificios humanos, utilizando como víctimas a los prisioneros de guerra. Las víctimas humanas eran sacrificadas por los sacerdotes, quienes les extraían el corazón y lo ofrecían al dios Huitzilopochtli. Sahagún cuenta que durante la ceremonia se preparaban vasijas con un caldo de maíz llamado tlacatlaolli. Las partes del cuerpo descuartizado de la víctima se cocían en este caldo. Los sacerdotes comían de esta carne como parte del ritual, creyendo que participaban del poder que se manifestaba en la víctima sacrificada.

Aunque no se sabe a ciencia cierta cuál era todo el significado religioso que implicaba estos sacrificios, por lo menos hay dos aspectos de importancia a considerar para el propósito de nuestro análisis.

La víctima era considerada como un vehículo de propiciación. Es decir que el individuo sacrificado era utilizado como medio para llevar un mensaje por el cual los hombres querían congraciarse con los dioses. En un sentido mágico, la víctima viajaba hacia el cielo para propiciar ante los dioses los favores para los ofrendantes. Por esto mismo el cuerpo de la víctima era consagrado mediante una ceremonia realizada por los sacerdotes, convirtiéndose en ofrenda para los dioses.

La víctima era considerada como parte de un dios. En este caso, en vez de que la víctima se elevara hacia el dios, más bien era el dios quien venía a encarnarse en el cuerpo del sacrificado. La carne y la sangre de la víctima se llenaban de las virtudes divinas del dios al cual de esta carne, participaban de las cualidades divinas del dios que veneraban. (Había casos en que, aparte de los sacerdotes, otros participaban también de estas ofrendas.)

Aunque parezca muy difícil de aceptarse para la era moderna en que vivimos, Jesucristo, como es presentado en los evangelios, se convirtió en una víctima humana, que no fue sólo una encarnación divina como tal, sino también un vehículo de propiciación.

En Juan 6.53 tenemos la declaración más directa hecha por el mismo Señor Jesucristo, invitando a sus seguidores a que comieran de su carne y que bebieran de su sangre. Por el contexto se observa que esta declaración fue muy ofensiva para los judíos, no sólo porque ellos veían como abominación la antropofagia sino porque también tenían prohibido beber sangre. En Levítico 17.10-14 se dan dos razones por las cuales los judíos no podían "comer sangre". (1) Porque la vida de todo ser viviente está en la sangre, y (2) porque la sangre era para la expiación sobre el altar. El castigo por violar este mandato era la muerte.

Para el caso, es obvio que los judíos no comprendieron el significado alegórico de las palabras de Cristo. Los judíos entendieron que Jesucristo hablaba de su cuerpo literalmente (Juan 6.52). Sin embargo Cristo, en la misma ocasión, aclaró que "las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida" (Juan 6.63). Es decir que Cristo quería que sus seguidores participaran de su carne y su sangre en una manera espiritual.

Los judíos parecían ignorar una importante práctica, la de "la participación del altar", como era observada por los sacerdotes y a veces por el pueblo. "Mirad a Israel según la carne; los que comen de los sacrificios, ¿no son partícipes del altar?" (1 Corintios 10.18). En efecto, en Levítico 10.12-15, Dios manda a Aarón y a sus hijos a que coman en el Lugar Santo de la carne ofrecida sobre el altar. El propósito de aquel acto se indica como expiación y reconciliación (10.17). En 1 Samuel 9.11-24 se habla de cierto sacrificio ofrecido en un altar. Después que el sacrificio fue santificado, todo el pueblo presente en el acto participó del mismo.

Además, desde los tiempos antiguos, también se conocían los simbolismos que se adjudicaban a las ofrendas y a las comidas, incluyendo el vino. En las fiestas idolátricas, las libaciones se hacían de la copa que se ofrecía al ídolo primero. Luego la bebían los huéspedes, de modo que al tomarla, tenían comunión con el ídolo. (Véase en el Antiguo Testamento algunas referencias o prácticas idolátricas que incluían sacrificios,comidas y bebidas. Levítico 17.7; 2 Crónicas 11.15; Isaías 65.11). El acto de comer y beber juntos era considerado como un símbolo de unidad (con el dios) y de amistad y compañerismo (con los convidados). 

Ya en los tiempos del Nuevo Testamento nos encontramos con una fuerte amonestación que Pablo hace para aquellos cristianos que participaban de "las viandas sacrificadas a los ídolos" (1 Corintios 8.4-10). Era obvio que el acto de sentarse a una mesa a comer donde se servía carne que había sido consagrada a un ídolo creaba conflictos de carácter religioso para los nuevos convertidos a Cristo. Luego el apóstol enfatiza aun más el choque de fidelidades al decir: "No podéis beber la copa del Señor y la copa de los demonios; no podéis participar de la mesa del Señor, y de la mesa de los demonios" (1 Corintios 10.21).

Los paganos conocían mucho mejor que los judíos el simbolismo religioso o místico que había en participar de las viandas consagradas a una deidad. Para ellos era una verdadera comunión; era una verdadera fiesta religiosa.

En el capítulo 6.51 de Juan, Jesucristo declaró que él era el pan vivo que había descendido del cielo. Y cuando él instituyó la cena (Lucas 22.19) invitó a sus discípulos a que comieran del pan, diciendo que ese pan era su cuerpo, el cual sería dado como expiación. El cuerpo de Cristo fue preparado especialmente para la expiación. Aunque las ofrendas de animales del Antiguo Pacto eran escogidas, sin mancha y sin defecto, nunca superaron a la santidad y perfección que se halló en el cuerpo de Jesucristo (Hebreos 10.5).

Siendo Jesucristo la ofrenda perfecta, la encarnación divina, la participación de su cuerpo (comer el pan bendecido) es la participación de su naturaleza divina. He aquí el misterio. Comer del pan es comer de Cristo en sentido espiritual. Y como el cuerpo de Cristo santificado para la expiación fue consagrado, asimismo los que comen del pan, que es su cuerpo en sentido espiritual, también son santificados (Hebreos 10.10).

Se puede decir también que los participantes que "comen" del cuerpo de Cristo, en sentido figurado, se acercan al "altar del Gólgota", donde fue ofrecido el cuerpo del Señor en sacrificio. Debido a esto fue necesario que el apóstol Pablo enfatizara la importancia de "discernir" el cuerpo en 1 Corintios 11.29. Este acto constituye una meditación profunda sobre lo sublime y lo santo de la ofrenda del cuerpo de Cristo; y el acto se solemniza aun más cuando se come de este cuerpo (pan) que fue entregado por los creyentes. Mientras los participantes comen del cuerpo, comen del amor de Dios, de la gracia eterna encarnada en Cristo Jesús. 

Además del cuerpo, Jesucristo también mencionó la importancia de su sangre, diciendo que ésta era verdadera bebida, y que el que bebiera de su sangre tendría vida eterna (Juan 6.54,55). Considerando lo que el Antiguo Testamento establece en Levítico 17.11, se comprende que "la vida de la carne en la sangre está". Por eso se ofrecía la sangre como expiación en el altar, porque los animales sacrificados daban "su vida" para limpiar los pecados. En este sentido, los cristianos que toman del fruto de la vid, consagrado durante la Cena del Señor, beben de la vida de Jesucristo. Los participantes se hacen conscientes de que se están alimentando con la vitalidad de la sangre del Señor y purificándose con las facultades renovadoras de la misma. Su sangre es verdadera bebida para vida eterna.

Pero así como Jesucristo descendió del cielo para traer gracia a los hombres, él también se convirtió en el vehículo de expiación que subió al cielo, entrando en el Lugar Santísimo, para llevar a lo alto la propiciación de la humanidad (Efesios 4.8). Nadie podía entrar en el Santuario Celestial porque nadie era digno hasta que apareció Jesucristo, quien tenía que ser ungido como Sumo Sacerdote del orden el Melquisedec para ese fin. Pero como ningún sacerdote puede entrar al santuario sin una ofrenda, Jesucristo presentó su propio cuerpo como sacrificio (Hebreos 7.17; 9.11,12,24).

Podemos decir que Dios se agradó de la ofrenda que Jesucristo hizo de sí mismo. Pero eso no fue porque Dios se agrade de sacrificios humanos. De lo que Dios se agradó fue la sublime entrega voluntaria que su Hijo hizo de su propia vida (Hebreos 10.7). El Padre se agradó de su obediencia (inclusive hasta la muerte - Filipenses 2.8) y por eso Dios fue propicio a los hombres; y en sentido figurado, recibió a la humanidad redimida en el cielo, cuando Jesucristo entró al Lugar Santísimo.

También se puede decir que en sentido figurado cada vez que se celebra a Cena del Señor, los creyentes entran al cielo, a la presencia divina, a la gloria de Dios, a través del cuerpo de Jesucristo. Él es el vehículo de la propiciación. 

"Así que hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él abrió a través del velo, esto es, de su carne ... acerquémonos con corazón sincero..." (Hebreos 10.19,20,22).

En conclusión podemos decir que la participación de la Mesa del Señor no es sólo un mero recordatorio de la muerte de Cristo. Es una participación activa y dinámica. Se hace en sentido espiritual, o sea místico, porque no podemos comer literalmente ni de su cuerpo ni de su sangre. Sin embargo es esencial considerar que el pan y el fruto de la vid no son solamente sustancias materiales. Son elementos santificados para participar de la salud espiritual que Cristo ofrece. Además, la comunión es la continua renovación espiritual a través de Cristo, que ya entró como precursor al Lugar Santísimo, para que también nosotros nos presentemos regenerados delante de Dios en el cielo.

CAPÍTULO 2

La Unión Vertical y Horizontal en la Cena del Señor

"Cuando bebemos de la copa bendita por la cual damos gracias a Dios, nos hacemos uno con Cristo en su sangre; cuando comemos del pan que partimos,nos hacemos uno con Cristo en su cuerpo" (1 Corintios 10.16 DHH).

Cuando Dios dio origen a los cielos y la tierra en el principio, su propósito principal era integrar todas las cosas bajo un mismo sistema. El caos de una tierra desordenada y vacía se convirtió en el orden del cosmos. Donde había un abismo y tinieblas surgió la luz y las diversas etapas de una creación sistemática. De los mismos componentes atómicos hizo todo lo visible arriba en el cielo y abajo en la tierra. De igual manera, de una sangre hizo todas las razas del género humano (Hechos 17.26).

Cuando Dios formó al primer hombre, lo puso en el mundo para establecer el orden y la armonía en todo lo creado. Adán era el príncipe, juez y señor de este mundo (Génesis 1.28). Su señorío era sobre todos los seres creados en la tierra. Su misión consistía en hacer que el lobo y el cordero apacentaran juntos y que el león comiera paja con el buey. (En aquel tiempo no había carnívoros, pues todos se alimentaban de plantas - Génesis 1.29,30.)

Cuando Eva fue creada, fue traída al hombre para que fuera su esposa. Adán reconoció inmediatamente su íntima unión con Eva, por cuanto era carne de su carne y hueso de sus huesos. (En la actualidad, con la nueva ciencia de la ingeniería genética, nadie se atrevería a afirmar que esto es un mito, puesto que el hombre ha demostrado que de una pequeña parte de un ser vivo se puede formar otro por el proceso llamado "clonaje". En cierto sentido se puede decir que Eva era "hermana" de Adán.)

Así surgió el primer matrimonio, siendo su base fundamental que ya no serían dos sino una sola carne (Mateo 19.6). De esta manera lo último y más bello que formó Dios, la mujer, vino a integrarse a la creación como el complemento de Adán, y a la vez como la cadena unificadora de toda la humanidad. "Ella era madre de todos los vivientes" (Génesis 3.20).

Pero el orden del universo, la armonía dispuesta para la creación fue resquebrajada con la transgresión del hombre en el huerto del Edén. Con la caída de Adán, todas las demás cosas fueron afectadas ("Heriré al pastor, y las ovejas serán dispersadas" - Marcos 14.27).

"Sabemos que hasta ahora el universo se queja y sufre como una mujer con dolores de parto ... Porque el universo perdió su razón de ser ... pero le quedaba siempre la esperanza de ser liberado de la esclavitud y la destrucción" (Romanos 8.22,20,21 DHH)

Donde antes había paz, ahora había conflicto. El lobo ya no podía habitar con el cordero. Con la entrada de la muerte, muchos seres (incluyendo el hombre) se hicieron carnívoros, como sucede hasta el día de hoy.

La más hermosa posesión espiritual que el hombre tenía el huerto edénico era su relación y comunión directas con Dios. Antes la voz de Jehová Dios se paseaba en el jardín, al aire del día (Génesis 3.8). Pero con la entrada del pecado en el mundo, la presencia directa de Dios se aparta de la tierra y ocurre la muerte espiritual para el hombre. Este fue el rompimiento de la relación vertical del hombre con Dios. 

Como si fuera poco, Adán sufre también el rompimiento de otras relaciones. adán pierde su acceso al árbol de la vida, y queda ahora sujeto a la muerte física, por cuanto ya no puede comer del fruto que le daba inmortalidad (Génesis 3.22b). Luego también pierde su derecho al paraíso y es expulsado del huerto de Edén. Adán es lanzado la mundo como un hombre perdido, señal del desequilibrio, el desorden o caos que se había apoderado del universo.

Pero la tragedia del Génesis no se queda allí. Pasa un poco de tiempo, y el hombre experimenta otra escisión en cuanto a sus relaciones. Caín, el hijo de Adán, da muerte a su hermano Abel. Caín comete el primer gran crimen de la humanidad, fruto del odio a su hermano. Caín, el primer fratricida, fija el antecedente de división entre hermanos que hoy caracteriza a la humanidad: las barreras del egoísmo entre hombre y hombre, que son diabólicas (1 Juan 3.12). 

Dispersión de fuerzas: 
Al romperse las fuerzas verticales que unían al hombre y Dios, Adán fue físicamente separado de la presencia de Dios, tomando el curso que siguió el hijo pródigo que pierde contacto con su padre.

Con el asesinato de Abel, se rompieron las fuerzas horizontales de unión entre los hombres, haciéndose una pared de separación entre hermano y hermano, una barrera de enemistad que prevalece hasta hoy.

Esta patética situación, que surgió desde el principio, ha sido la trágica historia de los pueblos hasta nuestros tiempos. Las naciones han estado en continuo conflicto. Los odios, los pleitos y las guerras han sido el pan de cada día de los hombres. Y así como el hermano vive enemistado con su hermano, así el hombre también se ha enemistado con Dios. ¿Cuál podría ser la solución al dilema de la humanidad? 

Si acudimos al hombre en busca de una respuesta, nos daremos cuenta que el hombre, en varios siglos de historia, nunca ha sido capaz de establecer la paz con sus congéneres. Tampoco ha sido capaz de establecer un lazo de comunión espiritual con Dios. El hombre nunca ha sido capaz de subir al cielo para alcanzar a Dios.

La respuesta tiene que estar en otra parte. Fue necesario que Dios viniera al hombre, lo cual fue realizado en la persona del Señor Jesucristo, según lo declara el mensaje de los evangelios del Nuevo Testamento. Cristo vino para poner en orden todas las cosas, a buscar y a salvar lo que se había perdido desde el principio. 

Con Jesucristo se inició una etapa completamente nueva de relaciones. En su propia persona se encarnó el Segundo Adán (Romanos 5.17) que había de realizar todas las cosas que no pudo hacer el primer Adán. Para principiar, él incorporó en sí mismo la comunión con Dios, el Padre y con el hombre. Cristo fue el Verbo (Dios) encarnado (hombre).

Cristo testificó de sí mismo, que de Dios había salido y había venido (Juan 8.42) al igual que Adán, que salió de Dios (Lucas 3.38). Dios, el Padre, testificó que aquel Jesús era su Hijo amado, en el cual tenía su complacencia (Mateo 3.17). Curioso como parezca, estas mismas palabras podían aplicarse a Adán cuando éste era perfecto, en el principio. Adán era el hijo predilecto, primogénito, unigénito, creado para la gloria de Dios y señorear sobre todas las cosas.

Cristo fue realmente el Dios (Emanuel) entre los hombres. Era la divinidad hecha carne según lo declara (Juan 1.14). Durante su vida, ´él mantuvo una armonía o comunión íntima y completa con el Padre (Juan 10.30). Después del triunfo de su resurrección, su coronación fue como el Príncipe de gloria sobre todo lo creado, arriba en los cielos y aquí en la tierra, restituyendo todas las cosas del reino de su Padre (Mateo 28.18; Colosenses 1.20; Hebreos 1.2,3).

Si bien Cristo incorporaba en sí mismo "la plenitud de la Deidad" (Colosenses 2.9), él también incorporaba en sí mismo la plenitud de la humanidad. "Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de los mismo..." (Hebreos 2.14). La segunda parte de ese mismo texto dice que él participó de carne y sangre para destruir al que tenía el imperio de la muerte, lo cual era la ignominia, la maldición que subyugaba a los hijos de Adán.

Convergencia de fuerzas
La comunión vertical fue restablecida cuando Cristo quitó el pecado entre Dios y el hombre. Siendo antes enemigos, sin esperanza y sin Dios en el mundo, los hombres fueron "hechos cercanos por la sangre de Cristo" (Efesios 2.12-13).

La unión horizontal fue restablecida cuando Cristo quitó la enemistad entre hombre y hombre. Al morir Jesús se estableció la comunión entre los humanos. "Por eso, ustedes ya no son extranjeros... sino que ahora comparten con el pueblo de Dios los mismos derechos, y son miembros de la familia de Dios" (Efesios 2.19 DHH).

El triunfo de Cristo en la cruz trajo un milagro después de su muerte y resurrección. Aunque mucho énfasis se ha hecho en otros estudios sobre los milagros de Pentecostés, con la venida del Espíritu Santo, el milagro más grande de aquella ocasión fue en un solo día nació toda una nación, en cumplimiento de Isaías 66.8. Cristo hizo posible el milagro del nacimiento de una nueva comunidad de tres mil personas bautizadas - la iglesia - cosa que nunca antes había ocurrido.

Aquella gran nación espiritual que surgió en Pentecostés incorporaba gente de diferentes nacionalidades y diferentes lenguas. Pero todos fueron traídos a formar un solo cuerpo, rompiendo toda división humana, estableciendo una verdadera hermandad y fraternidad. Estos se llamaron HERMANOS entre sí y llegaron a formar un bloque sólido de amor de los unos para con los otros. "Y la multitud de los que habían creído eran de un corazón y un alma" (Hechos 4.32).

Jesucristo, pues, hizo posible unir lo divino con lo humano, y lo humano con lo humano Fue la restauración de los lazos de unión vertical y horizontal que fueron rotos desde el principio. La iglesia de Jesucristo es el testimonio vivo hoy de que esta comunión con Dios y con los hombres ha sido restablecida.

Como si fuera poco, Dios dejó dos elementos físicos como parte de la práctica religiosa de la iglesia, para que sirvieran, no sólo de recordatorio, sino de un testimonio continuo de esta comunión vertical y horizontal. Estos elementos son el pan y el vino de la Cena del Señor. Cada uno de estos elementos es único en su significado espiritual. El pan es la comunión con el cuerpo de Cristo, que es la iglesia. El fruto de la vid es la comunión con Dios por medio de la sangre de Cristo.

Desde que el pecado entró en el mundo, se estableció una barrera entre Dios y el hombre, y no había medio alguno que hiciese posible reconciliar lo divino con lo humano. Con el derramamiento de la sangre preciosa de Cristo, el Cordero de Dios, los pecados de los hombres fueron borrados (Mateo 26.28). Por medio de la sangre, los creyentes podían ahora llegar libre y directamente ante la presencia de Dios (Hebreos 10.19).

Hoy cuando el creyente participa de la copa, debe recordar que ésta es bendecida porque es "la comunión de la sangre de Cristo" (1 Corintios 10.16). Al beber de la copa, participa del poder purificador de la sangre, y une su corazón con dios en un acto de comunión espiritual. Quien no recibe este beneficio espiritual renovador puede enfermar y hasta morir (1 Corintios 11.30).

La iglesia del Señor, desde el principio se caracterizó por sus reuniones periódicas para "partir el pan" (Hechos 20.7). El partimiento del pan era sinónimo de solidaridad entre ellos y algo más trascendente que cualquier otro acto de adoración. ¿Por qué era así? Porque la existencia del cristianismo dependía de su confesión: que ellos eran uno en Cristo. 

El pan que se utiliza en la Cena del Señor es uno porque representa el cuerpo de Cristo, que es la iglesia (1 Corintios 12.27). El pan debe ser uno, como el cuerpo de Cristo es uno, y como la iglesia es una. Pero a su vez, este pan se parte y se reparte entre los creyentes porque "siendo uno solo el pan, nosotros con ser muchos, somos un cuerpo; pues todos participarnos de aquel mismo pan" (1 Corintios 10.17). Partimos el pan para participar del mismo cuerpo, para testificar que somos uno en Cristo.

De manera que, cuando el creyente tiene un pedazo de pan en sus manos, debe meditar en que su hermano también tiene un pedazo de pan en sus manos. Y que al comer ese trozo de pan, tiene una comunión especial e íntima con su hermano, afirmando que es uno con él. El uno se pertenece al otro por medio del vínculo del amor fraternal. 

Un evento aun más maravilloso se realiza ese día de la comunión como es día domingo, el día del Señor, también otras iglesias de la ciudad participan del mismo acto. Como bendicen la copa y el pan de acuerdo a lo instituido por Cristo, siguen exactamente el mismo procedimiento de tomar del fruto de la vid y comer del pan. Pero la comunión e extiende aun más. La unión vertical se extiende a las iglesias de todo el país, del continente, y quizás el resto de los continentes de la tierra. Miles y miles de cristianos unen sus corazones en Cristo durante esta preciosa comunión. Miles y miles unen sus corazones a Dios también. 

Hoy es, pues, el privilegio de la iglesia del Señor dar este testimonio ante el mundo, de la comunión que puede existir entre los hombres. La iglesia es un paraíso temporal que anticipa la llegada de nuevos cielos y una nueva tierra. En este paraíso anticipatorio Dios quiere que sus hijos vivan en armonía, paz y amor, purificando continuamente sus corazones, porque estos aspectos son determinantes de la participación en una comunión perfecta y eterna que tendremos con el Señor en su segunda venida.

"Pero si andamos en luz, él está en luz, tenemos comunión uno con otros, y la sangre de Jesucristo nos limpia de todo pecado" (1 Juan 1.7).

La cruz de Comunión

La copa de bendición es la sangre de Jesucristo que comunica a los santos con Dios por su poder renovador. La sangre es la vida que fluye de Dios para los hombres, de arriba hacia abajo. Mientras que de abajo hacia arriba se eleva el amor humano purificado ante la presencia del Padre. 

El pan es el cuerpo de que todos los comulgantes participan, partiéndolo. El pan es uno, como la iglesia es una y como el cuerpo es uno. El amor fluye de los unos a los otros como Cristo mostró y muestra hoy su amor. El amor alimenta y fortalece a los hombres como el pan alimenta el cuerpo físico.

 

CAPÍTULO 3

Los Elementos de la Cena del Señor 

Los conocidos elementos de la Cena del Señor son el pan y el vino (fruto de la vid). Ambos son elementos esenciales del acto central del culto cristiano. Sin embargo, el uso del pan y el vino como elementos de comunión, se remonta a varios siglos atrás, hasta la era patriarcal. Génesis 14.18,19 nos dice que Melquisedec, sacerdote del Dios Altísimo, sacó pan y vino para compartir con Abraham y bendecirlo. Abram (Abraham), como se deduce del texto, no vaciló en aceptar los beneficios espirituales procedentes de una comunión fundamentada en la fe verdadera.

Abram recién retornaba de una batalla contra varios reyes enemigos, a los cuales venció y de los cuales tomó despojos. En su viaje de regreso le sale al encuentro Melquisedec (Hebreos 7.1). Pero Melquisedec no es un rey enemigo. Melquisedec saca pan y vino, símbolos de paz (Melquisedec significa "Rey de Paz") y participa con Abram. Con este acto se establece una alianza entre Melquisedec y Abram, padre de la fe. Este acto anticipa la alianza que Cristo, el "Príncipe de Paz", habría de establecer también siglos después, diciendo "Esta copa es el nuevo pacto de mi sangre" (Lucas 22.20).

Ese pasaje de Génesis 14 es, pues, sumamente trascendente porque nos hace ver que (1) desde la antigüedad se han utilizado específicamente el pan y el vino como elementos de comunión por un sacerdote y (2) que ambos son símbolos de alianza y paz, como habrían de manifestarse en su plenitud en la iglesia de Cristo. 

El pan y el vino en la tradición sacerdotal judía 

La utilización simbólica del pan y el vino no quedó excluida de los complicados ritos ceremoniales del judaísmo. Cuando la ley de Moisés fue instituida, se incorporó dentro de las ofrendas del tabernáculo una serie de elementos (el pan, el vino, el aceite, la flor de harina) como parte del culto a Jehová por siglos posteriores. Pero para los hebreos, al menos para la primera generación, la utilización del pan y el vino en las ofrendas quizá no fue algo extraño, ya que pudieron haber visto estos elementos utilizados también en los ceremoniales egipcios.

Los egipcios hacían suntuosas ofrendas delante de sus dioses (ritos a parecidos a os babilonios). Los muchos dioses de Egipto recibían diariamente porciones de pan cocidas especialmente para ellos. Por ejemplo, el dios Anú recibía 30 porciones de pan en la mañana y en la tarde. La idea de los egipcios era "alimentar" a los dioses (aunque en realidad los sacerdotes era quienes se comían el pan).

Ahora bien, entre los judíos era diferente. Se les exigía que presentaran delante de Jehová los panes de la Proposición semanalmente. La presencia continua de este pan en el tabernáculo había de recordar a los israelitas que todas las bendiciones temporales provenían de Dios (el pan de cada día). En los ritos paganos, los hombres alimentaban a los dioses. En el ceremonial judío, el pan indicaba que Dios es quien alimenta a los hombres. 

Éxodo 25.23-30 y Levítico 24.5-9 nos dicen que dentro del tabernáculo había una mesa cubierta de oro puro (señalando su especialidad), sobre la cual se ponía los Panes de la Proposición cada sábado. Eran 12 tortas de pan cocido que se colocaban en dos hileras sobre la mesa. Los 12 panes representaban las 12 tribus de Israel. Junto a las hileras de pan se ponía incienso. El pan era partido, es decir que se quebraba o se rompía. No podía ser cortado. Quizá esto era una anticipación del quebrantamiento del cuerpo del Señor, pues Pablo testificó haber recibido esa revelación en 1 Corintios 11.24, "Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido".

Los sacerdotes levíticos tenían la obligación de comer del Pan de la Proposición cada sábado, y luego poner una nueva remesa de pan; y este acto se realizaba en el Lugar Santo del tabernáculo. Aquí observamos otra espléndida anticipación de la comunión cristiana. Los creyentes en Cristo son ahora sacerdotes y el Santuario es la iglesia. Los creyentes son ahora los llamados a comer del pan de la Cena del Señor y así participar de Cristo, quien es el "Pan de Vida" (1 Corintios 10.18).

El incienso que se ponía a cada lado de las hileras de pan no era quemado sobre la mesa sino que era llevado a un altar donde se quemaba junto a las otras ofrendas, el aceite y el vino, el mismo día que los sacerdotes comían del pan.

Del vino hay algo importante que decir. Israel, como nación entendió que mientras el pueblo fuera fiel, Dios daría el fruto de la vid como bendición de la tierra (Deuteronomio 11.14). Si el pueblo quebrantaba el pacto con Jehová (que en efecto hizo), entonces vendría maldición sobre la tierra y no habría fruto de la vid (Deuteronomio 28.39). Cuando Israel fue restaurado después del cautiverio babilónico, en respuesta a su arrepentimiento, Dios renovó el fruto de la vid (Oseas 2.22; Amós 9.13).

Basados en Salmos 104.15 podemos obtener dos nuevos significados, uno del pan y otro del vino. (1) El pan que comían los sacerdotes "sustenta la vida del hombre". En forma simbólica tenemos que ya en la participación de la Cena del Señor, los elementos del pan y vino deben constituir una fortaleza (el pan) y un gozo espiritual sublime (vino) al recibir el beneficio renovador de la sangre de Cristo.

El pan y el vino en la tradición pascual judía

Otra celebración importante de los judíos, que requería el uso del pan y el vino era la pascua. Junto con el cordero que se sacrificaba en esa ocasión y las hierbas amargas, se incluía pan sin levadura y vino. El rito pascual se comenzaba con la bendición, el partimiento y reparto del pan (que se elaboraba en forma de torta blanda). El padre de familia decía entonces: "Esto es el pan de miseria que nuestros padres comieron al salir de Egipto". El pan contenía un vivo simbolismo en cuanto a la liberación de Israel. Al partir el pan entraban en comunión, no únicamente con sus familias sino con el pasado, con la experiencia liberadora de los padres, cientos de años atrás.

El pan ázimo, o sea sin levadura, también se empleaba en la fiesta de los panes sin levadura que seguía inmediatamente después de la pascua. Toda levadura tenía que ser sacada de las casas. Se buscaba en todos los rincones a manera de limpieza. El término "ázimo" originalmente quiere decir "sin levadura", es decir sin fermentación. Metafóricamente el término expresa una condición de pureza. Espiritualmente hablando, Pablo nos enseña que nuestra fiesta de los panes sin levadura consiste en limpiarnos de toda "malicia y de maldad" (1 Corintios 5.7-8), y adquirir las virtudes de la sinceridad y la verdad. Esto es comer los "panes de sinceridad" sin hipocresía, o sea participar de la pureza de Cristo, quien es nuestra Pascua.

Durante la fiesta de la pascua judía se servían cuatro copas de vino. Las primeras dos copas se servían y se repartían durante la cena pascual. Al final también se repartía "la copa de bendición" (1 Corintios 10.16), sobre la cual el padre de familia pronunciaba la acción de gracias. Quizá por esto mismo (Lucas 22.20) es más específico que los otros evangelios al indicar que después que Jesús hubo cenado tomó la copa, para decir que esa era la copa del "nuevo pacto" con sus discípulos. respecto a esto, podemos observar que en cuanto al uso del pan y el vino no se hizo ningún cambio de costumbre. Los cristianos siguieron utilizando los elementos que se empleaban en la pascua judía.

En lo que sí hay un cambio es en el significado de los elementos. Por ejemplo la copa. Mateo 26.29 nos dice que Cristo ya no tomaría más del fruto de la vid hasta el día final, cuando lo bebiera de nuevo con sus discípulos en el reino. Por un lado (1) Cristo dijo que "ya no bebería más" de ese fruto de la vid, indicando el fin del antiguo pacto, porque ahora el nuevo pacto entraría en vigor, atestiguado por su sangre. "Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre" (Lucas 22.20). Luego (2) también dijo que bebería el vino nuevo en el reino, o sea en su segunda venida, que muy bien podría aludir a la celebración de la Cena de las Bodas del Cordero (Apocalipsis 19.9). En esto vemos el significado escatológico de la Cena del Señor. (No es seguro si Cristo participó de la cuarta copa, que tenía significado mesiánico. Si no la tomó es porque él mismo expresó que no la bebería sino hasta en su segunda venida).

El pan y el vino en la tradición cristiana

Para darle continuidad a la última cena pascual del Señor, los cristianos, desde el primer siglo comenzaron a celebrar sus reuniones con el propósito de "partir el pan" (Hechos 2.42,46). Es interesante observar que lo que hoy llamamos Cena del Señor como un acto de adoración, los discípulos del primer siglo generalmente lo juntaban con los ágapes, o sea las comidas en común. Los ágapes eran comidas de fraternidad o de amor. Cada miembro traía sus propios alimentos para comer junto con los demás. En Corinto el error fue que el espíritu de ágape se había perdido. Había quienes no querían compartir en amor (comunión) y menospreciaban a los de pocos recursos (1 Corintios 11.20-22). En el versículo 22 parece que Pablo sugiere que se decontinúe esa práctica, y que mejor coman (la cena común) en sus casas, para separar esa comida de la Cena del Señor.

Ahora bien, en tiempos apostólicos la Cena del Señor o Eucaristía (del griego "dar gracias" - 1 Corintios 11.24) antecedía a los ágapes. En Hechos 20.7 se dice que los discípulos estaban reunidos el domingo para partir el pan. Inicialmente los discípulos se habían reunido para participar de la Comunión en la noche del domingo. Pero como Pablo alargó el discurso hasta la media noche, entonces tanto la Cena del Señor como el ágape tuvieron que ser pospuestos, según Hechos 20.7,11. Es de suma importancia notar que en el versículo 11 hay una separación entre "partir el pan" (Eucaristía) y "comer" (cena con pan común). 

Por "partir el pan" debemos entender que se incluía "beber del contenido de la copa", ya que la Cena del Señor había de incorporar estos dos elementos básicos. El procedimiento para celebrar la Cena, con sus dos elementos, se difundió en una manera más o menos uniforme en todas las iglesias cristianas. Tenemos testimonio de esta celebración ya bien entrado el segundo siglo y siguientes: Justino Mártir escribió su "Primera Apología" en el año 150 D.C., y del uso del pan y el vino (con agua) dijo lo siguiente:

"Después que las oraciones son terminadas, durante la reunión nos saludamos los unos a los otros con un beso. Luego le traen al que preside algo de pan, una copa de agua mezclada con vino, y él los recibe. Ofrece alabanzas y gloria al Padre de todos por medio del nombre de su Hijo y del Espíritu Santo. Después que ha terminado las oraciones y las gracias, todo los presentes expresan que están de acuerdo por decir 'amen' (queriendo significar en hebreo, 'que así sea'). Y después que el presidente ha dado gracias y que toda la concurrencia ha exclamado en voz alta su asentimiento, los varones, a quienes llamo diáconos, distribuyen el pan, por el cual la oración ha sido ofrecida, y el vino con agua que ha de ser tomado; y luego lo llevan a algunos que han estado ausentes".

Para fines del segundo siglo, Tertuliano, otro importante escritor, testifica de un procedimiento similar para observar la Cena del Señor. El presbítero presidente, durante la celebración, pronunciaba sobre el pan las palabras de bendición. La bendición de la copa la hacían los mismos concurrentes. Fuera de esto nadie podía hablar excepto el presidente, a menos que éste invitara a alguien. En este caso y el anterior puede observarse la notable solemnidad que se atribuía al acto eucarístico, como una verdadera adoración a Cristo, el Cordero. 

CONCLUSIÓN

Hemos estudiado la presencia de los elementos del pan y el vino como parte básica de la Comunión. Da la impresión que el pan y el vino han sido elementos comulgantes, que bajo la aprobación de Dios, han sido utilizados desde el Génesis hasta el Apocalipsis. El pan ha sido empleado como elemento de comunión hasta con los ángeles. En cierto modo representativo, Dios mismo comió con los hombres (Génesis 18.1,3,6,8). Ya en sentido espiritual, Apocalipsis 3.20 nos dice: "He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo". En Génesis es el hombre quien invita a Dios a comer con él. En Apocalipsis es Jesucristo quien llama, haciendo la más preciosa invitación a cenar que jamás haya sido hecha al hombre. El pan y el vino son nuestra comunión con Dios y los hombres.

CAPÍTULO 4

La Cena y la Pascua  

"Porque nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros..." (1 Corintios 5.7,8).

El Antiguo Testamento de nuestra Biblia contiene y describe varias fiestas religiosas características de los judíos. Pero no hay fiesta que sea de tanta importancia para la historia de Israel como lo es la pascua. Hablar de la pascua es como hablar de Israel, de su origen, de su liberación y su mera existencia. Fue la pascua la única fiesta judía que Jesucristo eligió para celebrar su despedida de sus discípulos a la vez instituir "la Cena del Señor", que hoy es el acto central del culto cristiano. ¿En qué consistía esa pascua judía? ¿Por qué escogió Cristo la ocasión de esa fiesta para instituir la Cena del Señor? Estas preguntas nos llevarán al estudio del origen de la pascua como tal, enfatizando la utilización de un cordero sacrificial y cómo es que Cristo es ahora la Pascua de los cristianos (1 Corintios 5.7). 

El origen de la pascua

La palabra pascua quiere decir "pasar por alto", "pasar de largo", "perdonar". La pascua fue una fiesta instituida por Jehová Dios para conmemorar la liberación del pueblo hebreo de la esclavitud egipcia. Más aun, la celebración de la pascua marcó el inicio o fundación de la nación de Israel. Con la pascua se inició el éxodo hacia la tierra prometida, donde Israel había de establecerse como pueblo escogido, en cumplimiento de un pacto con Dios.

Éxodo 12 describe la celebración de la pascua en relación a la liberación de Israel de Egipto. La noche de la pascua fue la noche de la muerte de todo primogénito de la nación egipcia. Y aun que todo primogénito de los egipcios murió, Dios "pasó por alto" (pascua) las casas de los hebreos, porque los dinteles y los marcos de las puertas estaban rociados con la sangre del cordero sacrificado. Moisés había ordenado que todas las familias sacrificaran un cordero para proteger a cada hogar, para que no fuera herido ningún primogénito de Israel.

Posteriormente, la pascua se convirtió en un rito muy elaborado: El día 10 del mes de Nisán (antes Abib) cada familia tenía que escoger un cordero de un año, sin tacha, y sacrificarlo el día 14 al atardecer. El cordero se asaba entero, con todo y sus entrañas. Nada podía dejarse para el día siguiente (Éxodo 34.25). Junto al cordero se comían pan sin levadura y hierbas amargas. La pascua se comía con ropas puestas como para un viaje. Pero nadie podía salir de la casa hasta el día siguiente. El padre de familia tenía que explicar el sentido del rito.

El ritual de la pascua tenía varios significados. El cordero sacrificado era una sustitución por la familia. Más aun, el cordero era una sustitución por el primogénito, que en este sentido era el pueblo mismo. Israel era el primogénito de Jehová (Éxodo 4.22). Todo primogénito de los egipcios murió, pero Israel fue protegido por Dios. El pan ázimo (no leudado) significaba la salida rápida de Egipto. No era leudado porque no había tiempo para ponerle levadura (como se prepara el pan común). También se llamaba "pan de aflicción", porque de prisa había salido Israel de Egipto (Deuteronomio 16.3).

Celebración posterior de la pascua

Siglos más tarde hubo cambios en el procedimiento para la celebración de la pascua, a raíz de las reformas del rey Josías (año 622 A.C.). La víctima pascual, una oveja o un buey, ya no se sacrificaba en cada casa o cada ciudad (Deuteronomio 16.5,6). Esta había de sacrificarse, asarse y comerse en el santuario central, que ahora era el templo de Jerusalén. Posteriormente se reservó a los levitas el sacrificio de víctimas; y el antiguo rito pascual fue sustituido por el derramamiento de sangre al pie del altar, lo cual hacía el sacerdote (2 Crónicas 35.11).

En tiempos del Nuevo Testamento estaban en boga ambos usos. Los corderos se sacrificaban en el templo entre aproximadamente las 2:30 PM y las 5:00 PM. En las casas se participaba de la cena pascual, en que tomaban parte de 10 a 20 comensales. El cordero se sacrificaba el 14 de Nisán, a las horas ya indicadas, pero no se comía sino hasta después de la puesta del sol (esto es porque Israel fue librado de Egipto de noche). El día 15 del mismo mes se iniciaba la fiesta de los panes sin levadura, una celebración íntimamente rela-cionada con la pascua (Deuteronomio 16.3).

La pascua para los judíos no era sólo un mero aniversario. Deuteronomio 16.1 dejó establecida la fecha de su celebración, "porque en el mes de Abib te sacó Jehová tu Dios de Egipto, de noche". Unos seis siglos más tarde, la Mishna, un conjunto de enseñanzas orales religiosas judías que fueron puestas por escrito en el siglo II D.C. y luego coleccionadas en el Talmud, afirmaba: "Cada uno debe considerarse, de generación en generación, como si él mismo hubiera sido liberado de Egipto" (Pesahim 10.5). En este sentido Dios salvó no sólo a los que salieron de Egipto, sino a todos sus descendientes. La primera pascua había sido la salvación inmediata de Israel, pero todas las demás pascuas habían de celebrarse perpetuamente, en memoria del éxodo glorioso de la nación (Éxodo 12.14; 13.9,10).

La pascua en tiempos de Jesús

La comida de la pascua comenzaba después del crepúsculo. Se inauguraba con la primera de las cuatro copas que se bebían durante la fiesta. Se llenaba la copa con vino y agua, luego el comensal principal pronunciaba sobre estas dos fórmulas de bendición: (1) "Alabado seas, Jehová, nuestro Dios, rey del mundo, que creas el fruto de la vid". (2) "Alabado seas, Jehová ... que has dado festividades a tu pueblo Israel para alegría y recuerdo". Después de beber la primera copa, se traían panes sin levadura y hierbas amargas, que el presidente distribuía después de lavarse las manos y ofrecer una acción de gracias.

El momento culminante era cuando el cordero pascual asado era traído a la mesa. Se explicaba el sentido de la comida, recitándose la historia de la pascua. Luego se cantaba la primera parte del Halell (Salmos 113 y 114.1-8). Se tomaba la segunda copa, y después de otro lavatorio ceremonial, se participaba de la comida. El pan se mojaba en el haroset, una salsa hecha de frutas cocidas en vino. Luego seguía la tercera copa, que se llamaba "cáliz de bendición", con la cual se pronunciaba una acción de gracias por la cena. Con la última copa se cantaba la segunda parte del Halell (Salmos 115-118), que expresaba la esperanza de la restauración mesiánica.

¿Cuál pascua comió Cristo?

Los evangelios presentan ciertas dificultades para precisar cuándo celebró Jesús su última pascua y qué día fue él crucificado. Por ejemplo, Lucas 22.7 y 8 indica que cuando "llegó el día de los panes sin levadura, en el cual era necesario sacrificar el cordero de la pascua, Jesús envió a Pedro y a Juan, diciendo: Id, preparadnos la pascua para que la comanos". Este pasaje da la impresión que Cristo iba a celebrar la última cena con sus discípulos el mismo día de la pascua judía. Sin embargo el mismo Lucas (23.54) pone la celebración de la pascua judía después de la muerte y sepultura de Jesucristo. La "víspera de la pascua" era la anticipación de esa fiesta. Juan consistentemente pone la pascua después de la condena de Cristo (Juan 18.28; 19.14) y después de la crucifixión (19.31).

Todo lo anterior quiere decir que Jesús celebró una cena especial con sus discípulos un día antes de la pascua judía. Así lo dice Juan 13.1, indicando que esta cena fue antes de la pascua. Esto implica que Cristo no participó de un cordero pascual durante esta cena, porque Cristo mismo sería el Cordero de Dios que había de ser sacrificado, al día siguiente en la tarde, al mismo tiempo que sacrificaba los corderos de la pascua en templo de Jerusalén.

Se puede decir que la comida pascual que Jesús tomó como por la noche antes del día de su crucifixión fue más bien su última cena con los discípulos, utilizándola para instituir la Cena del Señor. Por eso mismo Jesucristo puso más énfasis en el pan y en el vino, símbolos que habrían de usar los cristianos en los siglos posteriores para celebrar la Eucaristía dominical.

Cristo "dio gracias" por la última copa que bebió con sus discípulos, la cual era la "copa de bendición" (1 Corintios 10.16). Esta era la tercera en el orden dentro de la pascua judía, y la que Jesús también llamó la copa del nuevo pacto (Marcos 14.24), siendo entonces la más importante. No está claro si Cristo participó de la cuarta copa judía. Mientras se tomaba de esta copa (de carácter escatológico) se leían los Salmos 115 al 118. Aunque en el Salmo 118 hay varias referencias al Mesías, es de especial interés el versículo 26, que dice, "Bendito el que viene en el nombre de Jehová". Se ha sugerido que Cristo tiene pendiente participar de esta copa en su segunda venida (Mateo 26.29; Lucas 22.18).

Jesucristo nuestra pascua

De acuerdo a lo establecido por el apóstol Pablo, que nuestra pascua es Cristo, conviene ahora hacer un paralelo entre el cordero que se sacrificaba el día de la pascua judía y Cristo como el Cordero de Dios que fue también sacrificado el día de la pascua. Esta comparación se ajusta a la correcta interpretación de que el cordero pascual era el tipo o sombra de lo perfecto que había de cumplirse en Jesucristo, el Cordero de Dios.

I. A) El cordero pascual era preparado de antemano, cuatro días antes (Éxodo 12.3,5). Tenía que ser de un año, sin tacha y sin defecto.
B) Cristo fue el Cordero preparado por Dios (Juan 1.29). Fue santificado, siendo perfecto y sin pecado. (Véase Hebreos 10.5.)

II. A) El cordero pascual era sacrificado en sustitución de Israel, el primogénito de Jehová (librado de la muerte - Éxodo 4.22; 13.15).

B) Cristo fue el Primogénito, nacido de María y el Unigénito nacido de Dios, que murió por los "primogénitos", el pueblo espiritual (Hebreos 12.23).

III. A) El cordero pascual tenía que ser sacrificado "entre las dos tardes", es decir de la 2:30 PM a las 5:00 PM del día de la pascua.

B) Cristo fue sacrificado el mismo día de la pascua judía, y murió a las 3:00 PM según Marcos 15.34,37.

IV. A) El cordero pascual tenía que ser asado entero. No se podía quebrar hueso suyo (Números 9.12), ni dejar nada para el día de reposo.

B) Cristo hizo una entrega de su cuerpo, expiró, y no le quebraron ningún hueso (Juan 19.31,33,36). Fue sepultado antes del sábado.

Antes de concluir, queremos añadir que hay grupos religiosos que todavía observan la pascua anual, celebrándola de acuerdo al calendario judío (en la primavera). Pero el Nuevo testamento asegura que Cristo es nuestra pascua, "que ya fue sacrificada por nosotros"; es decir que Cristo ya fue ofrecido una vez para siempre por nosotros (Hebreos 9.12; 10.12). En vez de la pascua judía, Jesucristo dejó establecida la Cena del Señor, mandando que se celebrara ésta "en memoria de mí". La Cena del Señor quedó, pues, instituida "en memoria" de nuestra pascua (Cristo) que fue ya sacrificada hace 2,000 años.

(Por ejemplo, Cristo es "sacrificado" de nuevo en cada misa dominical de los católicorromanos. Pero esto está en contradicción con la afirmación de Pablo en 1 Corintios 5.7,8.)

Pero nosotros insistimos en que la pascua judía fue una anticipación de la comunión cristiana. La pascua judía, instituida por Jehová Dios, era un tipo perfecto en relación a Cristo como el Cordero. Entonces Cristo es la pascua de los cristianos, que ahora se celebra en su nueva forma: La Cena del Señor. Y esta cena es una comunión espiritual de los santos, que participan de los beneficios expiatorios del sacrificio del Señor. 

CAPÍTULO 5

El Simbolismo de la Cena del Señor

Uno de los aspectos más controversiales en cuanto a la Cena del Señor ha sido su simbología. La cuestión planteada ha sido: ¿Qué significa el pan y qué significa el vino? Desde el principio del cristianismo surgieron distintas y novedosas interpretaciones con respecto a los elementos de la Comunión. Como la mayoría de estas interpretaciones eran de origen humano, resultaron contradictorias a las concepciones originales de la Cena del Señor como son presentadas en el Nuevo Testamento.

El presente capítulo será un esbozo histórico de estas interpretaciones, y es interesante subrayar que desde los primeros siglos de nuestra era hubo una tendencia a creer en lo que con el tiempo se llamó transubstanciación, una doctrina errada, desarrollada dentro del marco de una iglesia desviada del cristianismo original.

Bajo la influencia apostólica, la observancia de la Cena del Señor era muy sencilla y sin mucha especulación sobre su significado. Pero en los siglos posteriores, en la Edad Media, la Eucaristía se convirtió hasta en objeto de adoración, y ciertas interpretaciones exageradas sobre la misma dieron cabida a ideas supersticiosas. Pero gracias a la Reforma, los conceptos acerca de la Cena del Señor fueron depurados y mejor ajustados a las enseñanzas del Nuevo Testamento.

(La Eucaristía era el nombre que los cristianos de los primeros siglos daban a la participación de la Cena del Señor. Eucaristía quiere decir "dar gracias" en griego. Se derivó del gesto de nuestro Señor Jesucristo, cuando él instituyó la Cena del Señor: "Y tomó el pan y dio gracias, y lo partió y les dio".)

La Eucaristía en los primeros siglos 

En el primer siglo la Cena del Señor se combinaba con un ágape o comida común. Pero como había una tendencia a descuidar la Eucaristía en sí durante esta comida, con el tiempo se comenzó a separar ambas cosas. Inclusive los ágapes desaparecieron. Ya para el siglo II era costumbre común que la Cena del Señor se celebrara todos los domingos, temprano por la mañana. Justino Mártir ("Primera Apología", 66), escritor del año 150 de nuestra era, da la mejor descripción de lo que la comunión había de ser: 

"Y nosotros llamamos Eucaristía a esta comida, y a nadie se le permite participar de ella a menos que él crea que nuestra doctrina es verdadera y que haya sido lavado en la pila (bautismal) para la regeneración y el perdón de sus pecados, y viva de la manera que Cristo enseñó. Porque no participamos de ésta (Cena del Señor) como si fuera una comida y bebida ordinarias. Sino que de la manera en que el Logos de Dios encarnado, Jesucristo nuestro Salvador participó de carne y sangre para nuestra salvación, así es la comida sobre la cual se ha dado gracias según la palabra que viene de él, y por la cual también nuestra carne (y sangre) es cambiada y fortalecida. Hemos sido enseñados que esta comida es la mera carne y sangre de Jesús".

En los primeros siglos, la Cena del Señor tenía como fin perpetuar la doctrina de Cristo, reafirmando su muerte y resurrección. Por eso el participar de esta comunión continuamente garantizaba la renovación de la vida espiritual del creyente. Ignacio de Antioquía consideraba que la unión con Cristo era esencial para la vida. Y la verdadera vida era administrada por medio de la Eucaristía, el "partir el pan, que es la medicina de la inmortalidad y un antídoto para que no muramos sino que vivamos para siempre en Cristo Jesús".

El Eucaristía como sacramento

La Eucaristía en los primeros siglos era el acto central del culto religioso. Se celebraba con la más elevada devoción, sin indagar sobre la manera en que Cristo se hacía presente en la comunión. Pero con la marcha de la historia, en camino a la Edad Media, hubo nuevas y extrañas interpretaciones de lo que había de ser la Eucaristía. Estas innovaciones, consecuentemente, propiciaron cambios también en la manera de celebrar la comunión. 

Poco a poco la Eucaristía se comenzó a considerar como un sacramento, administrado de acuerdo a una elaborada ceremonia (liturgia), en vez de una sencilla celebración a nivel congregacional. Tomando en cuenta lo que los padres apostólicos habían enseñado antiguamente (tal como Justino Mártir, que creía en el descenso de Cristo a los elementos de la comunión). varios maestros de la iglesia comenzaron a caracterizar la Eucaristía como un sacramento. 

(El sacramento es una señal visible, como lo es el pan y el vino, de una gracia. Por ejemplo, en la extremaunción, según los católicorromanos, los santos óleos que se imparten a un moribundo tienen poder para absolverle de cualquier pecado pendiente.) 

Se pensaba que después de la consagración, o sea después de decir las palabras de Cristo "esto es mi cuerpo", " esto es mi sangre", el pan y el vino se transformaban y dejaban de ser elementos comunes. Por eso Ireneo, al igual que Ignacio, Atanasio y otros, decían que "el pan, que es el producto de la tierra, cuando recibe la invocación de Dios, ya no es pan común sino eucarístico, consistente en dos realidades, terrenal y celestial".

Atanasio (principios del siglo IV) consideraba que la Eucaristía era el más grande de los misterios de la fe cristiana, un acto de transformación, porque "el pan y el vino que, aunque antes son comida y bebida ordinarias, se convierten en el cuerpo y la sangre del Señor".

Excepcionalmente, otros padres, tales como Clemente y Eusebio, tendían a favorecer una interpretación menos literal y más simbólica de las palabras de la institución. Clemente enseñaba que el comulgante recibía no la física sino la sangre espiritual, la vida de Cristo. Pero Orígenes se fue al otro extremo al dar una interpretación muy alegórica de la Cena. El decía que el pan es la Palabra que alimenta el alma.

Pero en los siglos subsiguientes, conforme se complicaba el ritual para la celebración de la Eucaristía (que más tarde se llamó misa), también se fue consolidando la idea de la presencia real y literal de Cristo en la Cena. Es decir que cuando el sacerdote consagraba el pan y el vino, por el poder del Espíritu Santo, ambos elementos se transformaban en la carne y sangre físicas de Cristo (transubstanciación).

La Eucaristía como sacrificio

Aunque al principio el pan y el vino eran elementos sencillos de representación, con el tiempo llegaron a ser tomados como un sacramento, y ya para el siglo V, la Eucaristía se convirtió en la celebración de un "sacrificio" en el altar, ejecutado por el sacerdote. El germen de esta práctica ya se encontraba en la doctrina de Cipriano de Cartago a mediados del siglo III. Cipriano creía que el sacerdocio y el sacrificio tenían mucho en común. El sacerdote, al estilo judío, podía oficiar en lugar de Cristo, y efectuar un verdadero "sacrificio" en el altar. 

En vez de ser sólo una representación del sacrificio de Cristo en la cruz, se llegó a creer que la Eucaristía podía ser la repetición del sacrificio de Cristo en el altar. Siendo este un acto tan delicado, precisaba la presencia de un sacerdote para realizar el milagro. En lugar de decirse las palabras "haced esto en memoria de mí", el cura había ahora de presentar "esta ofrenda" de inmolación. Toda la ceremonia se concentraba ahora en el cuerpo sacrificado. Crisóstomo veía a "Cristo, que yace inmolado sobre el altar".

El rito eucarístico en el siglo V

Para el siglo V el rito eucarístico exhibía notables modificaciones. El altar era separado de los laicos por una reja y sólo los sacerdotes podían permanecer en el interior. (Legos o laicos son las personas que no tienen opción a las órdenes clericales. En general se refiere a la gente espectadora, que no ejecuta los oficios religiosos.) La reunión dominical se dividía en dos partes. La primera comprendía predicaciones, lecturas, oraciones, etc. Pero cuando llegaba la segunda parte, o sea la celebración de la Eucaristía, los candidatos al bautismo y los que no podían comulgar eran despedidos. Después de la despedida (dismissio, y de ahí la palabra "misa") se iniciaba la liturgia eucarística presidida por el obispo con ropaje festivo, rodeado de sacerdotes. Se hacían oraciones con responsos de la congregación. 

Durante la ceremonia el obispo daba un beso de paz al clero, y el resto de los comulgantes lo intercambiaban entre sí, los hombres a los hombres, las mujeres a las mujeres. Luego se hacía la consagración del pan y el vino. Se oraba por la Iglesia Universal; el diácono dirigía una letanía. Entonces el pan y el vino eran repartidos a todos. La reunión se terminaba con las palabras "idos en paz". Después del sigo V hubo otra innovación. Como se creía (por mandato de Constantiino) que toda la gente del Imperio era "cristiana", todos podían comulgar y la reunión ya no se dividía en dos partes.

El oficio de la misa 

Al inicio de la Edad Media, tanto la Iglesia Católica como la Griega celebraban, ya no un culto para la congregación sino el oficio de la misa. En vez de ser un sacramento, ahora la Eucaristía se veía como un sacrificio. La Eucaristía se había convertido ahora en la repetición del sacrificio expiatorio de Cristo para la salvación de los vivos y los muertos. La misa tenía poder para personar pecados. 

Ideas y prácticas extravagantes no se hicieron esperar. Como ya se creía en el purgatorio fue fácil añadir que el sacrificio de la misa podía ser el medio perfecto de intercesión por los muertos. (El purgatorio es la creencia católica en un fuego de tormento para las almas de los creyentes imperfectos, por los cuales hay que hacer intercesiones.) En la liturgia de Crisóstomo se leía que el sacrificio eucarístico era ofrecido por las almas de los profetas, los apóstoles, los mártires, ¡y hasta por la virgen María! Daba la impresión que los antepasados de la fe no podían salvarse sin las misas católicas.

A medida que aumentaba el poder del sacerdote, aumentaba también la apostasía. La gente acudía al sacerdote, dependiendo de él como mediador en vez de Jesucristo. Las mismas se celebraban ya con mucha frecuencia. Las misas tenían sus precios y los sacerdotes sabían cómo venderlas, y procurar que los fieles las incluyeran en sus testamentos.

Las exageraciones aumentaron aun más. Por ejemplo,si durante la consagración sacramental la tela que cubría el altar accidentalmente se humedecía con la "sangre", la tela tenía que ser lavada tres veces y el agua bebida por el sacerdote. Si una gota de vino (supuestamente transformado en sangre) caía sobre una superficie dura - madera, piedra, etc. - el sacerdote o algún piadoso tenía que lamerla.

La hostia y la superstición

El temor a la profanación del sacrificio eucarístico por desparramar la "sangre" consagrada, hizo que la Iglesia Católica determinara que la participación de la copa fuera negada a los laicos. Tomás de Aquino decía que era suficiente que el sacerdote participara del cáliz, porque toda la comunión se puede tener por participar de un solo elemento. Además, si los laicos participaban sólo del pan (u hostia) el pueblo podría entender que tanto el cuerpo como la sangre están presentes en cualquiera de los dos elementos. 

El pan cambió de nombre y comenzó a llamarse hostia (hospedadora, anfitriona) porque "hospeda" o contiene a Cristo mismo. Según Tomás de Aquino la sustancia del pan se transforma completamente, aunque los "accidentes" permanecen, tal como el sabor, color, dimensión y peso. Los escolásticos de la Edad Media creían que el todo de Cristo estaba en el sacramento, su divinidad y su humanidad. La doctrina de la transubstanciación fue categóricamente reafirmada en el cuarto Concilio de Letrán en 1215. "El cuerpo y la sangre de Cristo están verdaderamente contenidos en el sacramento del altar bajo las formas del pan y el vino, el pan siendo transubstanciado en el cuerpo y el vino en sangre por medio del poder 'divino'. 

Con el tiempo la elevación de la hostia (levantada por el sacerdote), y la adoración de la misma llegó a ser una práctica de la Iglesia Católica Romana. Honorio III, en 1217, hizo obligatorio que se tocara la campanilla en el momento en que las palabras de consagración eran dichas para que los fieles se arrodillaran y adoraran la hostia.

La misma creencia de adorar la hostia digo lugar al establecimiento de la fiesta del Corpus Christi en el siglo XIII. Su origen fue la visión de una monja de nombre Juliana. Urbano IV decretó su observancia universal en 1264, y Juan XXII inauguró la procesión a realizarse durante la fiesta, con la cual se hacía pasear la hostia por las calles con gran solemnidad.

Innumerables historias fantásticas acerca de la hostia circulaban en la Edad Media. Una de las más famosas afirmaba que un monje incrédulo fue curado de sus dudas por haber visto a la hostia sudar sangre. Otros contaban que cuando había incendios de iglesias, la hostia del altar no se quemaba. Otras leyendas contaban de los tremendos castigos que sobrevenían a los incautos que no mostraban reverencia por el sacramento del altar. 

Los Reformistas y la Cena del Señor

Wiclif, el primer gran héroe pre-reformista, inició su carrera en 1378 protestando furiosamente contra las extravagancias de la Iglesia Católica. En un tratado que escribió sobre la Eucaristía atacó el dogma medieval de la transubstanciación, considerando a ésta la más grande de todas las herejías existentes. Decía que la misa era un acto idolátrico y que el dogma de la hostia era una fábula engañosa. Afirmaba que el cuerpo de cristo se encuentra en el cielo y que su presencia en el pan es simbólica. 

A principios del siglo XVI la Reforma ya se encontraba en pleno desarrollo. Lutero criticó la negación de la copa a los laicos, puso en tela de juicio la transubstanciación y rechazó enfáticamente que la Eucaristía fuera un sacrificio ofrecido a Dios. Karlstadt, otro reformista de carácter impulsivo y radical, en la navidad de 1521 celebro la Eucaristía sin vestimentas sacerdotales, sin consagración, sin elevar la hostia, ofreciendo la copa a los laicos. Esto ocurrió en Wittenberg, Alemania. 

Zuinglio, opositor de Lutero, negó cualquier presencia física de Cristo en la Cena y enfatizó más bien el carácter memorial o conmemorativo de la misma. La Cena, según él, es como un símbolo para unir a una congregación de creyentes en un testimonio común de fidelidad al Señor.

La Cena del Señor y la Biblia

Aunque son muchos los siglos de historia de lo que los hombres han interpretado acerca de la Cena del Señor, e innumerables las innovaciones hechas en cuanto a su administración, la enseñanza bíblica permanece invariable. La Cena del Señor no puede ser ni una transubstanciación ni un sacrificio incruento de Cristo sobre un altar de manufactura humana. Es inconcebible que un sacerdote puede tener en sus manos "el cuerpo" literal de Cristo, no importan cuán "misterioso" pueda parecer el acto.

El Nuevo Testamento establece claramente que Cristo realizó un sólo sacrificio para siempre (Hebreos 10.14; 12.23,24). Su sacrificio fue tan perfecto que no necesita de ninguna repetición del mismo como se hace en la misma católica. Cristo no puede ser "sacrificado" constantemente en un altar porque el verdadero sacrificio de su cuerpo se realizo una sola vez hace 2,000 años en la cruz del Calvario.

CAPÍTULO 6

Las Controversias de la Cena del Señor

La Cena del Señor, como fue establecida en el primer siglo D. C., era una ceremonia que confirmaba la unidad de los cristianos (1 Corintios 10.17), siendo que la unidad de los creyentes era del deseo de Cristo (Juan 17.20-23). Sin embargo, con el curso del tiempo, surgieron varias controversias y altercados en cuanto al significado de la Cena del Señor. Entre las varias controversias hubo por lo menos tres de más importancia, de las cuales trataremos en este capítulo. 

Lo triste al tratar de las controversias con respecto a la Eucaristía es que la Cena del Señor, siendo el acto central de comunión con Dios y con los creyentes, dio lugar a interpretaciones acolaradas y adversas; y hasta fue motivo de división, como ocurrió en la última gran controversia de la Reforma, entre Lutero y Zuinglio. Esta controversia causó tal división, que los dos grandes reformadores nunca más tuvieron comunión el uno con el otro después de la disputa.

La primera controversia (siglo IX)

La primera controversia sobre el significado de la Cena del Señor tuvo lugar a mediados del siglo IX entre Pascasio Radberto y

Ratramno. Pascasio Radberto (de 800 a 865), un monje erudito de Corbie, Francia, fue el primero que comenzó a enseñar lo que más tarde se llamó transubstanciación.

Radberto escribió en 831 el libro titulado "Sobre el Cuerpo y Sangre del Señor",enfatizando que "la substancia del pan y el vino es efectivamente cambiada a la carne y la sangre de Cristo". De manera que después de la consagración no hay "nada más en la eucaristía sino la carne y la sangre de Cristo", aunque "la figura del pan y vino permanece" al sentido de la vista, tacto y sabor.

Radberto llegó al extremo de apoyar la creencia que el pan que se ponía sobre el altar había de verse como un cordero o un niño, y que cuando el sacerdote estrechaba su mano para partir el pan, un ángel descendía del cielo con un cuchillo, sacrificaba al cordero o niño y hacía verter su sangre en la copa.

Las interpretaciones exageradas de la Eucaristía y sus aspectos supersticiosos produjeron una ola de oposición. Uno de los críticos más importantes fue Ratramno, también de Corbie, y de considerable reputación literaria. A solicitud del rey Carlos el Calvo escribió un tratado contra Radberto. 

Ratramno fue el primero en establecer con claridad la teoría simbólica sobre la Cena del Señor. Llamó al pan y al vino figuras consagradas a arras del cuerpo y la sangre de Cristo. Son emblemas de la muerte del Señor, para que en memoria de su pasión, los creyentes se beneficien de la misma. Basó su discurso también en Juan 6, pero al igual que Agustín de Hipona, encontró la clave de todo el capítulo en el versículo 63. Las almas de los creyentes son alimentadas en la comunión por la Palabra, que habita , para el caso, en una manera invisible en el pan y el vino.

Pero a pesar de los argumentos y protestas, la proposición sostenida por Radberto fue más aceptada dentro de los círculos católicorromanos, y sirvió para moldear el dogma de la transubstanciación. Consecuentemente, la transubstanciación alcanzó gran popularidad en los siglos subsiguientes del oscurantismo de la Edad Media. (La apostasía va de la mano con el estancamiento, la superstición y la oscuridad).

La segunda controversia (siglo XI) 

Entre los años 1040 y 1045, Berengar, un hábil maestro de la dialéctica de Tours (Francia), llegó a la conclusión que la doctrina eucarística de Pascasio Radberto era una concepción vulgar, contraria a las escrituras, contraria a los padres y contraria a la razón. Divulgó sus puntos de vista entre sus discípulos en Francia y Alemania, causando gran sensación. Sin embargo la mayoría reaccionó en su contra. 

La controversia fue iniciada por Berengar mismo en una carta dirigida a Lanfrac de Bec, expresando su sorpresa que éste estuviera de acuerdo con Radberto y condenara a los padres, incluyendo a Agustín de Hipona. La carta fue remitida a Roma, a donde también se dirigió Lanfranc, quien actuó para propiciar la primera condena de Berengar por el Sínodo Romano dirigido por León IX en abril de 1050.

Básicamente la teoría de Radberto se resume así: Al igual que Agustín y Ratramno, distinguió entre el cuerpo ecucarístico y el cuerpo histórico de Cristo, y entre el símbolo visible o sacramentum y la cosa simbolizada, o sea la res sacramenti. (1) Los elementos permanecen tanto en la sustancia como en apariencia después de la consagración. (2) Pero el pan y el vino no son símbolos vacíos. Los creyentes reciben espiritualmente a Cristo en estos elementos. (3) La comunión de la Cena del Señor es con toda la persona de Cristo y no con las partes separadas de su cuerpo y sangre.

Berengar, a causa de sus ideas, fue condenado varias veces, y en varias ocasiones escapó de la muerte. En 1059, bajo la protección de Hildebrando, apareció en el Concilio de Letrán, dirigido por Nicolás II. La gran asamblea de 113 obispos no hizo caso de su noción acerca de la comunión espiritual, e insistió en una participación sensual del cuerpo y sangre de Cristo. El violento cardenal Humbert más bien forzó la aceptación de la masticación literal del cuerpo de Cristo.

Por temor a la muerte, Berengar tuvo que retractarse, confesar su error de rodillas y tirar sus libros a la hoguera. Pero tan pronto como volvió a Francia, se dedicó a defender su convicción verdadera, y atacó a León IX y Nicolás II con lenguaje tan severo como el de Lutero, cinco siglos más tarde. Lanfranc reaccionó con un tratado contra él, y Berengar contra-atacó con su obra principal sobre la Cena del Señor (1063-1069). Sus amigos comenzaron a abandonarle, y la ira de sus enemigos creció tanto, que casi le dieron muerte en un sínodo de Poitiers (1075).

La tercera controversia (siglo XVI) 

En siglos anteriores, la Eucaristía había sido objeto de varias controversias, siendo las principales las del siglo IX y XI. En ambas se peleaba la presencia real y la presencia espiritual de Cristo en la Cena. Por fin triunfó el dogma de Roma de la transubstanciación, siendo aprobado por el IV Concilio de Letrán en 1215, y el Concilio de Trento en 1551.

Pero entre los protestantes, las controversias tomaron otro curso, porque la transubstanciación fue rechazada por todos ellos. La cuestión ahora consistía en saber si Cristo estaba presente realmente (corporalmente) o sólo espiritualmente en los elementos naturales (el pan y el vino). Además, ¿participaban los comulgantes de Cristo a través de la boca o sólo por la fe?

Aunque hubo otras controversias sobre la Eucaristía, la disputa de mayor transcendencia ocurrió en la época de la Reforma. Fue la disputa entre Martín Lutero y Ulrico Zuinglio, la cual oscilaba entre la concepción materialista y la espiritualista sobre la Cena del Señor.

La teoría de Lutero partía de Mateo 26.26. Sostenía tenazmente la interpretación literal de las palabras de la institución "este es mi cuerpo". Creía sinceramente que Cristo se manifestaba corporalmente en la sustancia del pan y el vino. Aunque aceptaba que Cristo estaba en el cielo, afirmaba su omnipresencia divina en la tierra (en la Eucaristía).

Zuinglio, por otro lado, recibió en cuanto a la interpretación figurada (est=significat) de Erasmo y Wessel a través de Cornelio Hoen, un abogado holandés. El argumento "esto significa mi cuerpo" de Hoen atrajo la atención de Zuinglio en 1523, reafirmando el significado simbólico que él ya atribuía a la Cena. Para 1524 la disparidad de ideas condujo a una abierta disputa entre el reformador suizo y el célebre reformador alemán.

La controversia llegó a su máximo en 1527 y 1528, cuando Lutero y Zuinglio entraron en directa confrontación a través de diversos escritos. Zuinglio comenzó bien, refutando a Lutero vigorosamente, pero con respeto. Lutero, por su parte, reaccionó violentamente, acusando a Zuinglio y sus seguidores de fanáticos, y partícipes de los artificios del diablo.

Zuinglio, en su correspondencia, continuo exhibiendo agudeza, arguyendo que la palabra de Dios había de decidir la controversia y no los términos denigrantes, tales como impío, homicida, hereje, fanático, hipócrita, que Lutero empleaba libremente. Sin embargo, el mismo Zuinglio y sus seguidores terminaron aplicando términos igualmente injustos contra los luteranos, acusándoles de comedores de carne, bebedores de sangre, "capernaítas"; y denominaron su pan eucarístico un "dios horneado".

Tanto Lutero como Zuinglio (y unos de sus seguidores) fueron convocados a una confrontación personal en Marburgo, Alemania, en 1529. El debate público fue altamente exegético, pero sin introducir algún nuevo argumento. Lutero se aferró al sentido literal de "esto es mi cuerpo" ("hoc est corpus meum"), y el suizo a la declaración de Cristo: "El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida" (Juan 6.63).

Lutero arguyó que cuando Cristo dice: "la carne para nada aprovecha", él habla, no de su carne, sino de la nuestra. Zuinglio entonces respondió que el alma es la que se alimenta con el espíritu, no la carne. A esto Lutero replicó: "Comemos el cuerpo con la boca, no la carne". Zuinglio agregó un excepcional argumento: "El cuerpo de Cristo sería entonces un alimento corporal, y no espiritual".

La célebre conferencia terminó sin que se llegara a un acuerdo mutuo. Los dos bandos reafirmaron sus diferencias. Se habló acaloradamente y a veces indecorosamente, aunque no se llegó a los abusos anteriores. Y aunque Zuinglio, con lágrimas quiso estrechar la mano de Lutero, éste rehusó rotundamente, negando tener parte con aquél como hermano. Cuando los alemanes se despidieron de los suizos, dijeron: "Ustedes no pertenecen a la comunión de la Iglesia Cristiana. No los podemos reconocer como hermanos".

En resumen, la teoría luterana quedó así: Se afirma la presencia real y sustancial del mero cuerpo y sangre de Cristo, que fue nacido de la virgen María y que sufrió en la cruz, en, con y bajo (in, cum, sub) los elementos del pan y el vino, y la participación oral de los comulgantes de los mismos.

La coexistencia simultánea de las dos sustancias no es la inclusión local de una sustancia en la otra, tampoco es una mezcla o fusión de las dos sustancias en una. Más bien se las describe como una unión sacramental, sobrenatural e incomprensible. Los elementos terrenales permanecen sin cambio, pero se convierten (por el poder de Dios) en medios de comunión con el cuerpo de Cristo.

Aunque el pan y el vino se comen con la boca, la Eucaristía no es una comida común. El propósito de la Cena del Señor es principalmente para asegurar el perdón de pecados y para consolar a los creyentes.

La teoría de Zuinglio, por otro lado, sostiene que la Cena del Señor es una solemne conmemoración de la muerte expiatoria de Cristo, de acuerdo a su propio mandamiento: "Haced esto en memoria de mí".

Zuinglio niega la presencia corporal porque Cristo ascendió al cielo y porque su cuerpo no puede estar presente en más de un lugar al mismo tiempo. Además, los dos sustancias no pueden ocupar el mismo lugar (espacio) al mismo tiempo. (Agustín de Hipona, siglo V, rechazaba la ubicuidad del cuerpo de Cristo, argumentando que "cuando la carne del Señor estuvo en la tierra, ciertamente no estaba en el cielo; y ahora que está en el cielo, no está en la tierra".) A pesar de esto, no dejó de admitir la presencia espiritual de Cristo en la Cena.

Zuinglio, en sus últimas palabras sobre el tema, dijo: "Creemos que Cristo está verdaderamente presente en la Cena del Señor; en efecto, que no hay comunión sin tal presencia... Creemos que el verdadero cuerpo de Cristo se come en la comunión, pero no en una manera carnal y grosera, sino en una manera sacramental y espiritual.

CONCLUSIÓN 

Las controversias nunca han sido buenas porque manifiestan el espíritu de contienda del hombre. Son pleitos entre hombres, de los cuales difícilmente se puede obtener un argumento decisivo, determinante y superior a todos los demás. Lo finito del hombre siempre producirá fallas. Y de esto no se escapa toda interpretación que también se quisiera hacer sobre la Cena del Señor, por muy buena que parezca.

Las controversias que surgieron dentro del catolicismo no sirvieron sino para reafirmar el dogmatismo del clero y cimentar los elementos supersticiosos que se incrustaron inevitablemente en la liturgia romana. El fruto de las disputas de los siglo IX y XI no fue para lo mejor sino para lo peor, pues contribuyó decisivamente en la aceptación permanente del dogma de la transubstanciación. La última controversia, la del siglo XVI, entre Lutero y Zuinglio, condujo a una terrible contienda y discordia entre hermanos, amargas confrontaciones, odio, ira y venganza. La conducta beligerante y apasionada de los reformadores no mostró ser mejor que la conducta criticada de muchos católicos señalados por sus abusos. Sus posiciones teológicas carecían de piedad. Sus debates no podrían ser paradigmas para el cristianismo.

Lutero conservó la tradición eucarística transmitida por siglos en la liturgia católicorromana. Su teoría quedó a pocos pasos del dogma de la transubstanciación. Zuinglio, a pesar de su loable lucha intelectual por desprenderse del catolicismo, también influyó negativamente sobre el cristianismo protestante. En su reacción al dogma de la misa, se fue al otro extremo. No sólo enfatizó el carácter simbólico de la Cena del Señor, sino que redujo su observancia a sólo cuatro veces al año; y con su enseñanza, el altar de la Eucaristía fue sustituido por el púlpito. ¿Doctrinas de hombres?

CAPÍTULO 7

Los Modos de Observancia de la Cena del Señor

En todas las religiones ha existido discrepancias sobre los modos de observar ciertas ordenanzas. Aunque lo esencial o básico de estas ordenanzas haya permanecido invariable, los modos o prácticas de las mismas han dado lugar a la controversia o divisiones entre los creyentes a través de los siglos. Los creyentes en Cristo no son excepciones, a tal grado que la manera diversa de practicar ciertas enseñanzas ha conducido a que existan sectas de todas clases - y unas que se aferran tan tenazmente a ciertas prácticas, que las hacen irreconciliables con las de otros.

El objeto del presente estudio y capítulos subsiguientes no es presentar soluciones al divisionismo religioso que carcome al cristianismo, sino señalar ciertos modos de observancia, específicamente de la Cena del Señor, dejando abierto el criterio para determinar si estas prácticas son aceptables o no. En este capítulo se enfocarán las prácticas de los que celebran la Cena del Señor esporádicamente, los que la sirven sólo a los que son bautizados de una congregación y los que la celebran sólo de noche, enfatizando que es una "cena".

Los que no celebran la Cena del Señor cada domingo 

Muchas iglesias evangélicas no celebran la Cena del Señor cada domingo. La celebran en ciertas fechas predeterminadas del año. Esta práctica refleja la reacción reformista que surgió en el siglo XVI contra el elaborado ritualismo católico de la Eucaristía.

Ulrico Zuinglio, el reformador suizo de principios del siglo XVI fue el responsable de establecer esta práctica dentro de la tradición evangélica. en su celo y afán de liberarse de la liturgia católica, terminó en el otro extremo, desplazando el acto de la Eucaristía del culto dominical. Zuinglio rechazó el ritual de la misa por considerar la imposibilidad de que ésta fuera un sacrificio incruento (de Cristo). Para él no había un milagro de transformación en los elementos de la Eucaristía. Para él el pan y el vino eran símbolos. Y si eran conmemoración y símbolo, ¿por qué había de celebrarse la Cena del Señor cada domingo? Este era la razonamiento de Zuinglio.

Zuinglio redujo la celebración de la Cena del Señor a sólo cuatro veces al año. Durante todo el resto del año, la Eucaristía era reemplazado por el púlpito. Zuinglio creía que la liturgia católica tenía que ser sustituida por el discurso (fruto de su tendencia liberal, opuesta al luteranismo). Así pues, por influencia de Zuinglio, en muchas iglesias hasta hoy, la mesa del Señor ha sido quitada como acto central del culto, y ha sido sustituida por el púlpito. 

Sin embargo, además del punto de vista de la tradición apostólica, hay varios siglos que atestiguan, a partir del antecedente establecido en Hechos 20.7, que los cristianos se reunían cada domingo para celebrar la Eucaristía, la comunión del sacrificio de Cristo y su resurrección. El hecho que los católicos a partir del siglo IV convirtieran la Eucaristía en un acto litúrgico que gradualmente se fue empapando de paganismo y superstición, no desvirtúa la práctica dominical de la Cena del Señor, porque esto era lo que hacían los cristianos que estaban históricamente más cerca de la tradición establecida por los apóstoles. 

Los que sirven la Cena del Señor sólo a los convertidos 

Existe otra práctica eucarística que ha dividido a los creyentes en dos grupos. Unos creen que la Cena del Señor debe ser impartida solamente a los no bautizados, de una iglesia. Otros creen que no importa si se imparte la comunión a los bautizados, por ejemplo los invitados al culto. Dicen que no les hace ni bien ni malo; además es una "estrategia" para no ofenderles (al no negarles la comunión) y así acercarlos más a la fe cristiana.

Los que se niegan a compartir la Cena del Señor con los no bautizados afirman que si éstos no han tenido la experiencia de la conversión, no han entrado en la familia de Dios, y no están aptos para la participación espiritual de los elementos de la comunión. Creen que participar de la Cena del Señor les hace mal; "juicio" comen, beben para sí, porque no "disciernen" el cuerpo del Señor (1 Cor. 11.29).

Pero entonces el pasaje citado indica que el Nuevo Testamento toma muy en serio la participación en la Cena del Señor. Desde la fundación de la iglesia del Señor en el primer siglo, se dejó establecido que los discípulos se congregaban para celebrar la Eucaristía; y los que se reunían para "partir el pan" eran los que tenían en común la fe del sacrificio redentor de Cristo. Se consideraba que los discípulos andaban en luz, y por lo tanto tenían "comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado" (1 Juan 1.7). 

Los primeros cuatro siglos de la historia del cristianismo muestran invariablemente que la Eucaristía era impartida únicamente a los que eran bautizados en la iglesia. A los creyentes que todavía no eran bautizados se les llamaba "catecúmenos" porque eran instruidos en las cosas de la fe antes de ser sumergidos en agua. El culto se dividía en dos partes. Los catecúmenos participaban de la primera parte de la adoración únicamente (que incluía cantos, oraciones, enseñanzas). Luego eran despedidos, porque para la segunda parte del culto sólo los bautizados podían quedarse, ya que era entonces cuando se celebraba la Eucaristía. 

La razón por la que sólo a los bautizados se les permitía quedarse para la segunda parte del culto era porque la Eucaristía se consideraba un acto solemne, del cual podían participar los que habían sido regenerados en Cristo. Al consagrar los elementos del pan y el vino se anticipaba la presencia sacramental de Cristo. Se consideraba que la Eucaristía era un "misterio dador de vida" para el comulgante, haciéndole partícipe de la naturaleza divina - para vida eterna.

La práctica de separar a los que no comulgaban de los que comulgaban se discontinuó después del siglo V. El catecumeanado desapareció porque se tenía la impresión que toda la población del Imperio ya había sido convertida al cristianismo. Históricamente este hecho ha sido dudoso porque el emperador romano Constantino había decretado que todo ciudadano que quisiera vivir honrosamente tenía que ser "bautizado".

Los que celebran la Cena del Señor sólo en la noche 

Los que celebran la Cena del Señor sólo de noche lo hacen así porque creen seguir el ejemplo de Jesucristo. En efecto, el Señor tomó la Cena al atardecer, el jueves con más probabilidad, según la costumbre de la pascua judía. Realmente el hecho que algunos cristianos celebren la Cena del Señor sólo el domingo por la noche no debe ser motivo de contrariedad mientras no se imponga sobre otros como algo dogmático. Sin embargo hay ciertos problemas técnicos en este modo de observar la Comunión como veremos enseguida. 

En primer lugar hay que tomar en cuenta que Jesucristo instituyó la Cena del Señor de acuerdo a la práctica de la pascua judía. La pascua se celebraba forzosamente "al atardecer" porque esto tenía un simbolismo (Deut. 16.1,6). Este simbolismo era especial solamente para los judíos porque a la puesta del sol fue "la hora" en que salió el pueblo de Israel de la esclavitud egipcia. 

Cristo utilizó la pascua sólo como un modelo de lo que más tarde sería la Cena del Señor, practicada por los cristianos. Los cristianos ya no tenían que celebrar la pascua. Cristo tomó de la pascua la tipología del cordero pascual, porque él mismo se iba a dar en sacrificio por la iglesia. Entonces, el detalle de que Cristo celebró la Cena después de las seis de la tarde ya no tuvo trascendencia para el cristianismo. Pablo mismo pone muy en claro que los cristianos ya no tienen que celebrar la pascua judía, "porque nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros" (1 Cor. 5.7).

En segundo lugar, no fue Cristo quien dejó establecido el día y la hora de la Cena del Señor. Fueron los cristianos, según el libro de Hechos, quienes dispusieron que se celebrara el domingo. Es decir que cada primer día de la semana se congregaban para "partir el pan" y así celebrar el triunfo de Cristo en la cruz. Esta Cena, desde luego era muy distinta de la pascua. Lo único que se heredó del rito judío fue el uso de los elementos del pan y el vino. Pero aun éstos tenían ahora significados diferentes.

En tercer lugar tenemos el texto clásico de Hechos 20.7,11, que nos da el día y la hora de celebrar la Cena del Señor. Sin embargo este pasaje presenta ciertos problemas de carácter exegético. La razón por la que la reunión de la iglesia se hacía de noche era porque en aquellos tiempos muchos esclavos se habían convertido al cristianismo, y sus amos no les permitían reunirse para el culto, excepto al anochecer. Por eso es que Pablo tuvo que quedarse en aquella ocasión hasta muy tarde.

Además Pablo necesitaba quedarse hasta muy tarde en esa ocasión, ya que era la última oportunidad de convivir con los hermanos en Troas. Hechos 20.7 dice que el apóstol había de partir al día siguiente muy de mañana. Este era el último viaje de Pablo y la última ocasión de predicar en esa región, lo cual justifica que él tuviera que aprovechar toda esa noche. Es decir que aquí hubo una razón poderosa para celebrar de noche la Eucaristía, independientemente de la hora acostumbrada. 

Todo esto nos lleva a ver que cuando queremos establecer horas específicas para celebrar ciertas prácticas cristianas, vamos a encontrarnos con serias dificultades. Ni vamos a poder seguir el modelo pascual de Cristo (Mateo 26.18), ni el modelo cristiano de Hechos 20.7, porque ninguno de los dos se ajusta exactamente a nuestro horario y calendario actual. Quizá la hora exacta para celebrar la Cena del Señor no era un punto crucial que afectara a la fe de los primeros cristianos.

CONCLUSIÓN 

Aunque las discrepancias que hay entre los modos de observar la ordenanza de la Cena del Señor pueden conducir a divisiones en la iglesia, los cristianos deben siempre recordar que lo más importante no es sólo cómo se debe observar la comunión. Si se olvida el significado de la ordenanza, se pierde el beneficio espiritual que ésta trae al comulgante. El espíritu se puede perder al darle más importancia al aspecto ritualístico del acto. Pero si el espíritu no se pierde, entonces los cristianos pueden escudriñar las Escrituras para determinar cuál puede ser la mejor forma de celebrar la Cena del Señor.

CAPÍTULO 8

Variantes en la Observancia de la Cena del Señor

En el capítulo anterior se trató de los modos de observancia de la Cena del Señor, y ahora continuamos con algo similar, dando atención a las variantes en la observancia de tal comunión. La mayoría de las variantes no deben constituir en sí motivo de controversias ni divisiones, y aunque unas variantes sean cuestionables, debe haber suficiente criterio entre los ancianos, predicadores, maestros de las iglesias para determinar qué formas de administrar la Cena del Señor son recomendables para su utilización en el culto cristiano.

Los que toman la Cena del Señor por la mañana y por la tarde del domingo

En las iglesias de Cristo que son fundamentalistas hay congregaciones que toman la Cena del Señor por la mañana y luego otra vez por la tarde, cada domingo. La explicación que se da para justificar esta práctica se encuentra en 1 Cor. 11.26, que alude a "todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis..." La expresión "todas las veces" bien puede indicar "varias veces", lo cual no limita a que se tome la Cena del Señor sólo una vez el domingo, o solamente por la mañana.

Si la iglesia se reúne no sólo por la mañana, sino también por la tarde (o noche), entonces hay una nueva oportunidad de tener comunión con los hermanos. Si los hermanos se reúnen para la comunión en la tarde, ¿no es la Cena del Señor el acto fundamental que expresa o pone en evidencia dicha comunión? En la tarde llegan hermanos que no asisten por la mañana. ¿No deberían éstos partir el pan con los que asistieron en la mañana y luego se hicieron presentes por la tarde? Hay hermanos que asisten a ambos, los cultos de la mañana y de la tarde. ¿Por qué tendrían éstos comunión sólo con los que asisten en la mañana y no con los que asisten en la tarde? El pan simboliza la unión que tenemos como miembros de un mismo cuerpo, el cual es la iglesia.

Supóngase que un predicador se reúne por la mañana en una iglesia donde él participa de la Cena del Señor. Luego por la tarde es invitado a predicar en una congregación de las afueras de la ciudad. ¿No debería él partir el pan con sus hermanos de esa congregación cuando ellos celebren la Cena del Señor? En apariencia, el predicador tendría comunión sólo con los hermanos que se reunieron en la mañana, pero no con los que reúnen en la tarde. Es importante notar que todo el día del Señor es para la comunión.

En otra instancia es interesante notar la posibilidad que un hermano que haya ofrendado por la mañana puede estar de visita en otra congregación y quiera ofrendar de nuevo. ¿Es lícito esto? Nadie vería malo que haya tenido comunión en el acto de la ofrenda con sus hermanos por la mañana y luego por la tarde de nuevo decida ofrendar con los hermanos de otra congregación (o aun de su misma congregación). Si es lícito ofrendar más de una vez el domingo, también es lícito comulgar con los hermanos más de una vez en cada oportunidad que se pueda participar de la Cena del Señor.

Los que la ofrecen pero no toman la Cena del Señor

Existen un grupo religioso denominado "Testigos de Jehová" que en sus asambleas comunes ofrecen la Cena del Señor, pero cuando la pasan enfrente a cada uno de los miembros, nadie participa en ella. Este grupo hace esto al parecer basándose en su creencia de dividir a sus miembros en dos grupos, los "144,000" que comulgan con Cristo y que han de reinar con él en los cielos y el grupo de una "multitud que nadie puede contar", y que se quedará en la tierra durante el "milenio". Los "testigos" que han de quedarse en la tierra no tienen el privilegio de participar de la Cena del Señor porque "no son dignos" de esa comunión.

Esta teoría es sin embargo insostenible, porque cuando Jesucristo instituyó la Cena del Señor, no hizo ninguna discriminación entre sus discípulos en cuanto a quiénes podían participar de dicha comunión. Es más, cuando el Señor bendijo la copa, la dio a sus discípulos, y dijo: "Bebed de ella todos" (Mateo 26.27). El fruto de la vid tenía que ser repartido entre todos según Lucas 22.17). También fue a todos a quienes se les mandó que celebraran la Cena en memoria de él (Lucas 22.19). El apóstol Pablo, en 1 Cor. 11.23-26 presentó exactamente las mismas instrucciones en cuanto a la Cena del Señor, y en ninguna parte se ve que Dios divida dos grupos, estableciendo quiénes pueden tomarla y quiénes no.

Es cierto que nadie es digno del cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo. Sin embargo las Escrituras no exigen que uno sea "digno" para poder participar de la Cena del Señor. Antes bien, lo que se debe hacer es "tomar dignamente" la comunión, discerniendo el Cuerpo; porque el que lo hace, no dándole la importancia adecuada, juicio come y bebe para sí. Es decir que la persona no recibe un beneficio espiritual de la Cena del Señor y se hace culpable, sujeto a castigo (1 Cor. 11.27-30).

Otras formas de servir la Cena del Señor

Los que toman la Cena en pie. No es difícil encontrar una congregación donde el que dirige la Cena del Señor pide que los que han de tomar de la Comunión se pongan de pie en señal de reverencia, o para distinguir a los que son miembros de la iglesia y los que no lo son. O sea que se les sirve sólo a los que se han puesto de pie. En cuanto a tomar la Comunión de pie como muestra de reverencia, es necesario enfatizar que esto es sólo una variante, puesto que los hermanos que la toman sentados también lo pueden hacer con reverencia.

Una inconveniencia de solicitar que los hermanos se pongan de pie para tomar la Cena del Señor es que hay personas que no pueden ponerse de pie con facilidad. Por ejemplo cuando se trata de una madre con un bebé en brazos al cual esté amamantando. Le es muy difícil estar de pie, sosteniendo a un bebé, y tomando al mismo tiempo el pan y el vino. Además, cuando se invita a que se pongan de pie para distinguir a los que son miembros de la iglesia de los que no lo son, trae también problemas. Hay personas que todavía no son bautizadas, tales como los visitantes que suelen asistir a los cultos de la iglesia. Más de alguno de estos visitantes se sentirá incómodo o hasta avergonzado al ver que lo dejan sentado y no le dan ni el pan ni el vino. Sin embargo hay un hecho curioso. Cuando se pasa el platillo o canasta de la ofrenda, entonces sí se le da oportunidad de participar. En esto se ven las inconsistencias de las prácticas de nuestras congregaciones.

Aparte de lo anterior surge otra cuestión. Si a los visitantes no se les permite participar de la Cena del Señor, ¿por qué están presentes en el culto? El visitante bien puede confundirse ante esta situación. Lo ideal sería que sólo los bautizados, los miembros de la familia de Dios, participaran de esta comida espiritual o sea la Eucaristía. Para los que no son convertidos debería tenerse una reunión aparte, especial para ellos. (Inclusive los niños deberían ser separados durante la Comunión, pues hay unos que tienden a hacer ruido, lo cual constituyo perturbación para este momento de solemnidad y meditación). Pero si no se puede hacer esto, por lo menos debería darse instrucción a los visitantes previo al culto para que se abstengan de participar de la Cena del Señor, evitando así más confusión.

Los que toman la Cena al mismo tiempo. Se ha observado esta práctica que consiste en pasar el pan y el vino juntos, y los comulgantes toman el pan en una mano y la copita en la otra mano, pero no comen ni beben hasta que les sirvan a todos los demás de la asamblea. Cuando ya todos tienen los elementos en sus manos, el dirigente da la señal y todos juntos comen el pan y luego beben el fruto de la vid. Aunque está práctica es interesante, no procede con exactitud de alguna base bíblica.

Lo que sí es muy inconveniente de esta práctica es que los que sirven los elementos de la comunión tienen que hacer dos viajes, porque después de que todos participan, tienen que ir de regreso recogiendo todas las copitas vacías. Los participantes podrían dejarlas en la parte trasera de las bancas (si hay espacio), pero esto resultaría inconveniente y más bien engorroso. Inclusive habría mucho más complicación si esta forma de tomar la Comunión se tratara de practicar en una congregación grande, de 200 a más miembros.

Los que ven sólo el aspecto simbólico de la Cena. Hay iglesias que enfatizan sólo el simbolismo de la Cena del Señor y no creen en la presencia real de Jesucristo en la Comunión. Esta manera de pensar trata de contrarrestar la creencia de la transubstanciación y la consubstanciación. Pero lo que no hay que olvidar es que ambos son conceptos de los católicorromanos y los luteranos, quienes sostienen que Jesucristo está presente físicamente en la Eucaristía. (Para los católicos precisamente la hostia es la hospedadora de la "carne" y la "sangre" de Jesucristo).

El cristianismo fundamentalista desde luego rechaza la transubstanciación y la consubstanciación, pero no por eso descarta la presencia espiritual de Jesús en la Cena, ya que Cristo mismo dijo que el pan era "su cuerpo" y que el fruto de la vid era "su sangre" (Mateo 26.26-28). Sabemos que no comemos literalmente de su cuerpo ni bebemos literalmente de su sangre, como lo entendieron (incorrectamente) los mismos judíos (Juan 6.52,53). Sin embargo creemos que la Cena del Señor es una comunión real, una experiencia espiritual, en la cual se hace presente la presencia divina.

Sabemos también que la Cena es un memorial además de su aspecto simbólico. La sangre de Cristo fue derramada hace más de 2,000 años. Sin embargo el efecto de esa sangre se obtiene en el bautismo y se reafirma en la Cena del Señor. La Cena del Señor debe ser una esperiencia renovadora. Si no tiene conciencia de este propósito, puede haber enfermedad y muerte espiritual. Esto lo expresa así 1 Cor. 11.29,30.

Los que toman la Cena del Señor como un ritual. Hay congregaciones en las cuales se le da poca importancia a la ministración de la Cena del Señor. No es que no la tomen todos los domingos. Lo que sucede es que la sirven como un ritual, como un acto mecánico, y no como una verdadera celebración espiritual. Más que todo la práctica se vuelve rutinaria y sin mayor trascendencia para los comulgantes.

Para hacer más tedioso el acto, los que pasan al frente a ministrar la Cena del Señor dicen siempre lo mismo y leen exactamente los mismos textos cada domingo, o sea Mateo 26.26-28 y 1 Cor. 11.23-25. Da la impresión que si estos pasajes no son leídos, algo anda mal, o que la ministración del acto ceremonial está incompleta. Desde luego que la Cena del Señor debe ser una costumbre para praticarse continuamente y fielmente. Lo malo es observarla mecánicamente.

La Cena del Señor puede convertirse más bien en un acto dinámico, lleno de fervor, alegría y gozo, celebrando lo que Dios hizo a través de Jesucristo por su pueblo. Nada hay de malo celebrarla cantando alguna alabanza a Dios relacionada con el acto de comunión. Nada hay de malo leer diferentes pasajes bíblicos mesiánicos del Antiguo Testamento, o del Nuevo Testamento, alusivos al evento de la redención. Si los hermanos son un poco más flexibles, encontrarán el acto de la celebración de la Eucaristía realmente significativo, como una verdadera fiesta espiritual.

CONCLUSIÓN

Las variantes encontradas en la observancia de la Cena del Señor son muchas y más de las que hemos tratado en este capítulo. Unas de estas variantes son justificables si van de acuerdo con el sentir de una congregación en particular. Sin embargo la mayoría de las variantes pueden resultar contraproducentes al sentido y propósito verdadero de poner en práctica un acto que realmente llene las necesidades espirituales de una congregación. La palabra de Dios dice: "Examinadlo todo; retened lo bueno" (1 Tes. 5.21).

CAPÍTULO 9 

Errores en la Observancia de la Cena del Señor

Dentro de las variantes de la observancia de la Cena del Señor ya presentadas en dos capítulos anteriores, hay unas prácticas que se pueden considerar inconvenientes y hasta erróneas, mientras que otras pueden ser consideradas opcionales según las necesidades de las congregaciones. A continuación vamos a estudiar ciertas prácticas y creencias que definitivamente son erróneas. En cada caso se presentará una refutación adecuada en favor de una observancia más depurada de la Cena del Señor.

Los que entienden que la Cena del Señor es para el perdón de pecados

Al darse importancia al aspecto renovador de la Cena del Señor, puede haber mal entendidos con respecto al propósito de la Comunión. Es cierto que el acto de la Cena del Señor es un medio de restauración espiritual, pero en sí sus elementos, el pan y el vino, no tienen poder espiritual, para perdonar pecados. Lo único que puede de perdonar pecados es la sangre de Cristo; de otro modo sería como un sacramento (poder que los elementos tendrían en sí para perdonar pecados) según lo enseñan los católicorromanos. Lo mismo se puede decir del bautismo. El agua en sí no quita el pecado del hombre. Sin embargo es por la "sepultura" en agua que el hombre entra en contacto (espiritual) con la sangre de Cristo, y sus pecados son perdonados.

Aquí se ve la importancia de enseñar a la hermandad lo que la Cena del Señor significa y el proceso a seguir para conseguir la renovación espiritual. Para entender mejor lo que debe hacerse en la renovación espiritual, veremos a continuación el proceso tal como es presentado en las Escrituras.

El perdón de pecados. El cristiano tiene la experiencia del perdón de pecados por primera vez en el bautismo. En el bautismo todos los pecados pasados son perdonados, siendo sepultados simbólicamente según Romanos 6.3,4. Al salir de las aguas bautismales, la persona penitente es una nueva criatura en Cristo. Se entiende que los pecados son perdonados para siempre por el sacrificio de Cristo.

La renovación espiritual. Sin embargo, ¿cómo sigue siendo la vida espiritual posterior del creyente? Es indudable el hecho que el cristiano puede ser tentado y puede caer en pecado según 1 Juan 1.8-10. Esto no es licencia para pecar, sino que es una consideración de la posibilidad de pecar a causa de la debilidad del hombre (Romanos 7.21-24).

Ahora bien, si el hombre peca ya siendo cristiano, ¿qué debe hacer? ¿Debe tomar la Cena del Señor para perdón de sus pecados? ¡No! Este no sería el procedimiento correcto. Según las Escrituras, se requiere primeramente el arrepentimiento del pecado y confesión. No puede haber perdón de pecados si no hay arrepentimiento (Hechos 8.18-22). Con el arrepentimiento la persona se vuelve a Dios, pidiendo perdón específicamente por el pecado cometido, y siendo así restaurado espiritualmente.

¿Dónde entra la Cena del Señor en este proceso? Precisamente Pablo es quien dice que la persona cristiana debe tomar de la comunión discerniendo el cuerpo del Señor (1 Cor. 11.29). Y con más exactitud dice, "Por tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan y beba de la copa" (1 Cor. 11.28). Si no se hace de esta manera, en vez de renovación espiritual, le puede venir juicio y condenación (versículos 29 y 30).

A partir de lo anterior se deduce que antes de tomar la Cena del Señor se requiere que la persona se examine a sí misma, y si hubiese pecado, debe arrepentirse y confesar su pecado delante de Dios antes de tomar la Comunión. De esta manera vemos que el perdón de pecados (con la mediación de Jesús) se obtiene por un proceso previo a la participación de la Cena. Su restauración espiritual se completa al tomar de la copa y el pan consagrados. Este proceso tiene cierta semejanza con lo mencionado anteriormente en cuanto al bautismo. Antes de bautizarse, la persona necesita creer en Cristo, arrepentirse de sus pecados, confesar al Señor y entonces ser bautizado.

Una aclaración importante es que hay situaciones en que la persona puede haber cometido un pecado que sea de conocimiento público. Cuando esto ocurre, dicha persona deberá pasar al frente de la congregación y pedir perdón públicamente, antes de que se le permita participar de la Cena del Señor. Esto se hace así porque se entiende que "partir el pan" significa tener armonía, comunión con el Cuerpo, que es la iglesia, lo mismo que la copa, que implica comunión con Dios.

Los que insisten en tomar de una sola copa

Existe cierto grupo entre las iglesias que sostiene que cuando se celebra la Cena del Señor, debe utilizarse una sola copa para el fruto de la vid. Desafortunadamente los que insisten en tomar una sola copa dogmatizan este punto, a tal grado que rechazan a los que no toman de una sola copa; es decir que no tienen comunión con ellos. Al tomar esta actitud, este grupo de una sola copa se constituye en una secta dentro de las iglesias. Se sectariza por un solo punto de observancia, aunque éste no sea esencial para la salvación.

En realidad sería maravilloso que se tuviera una sola copa durante la Comunión y que bebieran de la misma todos los comulgantes; sin embargo, ¿qué se puede hacer en una congregación de unos mil miembros, en la cual se espera que todos tomen de una misma copa? ¿De qué tamaño tendría que ser la copa? ¿Cuánto tiempo se llevaría para que todos pudieran beber de la misma? En este caso se observa lo absurdo que resulta ser dogmático en algo, cuando se llega al aspecto práctico. ¡Nada hay de malo que se bendigan al mismo tiempo mil copitas que tienen uno y el mismo contenido!

Ahora bien, los del grupo en cuestión insisten en que tiene que ser una sola copa porque una sola es la "copa de la nueva alianza" o la "copa del nuevo pacto", y alegan que no se pueden repartir "copitas" como "pactos chiquitos" que Dios haya hecho con su pueblo. Lo interesante del caso es que, cuando en efecto hay significado especial en participar de una sola copa, en realidad, cuando el texto bíblico dice "Esta copa es el nuevo pacto...", de inmediato se observa que no alude al recipiente necesariamente, sino al contenido, que en efecto es el fruto de la vid (Lucas 22.20). El fruto de la vid representa la sangre. Lo que fue derramado según el texto, no fue la copa sino la sangre de Cristo.

De acuerdo a lo anterior, el libro de Hebreos nos enseña las siguientes tres cosas fundamentales: (1) Un testamento se establece, no por medio de una copa sino con sangre (Hebreos 10.18). (2) Para que el testamento pudiera entrar en función, el testador tenía que morir, o sea derramando su sangre, como lo hizo Cristo (Hebreos 9.17). (3) La remisión de pecados se hace, no por una copa, sino por la sangre derramada (Hebreos 9.22). Además, cuando Jesús mandó a sus discípulos que bebieran de ella todos, no se estaba refiriendo literalmente a beberse la copa de metal (como lo era el cáliz en aquel tiempo). Se trata de una figura de la ciencia llamada hermenéutica, que la identifica como metonimia del sujeto, en el cual "el recipiente es tomado por el contenido". También puede ser sinécdoque, en que "una parte (copa) es puesta por el todo", que ha de incluir el fruto de la vid. La copa había de repartirse entre los discípulos (Lucas 22.17), había de ser bebida por todos, entendiéndose que se trataba del líquido, el contenido y no el recipiente que era lo material de la copa.

Los que cambian las sustancias de los elementos de la Cena del Señor

¿Qué se puede hacer en un lugar donde no se puede encontrar ni pan ázimo ni jugo extraído directamente de la uva para utilizarlos como elementos de la Cena del Señor? ¿Es correcto utilizar tortilla de maíz (el pan de los pobres) o algún líquido que tenga color y sabor a uva, aunque el sabor sea artificial? Es cierto que hay congregaciones en que ni por sueños cambiarían las sustancias para el pan, y tampoco utilizarían otros líquidos (como los embotellados) en sustitución del fruto de la vid. Sin embargo han surgido circunstancias en que se ha contemplado utilizar sustancias alternas para los elementos de la Cena del Señor.

¿Por qué no utilizar una tortilla de maíz si este es el "pan" de muchos pueblos? Para responder a una pregunta que parece legítima se debe tomar muy en cuenta que el pan que se utilizaba en tiempos bíblicos, tanto para la pascua judía como para la Cena del Señor, era un pan exclusivamente de trigo y sin levadura. En la pascua judía el pan no leudado tenía un significado especial porque era el pan de aflicción que los israelitas prepararon al salir de prisa de Egipto. En el Nuevo Testamento, la levadura significaba contaminación (Mateo 16.6,11,12). De acuerdo a este principio, Pablo enseña luego que nuestra Pascua es ahora Cristo, sacrificada por nosotros (1 Cor. 5.7), y el pan, que es el Cuerpo de Cristo, la iglesia, debe estar libre de la contaminación o sea de "la levadura de malicia y de maldad" (1 Cor. 5.8). La exclusión de la levadura (que puede en efecto leudar el pan de trigo) significa la purificación que debe haber en el Cuerpo de Cristo. Un poco más adelante el apóstol añade que el pan es la comunión del Cuerpo (la iglesia), y que cuando partimos del pan, testificamos que aunque somos muchos, compartimos de un mismo Cuerpo (1 Cor. 10.17).

Ahora bien, si se utiliza una tortilla de maíz, no puede haber "pan leudado". La levadura no tiene en la tortilla el efecto que tiene en el pan de trigo. Y si la tortilla no es afectada por la levadura, no puede existir el significado que ya se indicó para el evento de la Cena del Señor. Por esto mismo hay congregaciones que utilizan el pan que hasta la fecha preparan los judíos, que se llama mazot y viene en tabletas que parecen galletas, pero en realidad es pan sin levadura, preparado especialmente para la pascua judía. Por otro lado se puede utilizar pan para la comunión preparado en casa sin el uso de levadura. En último caso hay lugares donde venden "tortilla", pero no de maíz, sino de harina de trigo, la cual sí es adecuada para la Cena del Señor en caso de urgencia.

¿Qué se puede decir del fruto de la vid? ¿Se puede utiliza otro líquido que no sea jugo de uva? Al igual que el pan ázimo, el fruto de la vid es un elemento que se usa exclusivamente para la Cena del Señor. Y si Jesús mismo nombró este elemento como "fruto de la vid" y tomo del mismo, no hay razón para cambiarlo. El jugo de uva, particularmente por su color rojizo, tiene una semejanza clara con el color de sangre. De ahí se ve porqué se utiliza como símbolo, pues Cristo dijo "esto es mi sangre". Un ejemplo directo de la utilización del jugo de uva como representación de la sangre se encuentra en Apocalipsis 14.18-20.

¿Se puede entonces usar vino de uva (fermentado) como elemento de la Eucaristía? Es cierto que el vino es también un fruto de la vid, sin embargo hay lugares del mundo donde existen prejuicios contra el uso del alcohol, o sencillamente hay personas que jamás prueban el alcohol. En este caso, pues no hay que insistir en usar vino, aunque sea en porciones muy pequeñas (de las copitas). Siempre hay posibilidad de comprar jugo de uva sin fermentar. En último caso se puede adquirir una botella de vino para consagrar, se hierve un poco para evaporar el alcohol, y queda el fruto de la vid listo para la Cena del Señor. Lo que sí es importante es que no se utilicen líquidos embotellados (como los gaseosos) con sabores artificiales, porque el contenido de la copa de bendición debe ser un producto natural.

CONCLUSIÓN

Los errores en cuanto a una práctica religiosa generalmente son causantes de controversias y hasta disensiones. Lo ideal sería que hubiera un entendimiento menos dogmático y más sano en cuanto a la observación de la Cena del Señor. La comunión debería ser eso mismo, un motivo de compañerismo y no un motivo de animosidad y distanciamiento entre los hermanos. De esta manera, el formato que se estará presentando en el siguiente y último capítulo de este estudio debe ser considerado como una alternativa para la observancia de la comunión, que sea más llena del Espíritu del Nuevo Testamento y no un tema para debates. ¡Que así sea!

 CAPÍTULO 10

El Procedimiento para Celebrar la Cena del Señor

"Porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado: Que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan: y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí. Asimismo tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto todas las veces que la bebiereis, en memoria de mí" (1 Cor. 11.23-25).

La pascua era la fiesta religiosa más importante de los judíos. Jesús celebraba cada año la pascua, y en la última Cena que comió con sus discípulos, tomó dos elementos de dicha fiesta para instituir lo que hoy denominamos "Cena del Señor". Los dos elementos que Jesús tomó de la pascua judía fueron el pan sin levadura y el fruto de la vid. Luego el Señor dijo "Haced esto en memoria de mí" (Lucas 22.19). De esta manera la celebración de la Cena del Señor fue el único mandamiento que Cristo dio para el culto de la iglesia. Los cristianos del primer siglo así lo entendieron, y de ahí que desde el principio los cristianos se reunían para "partir el pan" (Hechos 20.7) o sea celebrar la Eucaristía. El objeto de la reunión dominical era tener la comunión de toda la iglesia, y el acto central del culto cristiano era la celebración de la Cena del Señor

El pan

Cuando Jesucristo instituyó la Cena del Señor, no sólo dio el mandamiento de observarla sino que también indicó el procedimiento para impartirla. El Señor mismo dio el ejemplo de cómo administrarla, siguiendo exactamente cuatro pasos: (1) Tomó el pan, (2) dio gracias, (3) lo partió, (4) les dio (a los discípulos). Cada uno de estos pasos tenía un significado especial, como veremos enseguida:

1. Tomar el pan. El acto de tomar el pan en las manos era una presentación de este elemento delante de Dios, reconociendo que las bendiciones vienen de arriba. (Por esto mismo, cuando Jesucristo tomaba el pan, acostumbraba alzar los ojos al cielo).

2. Dar gracias (o bendecirlo). Era una oración específica por el pan, para darle un significado especial. Dejaba de ser un pan común y pasaba a ser un pan bendecido. Los cristianos de los primeros siglos lo denominaban "alimento espiritual" para el alma. Además, a esta comunión se le llamaba "Eucaristía", por el gesto de Cristo de haber dado gracias por el pan. (En el Nuevo Testamento la palabra Eucaristía quiere decir "gratitud", "dar gracias").

3. Partir el pan. El partir el pan era el punto culminante de la Comunión, y tenía dos significados: (A) Era el cuerpo que fue quebrantado (partido) por nosotros según 1 Cor. 11.24. En el Antiguo Testamento Cristo era tipificado por la Roca que seguía a Israel en el desierto, la piedra que se partió para que nosotros tuviéramos vida (Éxodo 17.6; Deuteronomio 8.15; 1 Cor. 10.4).

El otro significado (B) de partir el pan se deriva de 1 Cor. 10.17. Se refiere en primer lugar a que el pan de la Cena del Señor representa aquí el Cuerpo que es la iglesia. Pero aunque somos muchos miembros, formamos un mismo Cuerpo. En segundo lugar, cuando se parte el pan, según 1 Cor. 10.16b, tenemos comunión unos con los otros; declaramos que somos parte de un mismo Cuerpo, una misma iglesia, porque es un solo pan. (Si el pan ya viene partido, entonces ninguno de estos dos significados ya indicados se puede cumplir en la celebración de la Cena del Señor.).

4. Darlo a los demás. Después de partir el pan, Cristo lo dio a los discípulos. El hecho que todos los comulgantes tomen un trozo de pan tiene también dos significados: (A) Así como en la antigüedad los sacerdotes participaban del sacrificio del altar (1 Cor. 10.18), ahora son los cristianos, que como sacerdotes, participan (en sentido espiritual), del sacrificio del Cordero de Dios efectuado en el altar del Gólgota. Cada quien toma una parte del Cuerpo (pan), como en la pascua judía los comulgantes tomaban y comían una porción del cordero sacrificado para esa ocasión. Es necesario recordar que aun el mismo Jesús dijo que si no comíamos de su carne (en sentido espiritual) no tendríamos vida en nosotros (Juan 6.53).

Y hay otro significado más (B) que corresponde al concepto de compartir. Desde los tiempos antiguos ha sido costumbre de la gente comer juntos en señal de comunión, armonía y reconciliación, al igual que la copa, que es señal del convenio con Dios, según lo testificó Jesucristo mismo (Lucas 22.20).

La copa

El procedimiento para servir la copa de bendición de la Cena del Señor es similar a la administración del pan. Lo que varía es el significado de la copa, que como ya se dijo, representa una nueva relación con Dios, que se efectúa a través de la sangre derramada (Mateo 26.27,28). Cuando Jesús tomó y bendijo la copa, también mandó que bebieran de ella todos, y en Lucas 22.17 dice: "Tomad esto, y repartidlo entre vosotros".

Lo ideal sería que se bendijera una sola copa durante la comunión y se repartiera de ella a todos los comulgantes, como lo instituyó el Señor. Sin embargo estamos conscientes de que en una congregación grande este procedimiento resultaría muy complicado y engorroso. De ahí que por razones prácticas sea necesario utilizar "copitas" para la distribución del fruto de la vid. Pero en una congregación pequeña nada hay de malo que se bendiga una sola copa y que luego beban de ella todos los miembros congregados para la comunión. Esto sin embargo no debe tomarse como dogma, sino que es más bien cuestión de criterio.

¿Por qué una sola copa? En la antigüedad, bajo el viejo pacto de Dios con Israel, eran necesarios los sacrificios de numerosos animales que se presentaban en el altar para la expiación de los pecados. Sin embargo, ya en el nuevo pacto, el libro de Hebreos nos informa que Jesucristo hizo un solo sacrificio por los pecados para siempre (Hebreos 9.13-14; 18-22; 10.11,12). Esto nos lleva a pensar que Jesús, por su sacrificio, derramó una sola sangre (la suya) por nosotros. De ahí que Jesucristo dijera que "esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada" (Mateo 26.28). Una sola copa representa una sola sangre del nuevo pacto (Lucas 22.20). Así que el simbolismo de una sola copa es importante bajo este concepto.

¿Qué se puede decir del repartimiento del pan? Si hablamos de la importancia de bendecir una sola copa y la distribución de la misma a los demás aunque sea en forma simbólica, ¿cuál es el procedimiento para el pan? Pues bien, con el pan hay menos problema. Se pueden tener sobre la mesa varias tortas delgadas de pan según las que se necesiten, o sea según el tamaño de la congregación, y de esas mismas se toma una y se bendice en nombre de todo el pan que está en la mesa. Lo que no se recomienda es que se guarde de ese mismo pan (menos si ya está partido) para otra ocasión en que se celebre la Cena del Señor. La base bíblica de esto está en la celebración de la pascua. Cuando se comía el cordero pascual, si quedaba algún resto, éste se quemaba completamente y no se dejaba nada para después (Éxodo 12.1-10).

Los que dirigen

Hemos considerado el procedimiento en cuanto a la distribución del pan y el vino, y la importancia de cada uno de los pasos para impartir la Comunión. Además tenemos otro magnífico ejemplo en cuanto a la dirección de la Cena del Señor. Cuando el Señor Jesucristo instituyó la Cena, él mismo la dirigió en todos sus pasos, y este procedimiento incluía la oración por el pan y la oración por el vino.

A pesar del ejemplo dado por el mismo Jesucristo, hay iglesias en que este procedimiento no se sigue así. La persona que se pone al frente para "presidir" la Cena del Señor no dirige la oración por el pan ni por el vino, sino que pide a otros que oren por estos elementos. Es decir que el que dirige no bendice el pan y el vino como Jesús lo enseñó. Y se llega al extremo que se pide a uno de los presentes en la asamblea que ore por los elementos. Inclusive pedirle a uno de los que ayudan a servir la Cena es incorrecto, porque ninguno de ellos está dirigiendo el acto al momento. Justino Mártir, al describir la celebración de la Cena del Señor en el segundo siglo de nuestra era, se refiere al que dirige el evento como "presidente", o sea el que preside ("Primera Apología, 66).

La problemática de esta práctica errónea es que se está olvidando que las oraciones por el pan y el vino son las más importantes de todo el culto de adoración, y que no cualquiera puede hacerlas. La persona que se escoge para dirigir la Cena debe estar entre las más espirituales de la iglesia; de ahí que se ha sugerido que sea un anciano o pastor el que la dirija. Cuando no hay ancianos, entonces tiene que ser de todas maneras alguien que esté preparado espiritualmente, y no cualquiera, que quizá a último momento se escoja para que dirigir la Comunión.

Los comulgantes

Ya se ha considerado en capítulos anteriores ciertas situaciones de los que participan de la Cena del Señor. Ya hemos recomendado que no se imparta la comunión a los visitantes, a menos que sean miembros de la iglesia. Sin embargo, son comunes los casos en que aun los hermanos o hermanas no participan de los elementos de la Cena del Señor. Hay unos que están tan tristes o apesadumbrados que dejan pasar frentes a ellos la comunión sin que tomen de ella. No se sienten dignos de participar. ¿Hasta qué punto es aceptable este proceder?

En realidad nadie de los miembros de la congregación debería quedarse sin participar de la Cena del Señor, debido a sus significados y beneficios espirituales para los comulgantes. Pero, ¿qué debe hacer un hermano que no se siente bien espiritualmente para comer el pan y beber el vino bendecido durante la comunión? Anteriormente sugerimos ciertas condiciones que volvemos a recalcar aquí debido a su importancia.

Reconciliación con el cuerpo. Si uno ha tenido un disgusto con un hermano, o en general uno tiene algo contra su hermano (Mateo 5.23,24), primero tiene que reconciliarse con su hermano y después puede presentarse ante la mesa del Señor para participar de la comunión. (A veces puede suceder que la persona ofendida no quiera perdonar al hermano arrepentido, aunque acuda a él pidiendo perdón; pero eso no importa, porque la persona arrepentida ha cumplido su responsabilidad y puede volver a tomar la comunión).

Cuando un hermano se ha retirado por mucho tiempo de las reuniones de la iglesia, y luego intenta volver, lo más correcto es que pase al frente de la asamblea para confesar su falla y reconciliarse con sus hermanos. Entonces sí, con toda propiedad puede participar de la Cena del Señor, que es precisamente un símbolo de reconciliación.

Reconciliación con Dios. Puede ser también que el comulgante haya pecado contra Dios, sin que otros se den cuenta en general. Entonces el comulgante debe arrepentirse y orar a Dios para que le perdone en particular, y así pueda tomar la Cena del Señor. Hay ocasiones en que las ofensas se hacen públicas, y entonces el hermano ofensor tiene que pedir perdón públicamente (delante la asamblea), antes de que pueda tomar la Cena del Señor.

Nadie es en realidad digno del cuerpo y la sangre de Cristo, pero todos pueden tomar la Comunión dignamente. Por eso los comulgantes deben examinarse a sí mismos, para estar seguros que han purificado sus actitudes, y que se pueden presentar delante la mesa del Señor con un corazón abierto al gozo de la comunión con Dios y con los hermanos, con los cuales también unifican sus relaciones.

CONCLUSIÓN

Al llegar al final de este capítulo y también al final de este estudio titulado "Comunión", lo más importante que podemos enfatizar es que la Cena del Señor es la Cena del Señor, y no de los hombres. Jesucristo mismo la instituyó la noche que fue entregado y dejó dicho que la comiéramos en memoria de él. Y no sólo fue el único mandamiento que el Señor dejó como ordenanza para el culto cristiano, sino que también dio el procedimiento para impartir la comunión. Ahora queda en manos de los lectores analizar todo lo tratado en estos estudios, y con mucha oración buscar su aplicación en lo que constituye la verdadera adoración al Señor, que sea en realidad de acuerdo al consejo de Dios. Amén.

 

- Publicado por

Editorial La Voz Eterna

Houston, Texas

 

Índice de Estudios
(Pasajes bíblicos tomados de la Biblia Reina-Valera Revisada ©1960 Sociedades Bíblicas en América Latina. Copyright renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Utilizado con permiso.)

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