El gnosticismo y el

apóstol Juan

 

A finales del siglo I de nuestra era, para el tiempo en que el apóstol Juan escribía sus tres epístolas, comenzó a infiltrarse en algunas iglesias de Cristo unas doctrinas extrañas que era el resultado de la mezcla de filosofías helenísticas con tradiciones religiosas orientales, y que en conjunto se llamó gnosticismo. Cuando ganó cierta influencia fue conocido más que todo como un método o más exactamente como una experiencia de carácter extático (de éxtasis). Era la presunción deuterocristiana de uno que había experimentado el gnosis o el conocimiento secreto de Dios. El objeto de este breve estudio es de considerar las características de ese gnosticismo que confrontó el apóstol Juan.

Los gnósticos a que se hace alusión en la carta de Juan eran con gran probabilidad de aquellos que vivían en inmoralidad. Eran los que asumían haber conocido a Dios o haber recibido el don neumático. Sin embargo el apóstol Juan dice que los tales son mentirosos, pues, "El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso" (1 Juan 2.4). De esta manera, Juan acusaba de engañador a aquel que diciendo que conocía a Dios y viviendo en inmoralidad, no guardaba los mandamientos de Dios. La historia prueba, en efecto, que algunos de estos teólogos entre los gnósticos de los primeros siglos se daban a cierta licencia en cuanto a la vida moral.

Los gnósticos pretendían vivir más allá del bien y el mal - en la cúspide del neutro imperturbable - arrobado en una experiencia extática. Esta altanería es nuevamente reprendida por el apóstol Juan. "Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros" (1.8). Juan, con esto, no hace, por lo tanto, distinción entre los seres humanos: en este caso entre los creyentes. Todos poseemos la naturaleza pecaminosa, con posibilidad de pecar. Y no hay nada en el mundo que nos pueda justificar en cuanto a obras de la carne. Quien peca, no importa quien sea, sin excepción, necesita la purificación por la sangre de Cristo Jesús que nos limpia de todo pecado (1.7).

Los gnósticos se consideraban iluminados o que andaban en la luz, y por lo tanto eran superiores a otros, inclusive a los otros creyentes que no disfrutaban del gnosis selecto. Los otros creyentes no alcanzaban la iluminación porque eran más carnales, menos capaces para lo que se había de discernir espiritualmente. Ante tal pretensión el apóstol Juan vuelve la frente para condenar tal actitud, "El que dice que está en la luz, y aborrece a su hermano, está todavía en tinieblas" (2.9). El rechazo que aquellos profesaban para quienes no eran "iluminados" denotaba su condición: andaban en la oscuridad. Porque la prueba apostólica de la comunión con Dios era el amor manifestado del uno para el otro entre los creyentes.

El apóstol Juan, a la altura del capítulo cuatro de esta primera carta, da el golpe final a las pretensiones de los gnósticos con la prueba crucial del conocimiento (o gnosis) de Dios. "El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor" (4.8). De manera que el conjunto mezclado de experiencias "místicas", "extáticas", "neumáticas", o de cualquier otro índole secreta, choca contra esta prueba fundamental que Juan da para conocer a Dios.

Los creyentes en Cristo que conscientemente buscaban la comunión con Dios no necesitaban pasar por una "preparación" o "iniciación" para llegar a sentir un contacto directo con Dios.

Esto era excluir a muchos cristianos que no contaban con esta "capacidad". Juan es concluyente al respecto: El que tiene amor ha conocido a Dios.

Los gnósticos que se apartaron más directamente de la doctrina apostólica, en aquel tiempo, aparentemente salieron de las iglesias cristianas ortodoxas y formaron otras comunidades aparte para practicar la novedad de las experiencias místicas. "Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubiesen sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros" (2.19).

Sin embargo a los que se quedaron, Juan los amonesta a que guarden el sencillo mensaje que recibieron desde el principio (2.24); y que no se afanen por conocimientos profundos o secretos. "Pero la unción que vosotros recibisteis de él permanece en vosotros, y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe; así como la unción misma os enseña todas las cosas, y es verdadera, y no es mentira, según ella os ha enseñado, permaneced en él" (2.27).

- Arnoldo Mejía A.

(Páginas 72-73 del libro "El Elías Equívoco", un estudio

de los Branhamitas publicado por La Voz Eterna, 1973)

"Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros" (Juan 13.34,35)
 

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(Pasajes bíblicos tomados de la Biblia Reina-Valera Revisada ©1960 Sociedades Bíblicas en América Latina. Copyright renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Utilizado con permiso.)

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