JOB: Misterio de Prueba y Justicia
  

La experiencia universal demuestra que en todos los pueblos se encuentra a justos en la senda del dolor. ¿Cómo conciliar este hecho con la bondad y justicia de Dios? Job es el tipo del justo abatido por la desgracia. Se trata aquí de un cuestión palpitante, un problema que se plantea y que no soluciona la sabiduría tradicional. Job, abrumado, por la prueba exclama: "¿Por qué se da luz al trabajado, y vida a los de ánimo amargado, que esperan la muerte, y ella no llega, aunque la buscan más que tesoros, que se alegran sobremanera y se gozan cuando hallan el sepulcro? ¿Por qué se da vida al hombre que no sabe por donde ha de ir, y a quien Dios ha encerrado?" (Job 3.20-23). Este grito de dolor es el de un hombre dominado por su sufrimiento, no es de una paciencia que domina sus infortunios.

Muchas veces se nos presenta a Job como el hombre que esperaba pacientemente el desenlace de que nos habla el epílogo del libro, y la vuelta de la felicidad merecida por su justicia (Job 42.12), citando a Santiago, que habla de la constancia de Job (Santiago 5.11). Job no es un modo alguno el tipo de paciencia silenciosa. Santiago dice simplemente que él fue constante, es decir que él se confió en esta espera, que es la esperanza en la misericordia del Señor.

Job no es un rebelde; frente a la desgracia, continuó bendiciendo a Dios, de quien nos vienen todos los dones, y que es el dueño de ellos. "Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito" (Job 1.21). "¿Qué? ¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos?" (Job 2.10). Job conservó intacta su fe, pero abrumado por la prueba, dialoga con Dios; y ¡qué diálogo!

El caso de Job no lo considero un caso teórico. Su suerte es para el mismo Job una interrogación que le quema el corazón; el dirige a Dios esta interrogación, pero vemos que Dios lo deja lamentarse largo tiempo, sin responderle. Y precisamente porque espera en Dios, él clama; pues, si clama, lo hace en su presencia.

Al estudiar el libro de Job yo lo he dividido en dos partes. La primera termina con el capítulo 28. En esta primera parte, después de un prólogo en prosa, capítulos 1 y 2, aparecen en escena tres amigos de Job (3.28). Estos tres sabios, venidos para consolarle, sólo consiguen irritarle, pues, al escuchar los gemidos de Job, se transforman en acusadores. Suavemente, primero y luego sin miramientos, le recuerdan la enseñanza tradicional. "Tú sufres, luego has pecado, reconócelo. Con esta condición Dios que te ha golpeado te curará". "He aquí, bienaventurado es el hombre a quien Dios castiga; por tanto, no menosprecies la corrección del Todopoderoso. Porque él es quien hace la llaga, y él la vendará; El hiere, y sus manos curan" (Job. 5.17-18). Así habla Elifaz. Por otro lado, Bildad se expresa: "¿Cómo, pues se justificará el hombre para con Dios? ¿Y cómo será limpio el que nace de mujer? He aquí que ni aun la misma luna será resplandeciente, ni las estrellas son limpias delante de sus ojos; ¿Cuánto menos el hombre, que es un gusano, y el hijo del hombre, también gusano?" (25.4-6).

Job respondió a ellos que eran duros consoladores (Job 16.2). Leyendo Job 13.4-12 vemos que en las palabras de Job todo se traduce a lo siguiente: "Por lo que toca a vuestra sabiduría, ésta pretende justificar a Dios, pero ella nada vale, y Dios no necesita tan malos abogados. No son mis pecados el motivo de mis sufrimientos, y ustedes harían mejor, si tuvieran compasión y no reprensión".

Ahora bien, en el diálogo que ocupa los capítulos 4 al 27, asistimos en realidad a los debates de un sabio que discute consigo mismo. Este largo diálogo es el eco de lucha interior: la vieja sabiduría de Job es incapaz de satisfacer a Job el afligido, porque ella acusa d Dios de injusticia, mientras que Job es consciente, a la vez, de su inocencia y de su confianza en la justicia de Dios. Job el justo, condenado por Job el sabio, apela de su sentencia ante Dios mismo, y espera justificarse ante ese mismo Dios que le hiere. "He aquí, aunque él me matare, en él esperaré; no obstante, defenderé delante de él mis caminos, y él mismo será mi salvación, porque no entrará en su presencia el impío" (13.15-16). "Mas he aquí que en los cielos está mi testigo, y mi testimonio en las alturas" (16.19).

Todo los protagonistas en la escena del libro de Job son edomitas, pero estos pretendidos extranjeros no son sino los portavoces del Sabio. El libro de Job no es en manera alguna disertación filosófica; no trata de demostrar una tesis mediante argumentos lógicos metódicamente clasificados. Evoca una experiencia y comunica las convicciones nacidas de esa experiencia. Para lograrlo, se repite con fuerza y con calor aquello de lo que se está convencido: la prueba prepara para recibir los dones de Dios; pero ella no es necesariamente consecuencia del pecado. La belleza y la abundancia de la Palabra llegarán al corazón y lo abrirán a esta verdad.

Si estudiamos cuidadosamente el libro de Job veremos que el verdadero diálogo no es entre Job y sus amigos; es entre Job y Dios. Y es Dios quien lo inicia, proponiendo a Job una cuestión primordial por la prueba aparentemente injusta e inútilmente cruel que le impone. El drama de Job es un "misterio" que se trama en el cielo, y a donde nos introduce el prólogo del libro, capítulos 1 y 2. La expresión de Satanás resume esta situación: "¿Acaso teme Job a Dios de balde?" (1.9).

Es Dios quien en realidad somete a Job a la prueba. Satanás nada puede sin el permiso de Dios. El Padre divino conoce a su servidor; sabe que la perfección y la rectitud de su corazón tiene como principio el temor de Dios, y como efecto, la huida de todo mal. En otras palabras, a través del sufrimiento que golpea al justo, Dios le interroga: "¿Me sirve gratuitamente, me amas de verdad?" Pero en todo caso, ¿a qué vendría tal pregunta? ¿Duda de su servidor? ¡No! Pero Dios quiere educarle; quiere librarle del peligro que amenaza siempre al justo: Creerse acreedor de Dios nuestro Creador. Quiere ponerle al abrigo del ridículo que amaga siempre al sabio: pretender penetrar plenamente en los caminos de Dios, en el gobierno de su creación. Quiere, finalmente, purificar su corazón de todo deseo que no sea éste: servir a Dios porque EL es DIOS.

Por nueve veces se proponen argumentos tradicionales a Job, sin convencerlo (3.27). Y llega la hora de poner fin al torneo de elocuencia que ha enfrentado a Job, el sabio, con Job el justo. El capítulo 28 da la primera conclusión al debate, y es dada por Job, el justo: Los caminos de Dios son insondables. La primera estrofa de este himno a la sabiduría (Job 28.1-12), describe el trabajo atrevido del minero que anda en busca de hierro, de cobre y de oro. Y concluye con este refrán: "Mas, ¿dónde se hallará la sabiduría? ¿Dónde está el lugar de la inteligencia?" (28.12). Notamos que el versículo 20 repite el mismo refrán. Esto es decir, en parábolas, al sabio tradicional: "cava, cava siempre; jamás descubrirás el secreto que buscas, tu sabiduría es demasiado limitada". Nadie conoce el camino de la sabiduría, nadie posee ese tesoro inapreciable, sino sólo Dios, que ha dado al hombre por regla esta máxima de sabiduría: "He aquí que el temor del Señor es la sabiduría, y el apartarse del mal, la inteligencia" (28.28).

Job no renunció a afirmar su inocencia; su desgracia no probaba culpabilidad alguna. El aceptó esta desgracia, pero deseó conservar su honra. Por esto, dejando de lado a los hombres, se volvió a Dios y abogó para obtener de él un veredicto que lo justificara (capítulos 29 al 31). Recordó, primero, el bienestar y la gloria de que disfrutaba (capítulo 29). Luego expuso su sufrimiento y su humillación presentes (capítulo 30). ¿Era este castigo de sus pecados? La última parte de su alegato es un examen de conciencia, destinado a demostrar que no era así (Job 31). En este examen vemos que no se hace mención del culto a Jehová. Se trata de una justicia hecha de la pureza de corazón, de bondad y respeto para con los hombres, y en especial para con los débiles. Finalmente, es desprendimiento de las riquezas y rechazo de toda idolatría. Aun más, vemos que Job lleva la grandeza de su alma hasta rehusar complacerse por el mal de su enemigo.

Cuando se espera que Dios aparezca en escena, es Eliú quien lo hace, bullente de indignación y cólera (Job 32). Eliú es un joven alumno de los sabios, que habla como ellos y piensa como ellos. ¿Qué viene, pues, a hacer, sino a retardar la respuesta de Dios? ¿Su intervención es superflua? No, pues prepara convenientemente la intervención de Dios, y esto de dos maneras.

Primero, su largo discurso (capítulos 32 al 37) constituye un último esfuerzo de la sabiduría antigua, para justiciar a Dios. Eliú pretende hacerlo mejor que los viejos sabios, pero cae en su misma rutina. Ellos proclamaban una regla contraria a la experiencia; Eliú, para justificar a Dios, recurre a las excepciones que confirman la regla. Admite que no siempre castiga Dios a los impíos; pero, dice él, es porque se han convertido en secreto (Job 34.31-33). En lo que respeta a los pobres oprimidos, si Dios les deja gemir, es porque ellos no se han vuelto a Dios para implorarle (35.9-11). A este novel abogado, pienso que Job podría haberse limitado a responderle sólo con una sonrisa.

Realmente, no hay peor ciego que el que cierra sus ojos para no ver la realidad. El alegato de Eliú demuestra que para ser sabio no basta repetir lo que han dicho los ancianos, sea o no con variantes; es necesario ser dócil a la experiencia, y tomar conciencia lealmente de los problemas que ella plantea, en lugar de eludirlos. Eliú nos presenta un ejemplo que no debemos seguir; confundir la rutina con la tradición. Jesús fue claro y explícito en ello, pues los religiosos de su tiempo lo hacían.

Jehová no da respuesta a la pregunta angustiosa de Job. No responde, sino que interroga: "¿Es sabiduría contender con el Omnipotente?" "¿Invalidarás tú también mi juicio? ¿Me condenarás a mi, para justificarte tú?" "¿Tienes tú un brazo como el de Dios? ¿Y truenas con voz como la suya?" Dios es el Creador, de majestad y de poder insondables. Ante Job evoca su obra, recorre el cielo, luego regresa a la tierra. Hace desfilar ante Job los animales más diversos; y al término aparecen dos monstruos, el Behemot y el Leviatán (capítulo 40). Y él pregunta a Job: "¿puedes dominarlos siquiera?" (capítulo 41.1-7).

Nada más; y es suficiente. Job ha comprendido. Y responde a Dios en su confesión y justificación del capítulo 42. "Yo conozco que todo lo puedes, y que no hay pensamiento que se esconda de ti. ¿Quién es el que oscurece el consejo sin entendimiento? Por tanto, yo hablaba lo que no entendía; cosas demasiado maravillosas para mí, que yo no comprendía. Oye, te ruego, y te hablaré; te preguntaré y tú me enseñarás. De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven. Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza" (42.2-6). Pues bien, Job ha dado la respuesta a Dios que él esperaba. La prueba ha dado su fruto: Job es plenamente humilde. Su justicia es pura, no pretende ya ni el bienestar ni el honor. En otras palabras, ha llegado a la justicia que provoca el abandono total en manos del Creador. Sí, la respuesta a la pregunta del diablo ha sido respondida; Job sirve a Dios gratuitamente; por ello, Dios colma gratuitamente a su servidor. E incluso, la prueba de Job ha sido un misterio de prueba para el corazón humano al igual que para el Amo del mal.

- Atilio S. Pinto

La Voz Eterna, Marzo 1988
Índice de Estudios
(Pasajes bíblicos tomados de la Biblia Reina-Valera Revisada ©1960 Sociedades Bíblicas en América Latina. Copyright renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Utilizado con permiso.)

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