JESUCRISTO
  

Parte I: El Hijo de Dios

La más inspirada confesión sobre quién es Jesucristo salió de uno de sus discípulos: "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente" (Mateo 16.16). Para sus incrédulos enemigos, Jesús era simplemente "el hijo del carpintero", quien maravillaba con sus milagros y sabiduría (Mateo 13.54,55). No obstante, para el Padre celestial y sus discípulos, Jesús era "el Cristo, el Hijo del Dios vivente". Fue Pedro, quien hizo dicha confesión; pero fue el Padre celestial quien se la inspiró. Leamos: "Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos" (Mateo 16.17). A partir de ahí, esa misma confesión quedaría requisito para la salvación en Jesucristo. Así fue en la conversión del funcionario etíope: "... dijo el eunuco: Aquí hay agua; ¿qué impide que yo sea bautizado? Felipe dijo: Si crees de todo corazón, bien puedes. Y respondiendo, dijo: Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios" (Hechos 8.36-38).

El desarrollo de la personalidad del Hijo de Dios. Por cuanto Jesús fue desarrollándose, física y psicológicamente, resulta racional aceptar que la conciencia que Jesús tenía de ser el Hijo de Dios iba avanzando paralelamente con el desarrollo natural de su personalidad. Del Evangelio de Lucas podemos deducir que a la edad de doce años, Jesús ya sabía que él era el Hijo de Dios. Cuando su madre (María) le hace ver a Jesús su angustia y la de su padre legal (José), por andar buscándolo durante tres días, Jesús le responde haciendo alusión a Dios, su verdadero Padre. Por eso María y José no entendieron la respuesta. Veamos: "He aquí tu padre y yo te hemos buscado con angustia. Entonces él les dijo: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar? Mas ellos no entendieron las palabras que les habló" (Lucas 2.48-50). Luego, el mismo Lucas, nos hace ver que esta conciencia que Jesús poseía de ser el Hijo de Dios, progresaba con su edad: "Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres" (Lucas 2.52).

La conciencia que Jesús tenía de ser el Hijo de Dios fue corroborada por su Padre celestial, justamente cuando daba inicio a su obra como el Mesías prometido. Leamos: "Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él. Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia" (Mateo 3.16,17). Resulta relevante la respuesta que diera Jesús, ante el concilio judío, al sumo sacerdote. Jesús no dio importancia a ciertas preguntas que se le hicieron ahí; pero cuando el sumo sacerdote le preguntó que si él era el Cristo, el Hijo de Dios, contestó al instante, aunque sabía que su respuesta lo llevaría al suplicio: "Tú lo has dicho" (Mateo 26.63,64).

Después de resucitar, y antes de irse al cielo, Jesucristo se apareció más de una vez a sus discípulos; y habló con ellos haciendo hincapié en que él era el Cristo, el Hijo de Dios; aquel que tenía que cumplir - como ya él lo había hecho - con lo escrito en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos (Lucas 24.44). Con la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles en Jerusalén, diez días después que Jesucristo se fue al cielo, se da una prueba más de que Jesucristo es el Hijo de Dios. Pues ese acontecimiento vino a confirmar que Jesucristo realmente había subido al cielo, a su Padre celestial. Pues antes de ascender al cielo dijo a sus discípulos que el Espíritu Santo sería el Consolador que el Padre les enviaría en su nombre (Juan 14.16,26;15.26;16.7).

El Evangelio de Juan fue escrito con el objetivo primordial de probar, con evidencias suficientes, que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios. Una de sus Escrituras dice: "Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro. Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre" (Juan 20.30.31). Esto explica también por qué Juan comienza su evangelio declarando que Jesucristo, "el Verbo" que se hizo carne "era Dios" (Juan 1.1-14). También afirma que Jesús descendió del cielo. De esa manera Jesucristo vino a ser "Dios con nosotros" (Isaías 7.14; Mateo 1.22,23). Y además se refiere a Isaías 6.1,5,9,10 para asegurar que Jesucristo se presenta como Jehová en esa visión del profeta (Juan 12.38-41). Juan, pues, hace hincapié en la preexistencia de Jesucristo para probar que él es el Hijo de Dios. Por esa razón, incluye con frecuencia los enfrentamientos entre Jesucristo y las distintas autoridades judías, en los cuales se discutía si Jesucristo era o no era divino. Por ejemplo, nos dice que una de estas discusiones concluyó cuando Jesucristo declaró: "Antes que Abraham fuese, yo soy" (Juan 8.58). A lo que los judíos respondieron con violencia implacable, pues "tomaron entonces piedras para arrojárselas" (Juan 8.59).

Parte II: El Hijo del Hombre

Este es el título que el Nuevo Testamento atribuye a Jesucristo para acentuar la naturaleza y las cualidades humanas de las cuales él participó plenamente. Así podemos saber que Jesucristo estaba sujeto a la misma fragilidad del hombre común. Esto explica por qué encontramos en la Biblia que Jesús fue tentado, aun más, fue tentado en todo. Eso sí, tentado en todo pero sin pecado. Así leemos en la epístola a los Hebreos: "fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado" (Hebreos 4.15). Esta contemplación que la Biblia hace de la naturaleza humana de Jesucristo es un punto de apoyo para comprender la redención en Jesucristo. Observe las siguientes Escrituras: "Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo... Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo. Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados" (Hebreos 2.14-18).

Estas Escrituras nos alientan porque a través de ellas nos damos cuenta que Dios, como Creador, nos conoce y comprende a cabalidad no sólo como el todopoderoso Dios Creador, sino como el Dios hombre que vino al mundo en la perfecta persona de Jesucristo. Pablo, al referirse a la encarnación del Hijo de Dios, dice que "Dios fue manifestado en carne" (1 Timoteo 3.16); y tal declaración concuerda con la de Juan: "En el principio era el Verbo (Jesucristo), y el Verbo (Jesucristo) era con Dios, y el Verbo (Jesucristo) era Dios" (Juan 1.1; los paréntesis son nuestros). También Pablo, en otra Escritura, hablando sobre la manifestación de Dios en carne, añade: "Cristo Jesús..., siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz" (Filipenses 2.6-8). En una palabra, este pasaje dice claramente que Jesucristo era igual a Dios, pero que se despojó de esa igualdad con el fin de vivir, sufrir y morir por el bien de la humanidad. Si para alguien resultare difícil comprender cómo Jesucristo podía ser Dios y hombre a la vez, le rogamos volver a la Escritura de Pablo: "Grande es el misterio de la piedad" (1 Timoteo 3.16). Otra Escritura que enaltece la naturaleza divina de Jesucristo nos dice que él es el resplandor de la gloria de Dios y "la imagen misma de su sustancia" (Hebreos 1.3). Esto significa, entre otras cosas, que Jesucristo poseía a plenitud el carácter perfecto de Dios. Y tal cosa no podía ser a menos que él hubiera sido, como realmente fue, Dios.

La presentación que la Biblia hace de Jesucristo como "Hijo de Dios" y, a la vez, como "Hijo del Hombre" explica la razón por la cual ciertas Escrituras se refieren a él como inferior al Padre, mientras que otras declaran que él es igual a Dios su Padre. Eso depende del lado (humano o divino) de Jesucristo que quiera mostrarnos la Biblia. Si la Biblia se refiere a la humanidad de Jesucristo, él no sólo resulta inferior a Dios, sino a los ángeles también. Veamos algunas de estas Escrituras: " Pero vemos a aquel que fue hecho un poco menor que los ángeles, a Jesús, coronado de gloria y de honra, a causa del padecimiento de la muerte, para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos" (Hebreos 2.9). De acuerdo con esta Escritura, Jesucristo fue hecho un poco menor que los ángeles por cuanto descendió a nivel de hombre con el fin de sufrir y morir; pues sin su pasión y muerte no hubiera podido salvar al hombre. Su condición de "Hijo del Hombre" le permitió morir para salvar (Efesios 1.7; 1 Pedro 1.18,19). Dios, en su condición divina, no podía morir; pero sí, en su condición de hombre. Y como así fue, pudo derrotar a Satanás que tenía el imperio de la muerte: "Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre" (Hebreos 2.14,15).

También Jesucristo hizo ver su condición humana, cuando declaró: "El Padre mayor es que yo" (Juan 14.28). Así él acentúa la desigualdad entre el estado de su Padre en gloria - la cual él había gozado a su lado desde la eternidad - y la humillación de la que él, ahora como hombre, era objeto. Pero también son muchas las Escrituras que, por hacer hincapié en la naturaleza divina de Jesucristo, dejan ver claramente que él es Dios. Por ejemplo, en el Evangelio de Juan, Jesucristo les dijo a los judíos: "Yo y el Padre uno somos" (Juan 10.30). No hace falta explicar mucho para concluir que Jesucristo, con esta frase, quería significar que él era Dios. Esto se infiere de los versos siguientes; pues tan pronto como él hiciera esa declaración, los judíos tomaron piedras para apedrearle (v. 31) y le dijeron: "Por buena obra no te apedreamos, sino por la blasfemia; porque tú, siendo hombre, te haces Dios" (Juan 10.33). Más adelante, él dijo al discípulo que le pidió mostrarle a su Padre: "El que me ha visto a mí, ha visto al Padre" (vea Juan 14.7-11).

Se ha dilucidado por este estudio que Jesucristo es verdadero Dios, y verdadero hombre. Como Dios, la Biblia nos lo presenta como "el Hijo de Dios"; y como hombre, "el Hijo del Hombre". Esto significa que Dios, sin dejar de ser Dios, se hizo hombre. Lo cual también denota que Dios tomó una nueva naturaleza, la humana, y la unió a la suya, la divina, en un solo ser: Jesucristo. De ahí que Juan haya escrito "En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios... Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros" (Juan 1.1,14).

Parte III: Jesucristo el Rey

Los profetas del Antiguo Testamento anunciaron que el Mesías tendría un reino grande y para siempre. El vocablo "Mesías" significa "ungido" y se le aplicaba al rey de Israel (1 Samuel 26.9; Salmo 20.6). Pero la Biblia emplea el mismo título para referirse a su Rey prometido (1 Samuel 2.10). En el Nuevo Testamento, la palabra "Cristo" equivale a "Mesías" o "Ungido". Cualquiera puede descubrir en la Biblia, sin ninguna dificultad, que Jesús es el Cristo, el Rey anunciado a lo largo del Antiguo Testamento. Andrés le dijo a Pedro, su hermano: "Hemos hallado al Mesías (que traducido es, el Cristo)" (Juan 1.41). Y en el diálogo que Jesús sostuvo con la mujer samaritana leemos lo siguiente: "Le dijo la mujer: Sé que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo; cuando él venga nos declarará todas las cosas. Jesús le dijo: Yo soy, el que habla contigo" (Juan 4.25,26).

Por Daniel 2.44 sabemos que el reino del Mesías (Jesucristo) se iniciaría antes de la caída del Imperio Romano. Y en Mateo 16.18,19 Jesucristo promete edificar su reino o iglesia. Poncio Pilato, el gobernador que el Imperio Romano había puesto en toda Judea, le preguntó a Jesucristo: "¿Eres tú el Rey de los judíos?... ¿Luego, eres tú rey? Respondió Jesús: Tú dices que yo soy rey. Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo..." (Juan 18.33-37). Los judíos, en su mayoría, que esperaban la venida del Mesías, rechazaron a Jesucristo como su Rey, porque no tomaron en cuenta que el reino anunciado sería un reino espiritual, totalmente diferente a los reinos de este mundo. Por eso, Jesucristo le dijo a Pilato: "Mi reino no es de este mundo..." (Juan 18.36). Pero a pesar del error judío, de manera exhaustiva denunciado en la Biblia, la ambición de un reino material, a semejanza de los reinos mundanos, domina la esperanza de muchos religiosos contemporáneos. Quienes así creen, predican que Jesucristo ha de venir al mundo para aplastar a los reinos mundanos, mediante una guerra cruel y espantosa, y establecer así en la tierra un reino físico o material de 1000 años de duración. Este número pertenece al Apocalipsis, en el cual hay que evitar la lectura literal por cuanto es un libro de símbolos. Quien estudia más la Biblia y menos las teorías humanas, siempre estará protegido por la verdad.

Jesucristo anuncio que su reino estaba cerca y que vendría con poder: "Jesús vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios, diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio" (Marcos 1.14,15). "De cierto os digo que hay algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte hasta que hayan visto el reino de Dios venido con poder" (Marcos 9.1). Hay que tomar en cuenta que este "poder" sería espiritual y no militar, porque en otra Escritura, anunciando lo mismo a los apóstoles dijo: "recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra" (Hechos 1.8).

Diez días después de haberse ido al cielo, Jesucristo cumplió su promesa al hacer que el Espíritu Santo descendiera sobre los apóstoles (Hechos 2.1-4). Esto ocurrió en Jerusalén, en el año 33 D.C. A partir de ahí, los apóstoles, por virtud o poder del Espíritu Santo, empezaron a predicar a Jesús como Rey o Cristo; y abrieron las puertas del reino para que ese mismo día entraran unas tres mil personas. Leamos: "Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo. Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos? Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo... Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas" (Hechos 2.36-41). Desde ese día, los cristianos llevarían el evangelio a todo el mundo, predicando la salvación y demostrando por las Escrituras que Jesús es el Cristo, esto es, el Rey que Israel esperaba.

Los cuatro evangelios narran la entrada triunfal del Rey (Jesucristo) a Jerusalén. Mateo dice: "Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el profeta, cuando dijo: Decid a la hija de Sión: He aquí, tu Rey viene a ti, manso, y sentado sobre una asna, Sobre un pollino, hijo de animal de carga" (Mateo 21.4,5). Marcos observa: "Y los que iban delante y los que venían detrás daban voces, diciendo: ¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Bendito el reino de nuestro padre David que viene! ¡Hosanna en las alturas!" (Marcos 11.9,10). Lucas refiere que la multitud daba voces, diciendo: "¡Bendito el rey que viene en el nombre del Señor!..." (Lucas 19.38). También Juan escribe: "Grandes multitudes que habían venido a la fiesta, al oír que Jesús venía a Jerusalén, tomaron ramas de palmera y salieron a recibirle, y clamaban: ¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor, el Rey de Israel! Y halló Jesús un asnillo, y montó sobre él, como está escrito: No temas, hija de Sión; he aquí tu Rey viene, Montado sobre un pollino de asna" (Juan 12.12-15).

La predicación incesante de los primeros cristianos hacia los judíos tenía como fin demostrar, por la Escrituras, que Jesús era el Cristo, el Rey y la salvación del mundo. De Felipe se dice que descendió a Samaria y "predicaba a Cristo... y del reino de Dios" (Hechos 8.5,12). Y Saulo demostraba en Damasco "que Jesús era el Cristo" (Hechos 9.22). También Apolos "con gran vehemencia refutaba públicamente a los judíos, demostrando por las Escrituras que Jesús era el Cristo" (Hechos 18.28). Pablo y Silas fueron acusados de contravenir "los decretos de César, diciendo que hay otro rey, Jesús" (Hechos 17.3,7).

Todo cristiano forma parte del reino o iglesia del Señor. Así lo hizo saber el apóstol Pablo en su epístola a los Colosenses, escrita por ahí del año 62 D.C. Pues, hablando del Padre celestial, escribe: "...nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo" (Colosenses 1.13). Y casi al final de la misma epístola habla de quienes trabajan con él "en el reino de Dios" (Colosenses 4.11). Todo cristiano sabe que Jesucristo, como Soberano sobre su reino espiritual o iglesia, reina por medio de su palabra o ley escrita: el evangelio, que es uno solo para todas las naciones.

Algunos no entienden el reino de Jesucristo porque toman de manera literal ciertas Escrituras del Antiguo Testamento, que tratan del reinado del Mesías. Por ejemplo, Isaías dice: "Y juzgará entre las naciones, y reprenderá a muchos pueblos; y volverán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces; no alzará espada nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra" (Isaías 2.4). Y así fue. Jesucristo estableció que su reino o iglesia conquistaría las naciones por el amor y la paz, y no por la guerra como siempre han hecho los reinos de este mundo. Por la paz, porque Jesucristo es el "Príncipe de paz" (Isaías 9.6); y sus súbditos, "mensajeros de paz" (Romanos 10.15). El mismo Israel conquistó pueblos mediante la acción militar. Pero "las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas" (2 Corintios 10.4). El único escudo del cristiano es su fe; su espada, la palabra del Señor (Efesios 5.16,17). Así quedó demostrado cuando los soldados arrestaron a Jesucristo. El no permitió que los suyos lo defendieran a punta de espada. Al contrario, curó la oreja de Malco, criado del sumo sacerdote, porque Pedro lo hirió con la espada (Juan 18.l0,11). Otra Escritura que confunden quienes afirman que el reino de Jesucristo será material y futuro, se encuentra en Isaías 65.25. Esta Escritura anuncia que "el lobo y el cordero serán apacentados juntos". Es claro que Isaías no está hablando de la domesticación de los animales, sino de la mansedumbre de los hijos del reino; pues en el reino o iglesia del Señor, los hombres, habiendo sido enemigos entre sí, llegan a ser uno en Cristo (Gálatas 3.27,28).

Por la lectura de las profecías del Antiguo Testamento tenemos que concluir que el reino o iglesia del Señor se manifestaría "en los postreros días" (Isaías 2.2,3; Daniel 2.28). Y así aconteció. El día que el reino de Jesucristo se inició en Jerusalén, con la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles (año 33 D.C.), ya habían empezado a correr esos "postreros días" anunciados - esto es, el período comprendido entre el nacimiento de Cristo y su segundo advenimiento para el fin del mundo. Pedro confirmó esto con las siguientes palabras: "Mas esto es lo dicho por el profeta Joel: Y en los postreros días, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne..." (Hechos 2.16,17). En la epístola a los Hebreos leemos que "en estos postreros días" (Hebreos 1.2) Dios nos ha hablado por su Hijo. Esto concuerda con Isaías 2.2, adonde la profecía anunciaba que la palabra del Señor saldría de Jerusalén. Y esto es fácil comprenderlo al estudiar el Nuevo Testamento, el cual contiene la perfecta voluntad de Jesucristo (su ley) con la cual él reina y gobierna sobre su iglesia. Quien acepta a Jesucristo como Rey, se somete incondicionalmente a todo lo que él nos manda en su palabra, que desde hace unos dos mil años empezó a difundirse desde Jerusalén.

- Efraín Valverde A.

La Voz Eterna, Marzo, Abril y Mayo 1988
Índice de Estudios
(Pasajes bíblicos tomados de la Biblia Reina-Valera Revisada ©1960 Sociedades Bíblicas en América Latina. Copyright renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Utilizado con permiso.)

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