EL INSTITUCIONALISMO

Y LA IGLESIA

 

Las instituciones representan un esfuerzo organizado del hombre para proporcionar un servicio o servir un propósito utilitario en nuestra sociedad. Su fin principal puede consistir en el beneficio general o específico de un determinado elemento de la sociedad, o puede ser el de obtener una utilidad mayor y un mayor beneficio para aquellos que forman determinada institución.

La humanidad ha sentido la necesidad de contar con diversas instituciones a través de los siglos, y es igualmente innegable la afirmación de que muchas de estas instituciones han sido benéficas para muchos, tanto como el hecho de que también muchas han resultado perjudiciales para un gran número de personas.

Las instituciones pueden ser de gran valor para la sociedad, e indudablemente pueden hacer mucho bien a la humanidad. Las organizaciones de seguridad social y compañías de seguros han logrado evitar mucho sufrimiento y necesidad física que hubieran podido abatirse sobre los enfermos, los ancianos, las viudas y huérfanos que sobreviven al jefe de la familia. Hay cuerpos, como la Cruz Roja Internacional, que han ayudado a millones de seres necesitados que sufrían los efectos de grandes desastres. Otras instituciones de beneficencia se ocupan de auxiliar a huérfanos y ancianos que no tienen quien pueda o quiera ayudarlos en sus necesidades. Podemos, con justicia, plantear la cuestión de que si estas instituciones están manejadas en la forma correcta en que debieran o no, pero subsiste el hecho innegable que están haciendo algo para ayudar donde es necesario.

Algunos de nuestros hermanos han organizado varias instituciones para servir causas nobles y para ayudar a personas que tienen necesidades definidas, y no pueden atenderlas por sí mismas. Estas instituciones abarcan un amplio campo, y algunas se dedican exclusivamente al cuidado de los huérfanos, de los ancianos, de proporcionar instrucción seglar con énfasis en las creencias cristianas y nuestra responsabilidad para con Dios, Cristo y la iglesia. Estas instituciones necesitan dinero para subsistir y los hermanos que las organizan naturalmente acuden a los de su misma fe y convicciones para que las sostengan. No buscamos apoyo moral ni financiero con personas que no simpaticen con nuestros objetivos, ya que hacerlo sería malgastar energía y dicha búsqueda estaría de todos modos condenada al fracaso.

Una iglesia de obras benéficas

La iglesia apostólica del primer siglo del cristianismo fue una iglesia de obras benéficas. El ministerio del Señor Jesucristo fue un ministerio de beneficencia. Los cristianos se distinguían de sus contemporáneos por el hecho de que ellos se preocupaban por ayudar a los necesitados, atendiendo las necesidades, tanto espirtuales como corporales, de sus semejantes. El mismo ejemplo que el Señor Jesús buscó para tipificar el cuadro del juicio final, tenía que ver con nuestro deseo o nuestra negativa para ayudar a los que estaban necesitados física y espiritualmente, de acuerdo con nuestras capacidades (Mat. 25.31-46). También es conveniente que leamos las palabras del Maestro en relación con aquellos que colocaban el énfasis total sobre sus creencias y enseñanzas doctrinales como su medio para su salvación (Mat. 7.21-27). Un énfasis indebido sobre el aspecto social o doctrinal del trabajo de las congregaciones de cristianos no va de acuerdo con el espíritu bíblico. Ambos aspectos son de vital importancia cuando van unidos, y separados no tienen valor alguno en relación con la salvación de nuestras almas. El énfasis indebido sobre la letra de la ley, matará al espíritu, haciendo que el efecto total resulte sin ningún valor (2 Cor. 3.6 y Heb. 6.1), en tanto que el dejar de predicar la doctrina de Cristo dará como resultado que no tengamos ninguna esperanza de salvación (Efe. 4.14; 1 Tim. 1.3; Mat. 15.9).

"Enseñar y predicar"

El mandamiento del Señor Jesús es "enseñar y predicar". En los días de los apóstoles, esto se realizaba por medio de pláticas en público, instrucción privada, escritura de epístolas, la copia y circulación de las mismas entre varias congregaciones, y por medio del ejemplo de las vidas semejantes a la de Cristo. No se nos dice ahora cómo debemos predicar, pero sí lo que debemos predicar y cómo debemos vivir. Hoy en día, podemos hacer uso de todos los medios de comunicación, a fin de alcanzar este objetivo de enseñar a todos los hombres la historia del amor de Dios y de la salvación. Si deseamos predicar usando una estación de radio o televisión, podremos hacerlo si contamos con el dinero para pagar tal programas. Si pido a mis hermanos su ayuda para este fin, es lo mismo que si les pidiera para pagar el costo de la publicación de un periódico dedicado a la predicación y enseñanza del evangelio. Mis hermanos tienen el derecho de decidir, de acuerdo con su propio criterio, si desean ayudar en este esfuerzo, o si sostienen la predicación por cualquier otro medio. Tienen la obligación de ayudar a la predicación del evangelio debido al mandamiento; pero no se les ordena, por ejemplo, sostenerme específicamente en mi plan de predicar por medio de radio, televisión o la hoja impresa. Son libres, por lo tanto para escoger el modo que a ellos les parezca mejor, para que la historia del evangelio sea contada.

"La religión pura y sin mácula..."

"La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo" (Sant. 1.27; leer también Capítulo 2 de Santiago, completo). Aparte de predicar y seguir los pasos del Maestro, debo hacer todo lo que pueda para ayudar a las viudas y a los huérfanos, y para compartir mis posesiones materiales con aquellos que tienen necesidades que no pueden atender por sí mismos y su propio esfuerzo. Esta es una responsabilidad que comparto con todos mis hermanos en Cristo, y no es solamente una responsabilidad individual, sino colectiva de todos los hermanos juntos. Lo anterior es lógico y de acuerdo con las enseñanzas bíblicas, ya que hay muchas necesidades que pueden ser atendidas en forma colectiva, y que sería imposible que un solo individuo se hiciera cargo de ellas con sus propios y limitados recursos.

En los capítulos 4, 5 y 6 del libro de los Hechos, leemos acerca de la práctica de estas obras de beneficencia de la iglesia: se entregaba dinero a los apóstoles, que ellos a su vez empleaban para sufragar las necesidades corporales de los necesitados. En el capítulo 6, cuando se presentó la cuestión de que se viera si se estaba haciendo una distribución equitativa o no, se seleccionaron siete hombres de acuerdo con la indicación del apóstol, para hacerse cargo de este programa de beneficencia. Tal programas abarcaba no sólo a los cinco mil o más miembros de la iglesia del Señor en Jerusalén, sino que se extendía a numerosas congregaciones de tierras distantes. Fue tal vez uno de los mayores esfuerzos de cooperación acometidos por las iglesias, y todo parece indicar que se recolectó una enorme cantidad de dinero. El gasto de esas cantidades de dinero y su distribución para resolver las necesidades corporales de los que lo requerían, necesitó ser planeado cuidadosamente y tener una buena administración. Podemos suponer que tal cosa pudo hacerse mediante la estructura de la organización de las congregaciones que se reunían en Jerusalén. Hay quienes opinan que la iglesia de Jerusalén era una sola y enorme congregación; pero no hay nada que indique que los varios miles de miembros de ella no se hayan reunido en grupos diferentes, teniendo a distintos apóstoles como encargados de su enseñanza. La unidad era tanta, que se les consideraba como una sola iglesia por este sentimiento de solidaridad entre todos los seguidores de Cristo (tal y como debiera existir actualmente).

¿Reglas obligatorias o el buen criterio cristiano?

La autoridad bíblica y el ejemplo que utilizamos para indicar la conveniencia de una contribución semanaria regular para llevar adelante la obra de la iglesia, es de hecho un mandamiento dado para la forma en que una ofrenda especial debía ser recogida para una necesidad específica de beneficencia colectiva. Pablo dio instrucciones a los corintios para que se recogiera este dinero en una forma planeada sistemáticamente, y que todos apartaran las cantidades que se hubieran propuesto, en el primer día de cada semana (ver 1 Cor. 16.1-4 y 2 Cor. 9.1-15), esperando a los enviados que recogerían estos fondos y que los llevarían a Jerusalén. Si en aquellos tiempos se hubiera dispuesto de las facilidades bancarias y postales que hay en nuestros días es probable que éstas se hubieran utilizado en vez de los enviados. Hay que tener en cuenta que el caso que estudiamos es un ejemplo de cooperación entre congregaciones que confían su dinero a otra congregación, que había designado a siete hombres para que administraran esta ayuda y buena obra de acuerdo con lo que su buen criterio cristiano les diera a entender. No se ejercitó ningún otro control directo sobre estos fondos comunes, excepto el ejercicio por los siete varones que los administraban y la congregación o congregaciones de las que ellos formaban parte.

El problema en nuestro tiempo no estriba en saber qué debemos hacer en los campos del servicio por medio de la beneficencia y la enseñanza, sino cómo poder hacer esta obra tan necesaria de acuerdo con las sólidas bases bíblicas. La verdad es que no existe en modelo absoluto y general en ninguna parte de las Escrituras que indique cómo hemos de llevar a cabo esta labor benéfica de cuidar a las viudas, huérfanos y necesitados que NO PUEDEN hacerse cargo de sus propias necesidades. Cuando empezamos a tratar de establecer reglas obligatorias para ser seguidas para todos los hombres, estamos creando ya nuestras propias doctrinas y credos.

Varios hermanos se han unido para crear instituciones llamadas hogares para los huérfanos, viudas y ancianos. Ellos han hecho esto con la esperanza de que otros varios hermanos tuvieran interés en sostener tales instituciones. Por supuesto, esperaban también recibir un sueldo tomado de dichas contribuciones destinado a su propio sostenimiento, además de lo que se necesitaba para el cuidado de aquellos que estaban en necesidad.

Se ha descrito a estas personas como que estaban creando una necesidad. Tal cosa no es una suposición justa, ya que ellos sólo han tratado de responder a una necesidad existente, esto es, la necesidad de los que merecen atención, y también trataban de animar a otros a ayudarles en ese esfuerzo.

"Así habéis invalidado el mandamiento de Dios por vuestra tradición"

Se ha puesto en duda que las instituciones para el cuidado de los necesitados sea el medio más humanitario y efectivo de llenar nuestras obligaciones en este renglón. Algunos piensan que los cristianos deberían adoptar a los huérfanos y, por inferencia, supongo que también recibir a las viudas necesitadas en sus hogares. Suponiendo que hubiera muchos cristianos dispuestos a hacer esto, nos encontraríamos que también habría muchos de ellos que aun estando dispuestos, carecerían de los medios económicos para poder sostener a viudas y huérfanos en sus propios hogares. Por otra parte, habría muchos que tuvieran voluntad de hacer esto y que hasta contaran con los medios para llevarlo a cabo; pero que estarían incapacitados emocionalmente para educar y cuidar a los niños pequeños, o para ajustar su vida a la de una viuda adulta que entrara repentinamente a formar parte de su familia. Personalmente, he podido observar que la gran mayoría de los que tienen esta idea, no reciben, sin embargo, a viudas y huérfanos necesitados en sus hogares, por lo que se puede inferir con justicia, que ellos se libran de sus obligaciones cristianas en la misma forma en que lo hacían los judíos hipócritas del tiempo de nuestro Señor Jesucristo: "¿Por qué también vosotros quebrantáis el mandamiento de Dios por vuestra tradición? Porque Dios mandó diciendo: 'Honra a tu padre y tu madre'; y: 'El que maldiga al padre o a la madre, muera irremisiblemente'. Pero vosotros decís: 'Cualquiera que diga a su padre o a su madre: Es mi ofrenda a Dios todo aquello con que pudiera ayudarte, ya no han de honrar a su padre o a su madre'. Así habéis invalidado el mandamiento de Dios por vuestra tradición. Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías cuando dijo: 'Este pueblo de labios me honra, pero su corazón está lejos de mí. Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas mandamientos de hombres'" (Mat. 15.3-9). Un buen ejemplo de este tipo de razonamiento lo tengo al frente, en la copia del presupuesto aprobado para 1964 de cierta congregación, la que manifiesta una decidida oposición contra la cooperación de las congregaciones para el cuidado de los necesitados, viudas y huérfanos. Este presupuesto destina más de $26,000 dólares para la predicación, cerca de $4,000 dólares para reparaciones de edificios, aparte de $3,000 dólares más para diversos gastos domésticos y el pago de su boletín, que está dedicado casi exclusivamente a atacar a los que cooperan para el cuidado de viudas, huérfanos y necesitados. Nada en este presupuesto estaba destinado a la obra benevolente. En ese boletín, ellos se proclaman como "Puestos para la Defensa del Evangelio", y el Señor nos hace reflexionar que el árbol por sus frutos se conocerá. En relación con este ejemplo, que no es un caso aislado, desearíamos llamar la atención de nuestros lectores una vez más hacia el cuadro del Señor acerca del juicio final, citado en la primera parte de este artículo.

La responsabilidad individual y colectiva

Hermanos, tenemos una responsabilidad individual y colectiva para atender a las viudas y huérfanos en sus necesidades, de acuerdo con nuestras posibilidades. No seamos hipócritas al tratar de evitar esta responsabilidad, pretendiendo que nuestra propia negligencia está basada en su servicio mayor a Dios, el cual no existe. Ambos, el Antiguo y el Nuevo Testamento, contienen abundantes mandamientos y ejem-plos que demuestran que debemos ser personas compasivas y misericordiosas, y que no hay otra manera de servir a Dios, que es mediante el servicio a nuestros semejantes en sus necesidades tanto espirituales como físicas (Mat. 25.31-46; Juan 15.17; 1 Pedro 2.17; 1 Juan 3.18; 1 Cor. 13.1).

Hay algunos de nuestros hermanos que nos piden citemos un ejemplo en el Nuevo Testamento de un hogar para ancianos, viudas o huérfanos. A estos hermanos, les pedimos a nuestra vez que nos citen ejemplos en el Nuevo Testamento de un edificio de iglesia con salones de clase, servicios sanitarios,depósitos de agua para beber, espacio para estacionar automóviles, himnarios, copas individuales para la comunión, etc. La verdad es que ninguna de estas cosas es mencionada en el Nuevo Testamento. En la misma forma, los hogares para necesitados no son más esenciales para su cuidado que ninguna de las comodidades de que nos hemos rodeado a nosotros mismos y a nuestros predicadores a fin de poder adorar a Dios en un local con todas las conveniencias posibles. Es un hecho conocido históricamente que las congregaciones de cristianos no eran dueñas de edificios como los de nuestras congregaciones actuales, sino que esta práctica se inició hasta la tercera o cuarta centuria del cristianismo. Pagamos y usamos los edificios y el equipo correspondiente por nuestra propia conveniencia y la de los demás. (Hay que hacer la excepción de los casos en que las leyes de algunos países exigen que haya edificios para reconocer legalmente a una congregación y a su obra). El edificio no es para la gloria de Dios, sino para nuestro propio uso y nuestra propia comodidad. No es santo ni sagrado en sí, es únicamente una construcción de madera, piedra o cualquier otro material. Los cristianos primitivos se reunían en hogares particulares, sinagogas, templos, cerca del río y en cualquier lugar que encontraban conveniente o disponible (Hechos 2.2; Rom. 16.5; Mat. 13.54; Hechos 18.4; Juan 16.2). El verdadero templo de Dios es el cuerpo de la iglesia (1 Pedro 2.5; 2 Cor. 5.1; Hch. 7.48; 1 Cor. 3.16 y 2 Cor. 6.16).

No hemos sabido de ningún caso en que ninguna persona ponga objeciones a que la congregación sea propietaria de la casa habitación de su predicador, ni de que se oponga a tener un edificio con todas las comodidades como servicios sanitarios, depósitos de agua potable, clima artificial, etc., alegando que los apóstoles y los cristianos primitivos no tenían tales cosas o sus equivalentes. Razonan que todo esto va implícito como ayuda indirecta, o medios de predicación o enseñanza del evangelio. Este razonamiento se extiende para abarcar en algunos casos hasta pilas bautismales con agua caliente, vestiduras apropiadas y toallas compradas especialmente para los que deseen bautizarse, así como muchas otras cosas materiales que se usan para la comodidad, conveniencia o ayuda en la realización del programa de la congregación. Estas cosas están completamente dentro del dominio del mejor criterio cristiano de los que forman la congregación para su adquisición. Una congregación no puede decidir como artículo de fe que otra congregación pueda tener tal o cual comodidad, como servicios sanitarios, pilas bautismales de agua caliente, una estufa para cocinar o un aparato de clima artificial, ya que todos estos artefactos son para la comodidad de los miembros, y carecen de todo efecto sobre su servicio espiritual a Dios.

"¿Por qué debe ser mi libertad determinada por los escrúpulos de otro hombre?"

Por otra parte, si un grupo de hermanos decide que es indebido que ellos ayuden a otros hermanos a cuidar de las viudas, huérfanos y necesitados por medio de una institución dedicada a tal fin, entonces sí están ellos decididamente equivocados si lo hacen. Si tal hicieran, sería contra su conciencia, ya que "todo lo que no es de fe, es pecado" (Rom. 14.23). El mismo escritor también recuerda a este hermano o grupo de hermanos, que no tienen derecho a tratar de imponer su propia voluntad o modo de pensar, sobre aquellos que sí creen que deben ayudar a tales instituciones para el cuidado de los necesitados, haciéndose la pregunta: "¿Por qué debe ser mi libertad determinada por los escrúpulos de otro hombre?" (1 Cor. 10.29). Este asunto es básicamente la cuestión de los escrúpulos de un hombre, dado a que no se nos han dado instrucciones acerca de la forma en que debemos atender a los necesitados, y sólo se nos ha indicado que tenemos la obligación de hacerlo.

Mi sentimiento personal es que tres congregaciones que conozco en el estado de Tennessee, EE.UU., tienen un plan que es superior de la institución común y corriente que cuida de los necesitados y huérfanos. La congregación Central, la del West End de la ciudad de Nashville y la congregación de Madison, sostienen hogares que son los encargados de cuidar a los necesitados. Aceptan en ellos a los que tienen necesidad de recurrir a esos hogares, y tratan de darles una atmósfera lo más semejante a un hogar, admitiendo un grupo reducido bajo el cuidado y atención de una pareja de cristianos que hacen el papel de padres adoptivos. Es mi sentir personal que las instituciones demasiado grandes no pueden proporcionar el ambiente de amor y seguridad que son tan necesarios para los niños, y también de tanta ayuda para los ancianos indigentes. Si todas las congregaciones, grandes o pequeñas, trataran de dar este cuidado, las instituciones más complicadas y grandes dejarían de tener razón de ser. Cuando los cristianos se preocupen lo suficiente, esto vendrá a ser un hecho.

Las instituciones sostenidas por una congregación, deben ser dóciles a los deseos y direcciones de los que las sostienen. Deben ajustarse a los moldes fijados y a los principios que van de acuerdo con el criterio de aquellos que las sostienen. Este sostenimiento debe ser dado siempre voluntariamente, y nunca como cosa obligatoria. Las congregaciones están obligadas a ayudar a los necesitados que no pueden ayudarse a sí mismos, pero no tienen la obligación de hacerlo por medio de ninguna institución, ni tampoco separados de ninguna institución. De acuerdo con su mejor criterio cristiano, deben hacer esta obra necesaria para la gloria de Dios y para su servicio, y no para el buen nombre de ningún hombre o institución.

La iglesia debe ser suprema y todopoderosa

Cristo murió por la iglesia. No murió por ninguna institución. La iglesia debe ser suprema y todopoderosa. No hay institución - no importa cuán valiosos sean sus objetivos - que debe presumir que puede decirle a la iglesia lo que debe hacer, o cómo hacerlo. La iglesia debe recibir su propia dirección de Cristo y sus enseñanzas, todo basado en las Escrituras. La iglesia debe hacer lo que allí se dice que debe hacer o no hacer - y luego, se debe usar el mejor criterio cristiano de los dirigentes de los asuntos de la congregación, a fin de hallar la manera más propia, correcta y eficiente de realizar los mandamientos de Cristo. No hay orfanatorio, ni hogar para las viudas o ancianos, ni institución de ninguna clase que cuide de los necesitados y que esté formada por hombres cristianos, que puede o a la que debe permitírsele que exija su sostenimiento por la iglesia como artículo de conciencia. Si alguien se atreviera a manifestar tal exigencia, los hombres rectos deben reprender a los responsables de esta actitud. Las instituciones, en algunos casos,han contribuido a la apostasía de la iglesia y se han apoderado del control de la congregación local, convir-tiéndola en una iglesia apóstata. Lo mismo ha sucedido con predicadores y ancianos (sirva de ejemplo de Iglesia católica romana), pero esto no significa que las instituciones son necesariamente malas, en la misma forma en que no puede decirse que los predicadores y ancianos sean peligrosos y malos. Todo puede ser malo y peligroso, cuando se olvida que todos están para servir más que para ser servidos, y se siente el deseo intenso de dominar sobre la herencia de Dios.

Espero que todos los hermanos que se oponen al sostenimiento por cooperación de las instituciones que ayudan a ciertas obras de beneficencia de la iglesia, se dediquen ellos mismos a atender a los necesitados tanto física como espiritualmente, para que todos vean su sinceridad y buenas obras, y que por sus frutos conozcan que están demostrando un modo mejor y superior de hacer la obra del Señor por medio de obras que puedan verse, más bien que estando en contiendas y palabras que causan divisiones. Estoy esperando y orando para que esta manifestación de un modo mejor y superior de servir a Dios se realice en estas personas, y entonces tendré el gusto de alabar sus obras, cuando éstas sean manifiestas y patentes. Deseo recordar y hacer recordar a mis hermanos las palabras de Santiago en capítulo 2, ver. 13-17: "Porque juicio sin misericordia se hará con aquel que no hiciere misericordia; y la misericordia triunfa sobre el juicio. Hermanos míos ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle? Y si un hermano o hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo ¿de qué aprovecha? Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma".

Hay también algunos de nuestros hermanos que dirigen instituciones educacionales y otras instituciones de un valor principalmente secular, aun cuando puedan poner énfasis en los valores morales y las prácticas cristianas. El propósito primordial de la escuela es el adiestramiento de estudiantes para obtener posiciones seculares en el mundo de las profesiones, a fin de que puedan ganarse la vida. Aun cuando se enseñen temas bíblicos, en ninguna forma están cumpliendo con el mandamiento del Señor de predicar y enseñar el evangelio, según fue dado al cuerpo de cristianos conocido como la iglesia. Si estuvieran haciendo esta obra en lugar de la iglesia, ¡entonces existiría una gran apostasía! Los cristianos que usan individualmente las facilidades de tales escuelas y tales simpatizadores de sus objetivos, pueden sostenerlos; decididamente, esta no es la obra de la iglesia, sino de los padres de los estudiantes y los amigos de la escuela. El hacer esto sería hacer una desvergonzada discriminación contra los padres cuyos hijos tienen que asistir a escuelas públicas o cualesquiera otras instituciones educaciones privadas, para aprender las materias académicas que les eran necesarias y que no estaban cubiertas en las escuelas bajo la dirección de nuestros hermanos cristianos. El mandamiento a los padres: "Padres, no provoquéis la ira a vuestros hijos, sino criadlos con disciplina y amonestación del Señor" (Efe. 6.4), es un mandamiento dirigido personalmente a los padres, en igual forma que es un mandamiento personal el que indica al hombre amar y honrar a su esposa. No tengo la menor obligación de atenerme al mandamiento, como individuo de poner a los hijos de otra persona en la disciplina y amonestación del Señor, como tampoco la tengo de amar a la esposa de otro hombre. Estos mandamientos son personales, dirigidos a las personas directamente aludidas en ello, y no tienen nada que ver con la iglesia como un cuerpo.

Por último, hermanos, recordemos que somos comprados por un precio. Pertenecemos a Dios y a Cristo. Si hemos de hacer lo que Cristo hizo, debemos sentirnos llenos de compasión para los perdidos en el pecado y tratar de predicar el evangelio, el poder de Dios para su salvación, tanto en palabra como en acciones. Lloraremos con ellos y nos regocijaremos también con ellos. Nuestros corazones estarán llenos de compasión por todas las criaturas de Dios, por todos aquellos que todavía están bajo el dominio de Satanás, y por los que ya han sido redimidos por la sangre del Cordero de Dios. Haremos bien a todos los hombres de acuerdo con nuestras posibilidades y no gozaremos de abundancia si otros están en necesidad. Buscaremos aquella sabiduría de lo alto, que es:

"primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía. Y el fruto de justicia se siembra en paz para aquellos que hacen la paz" (Santiago 3.17,18).

- Harris L. Goodwin

La Voz Eterna, Abril 1972

 


 

Índice de Estudios
(Pasajes bíblicos tomados de la Biblia Reina-Valera Revisada ©1960 Sociedades Bíblicas en América Latina. Copyright renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Utilizado con permiso.)

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