LIBRE AL FIN

 

La victoria de la inmortalidad

Hace dos mil años un anciano dictaba una carta mientras estaba en la cárcel. Por treinta años había llevado una vida de mucho trabajo y sufrimiento. En varias ocasiones había estado en la cárcel. Muchas veces había sido azotado. Sabía lo que era el hambre y la sed. También sabía lo que era estar enfermo. Había recibido más de lo que podía soportar en dolor y desprecio por parte de la gente a quien quería ayudar. Todas estas cosas le habían robado su energía física y moral. No sólo estaba ya anciano sino que estaba cansado también. ¿Pero estaba frustrado y deprimido? Hay que escuchar lo que él mismo dice:

"He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día: y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida" (2 Timoteo 4.6-8).

Varios siglos antes de este incidente, hubo un rey en Jerusalén que se llamó Ezequías. El profeta Isaías fue enviado delante su presencia con estas palabras: "Jehová dice así: Ordena tu casa, porque morirás y no vivirás" (2 Reyes 20.1). Cuando el rey escuchó estas palabras volvió su rostro a la pared y lloró.

La diferencia está en Jesús

Dos hombres estaban enfrentando la muerte; uno con alegría y el otro con amargura. ¿Qué había de diferencia entre uno y el otro? ¡La resurrección de Cristo! Así es, la diferencia entre uno y otro es la aparición del Hijo de Dios en forma humana, su muerte y resurrección. El hombre que estaba en prisión era por supuesto el apóstol Pablo. El había andado por todo el Imperio Romano predicando acerca de Jesucristo y la resurrección. Ahora que su turno había llegado para confrontar al postrer enemigo del hombre, lo hizo con una canción en sus labios. Para él la muerte no era el fin, sino el comienzo; no era pérdida sino ganancia. Era el tiempo "para marcharse".

Cuando llegue nuestra hora ¿podremos decir "libre al fin"? ¿Podrá ser nuestra última exclamación "Sorbida es la muerte en victoria" (1 Corintios 15.54).

¿Libres de qué?

¿Cuáles son unas de las cosas de las cuales seremos liberados? La primera, y tal vez la más importante, es ser liberados de un mundo maldecido por el pecado. Isaías dijo: "La tierra se contaminó bajo sus moradores; porque traspasaron las leyes, falsearon el derecho, quebrantaron el pacto sempiterno" (Isaías 24.5).

Pedro dijo: "Pero nosotros esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia" (2 Pedro 3.13). Una de las cosas que hace que mi corazón lata con rapidez es contemplar un lugar en el cual morarán solamente los justos. Un lugar donde los hombres no se levantarán en sublevaciones. Donde no habrá maldiciones y enojos. ¡Qué alivio para el alma!

El apóstol Pablo dijo que mientras estamos en el cuerpo gemimos. Esta es realmente una expresión suave, considerando el terrible dolor que millones de almas sufren. No solamente somos abofeteados por el dolor físico sino también por la agonía del espíritu. Nuestras pasiones a veces nos golpean como fuertes ventarrones. Cuando las tormentas agotan nuestros cuerpos nos sentimos impulsados a lamentarnos como el apóstol: "¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?" (Romanos 7.24). Cuan agradecidos nos sentimos cuando podemos responder a esa pregunta con las mismas palabras de Pablo: "Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro" (Romanos 7.25).

Cuantos millones hay que tienen que trabajar con el sudor de la frente solamente para mantener el cuerpo con vida. Qué alivio hay en leer las palabras que se hallan en Apocalipsis: "Y a uno y otro lado del río, estaba el árbol de la vida, que produce doce frutos... Y no habrá más maldición" (Apocalipsis 22.2,3). El hombre, como en el principio, cultivará y guardará el jardín, pero la maldición que tornó el gozo del trabajo para ser una carga, será quitada para siempre.

Mientras esto se escribe, hay mucha gente en el mundo que está muriendo. ¿Cuántos millones de seres inocentes han muerto a consecuencia de las guerras? ¿No hay acaso una canción en el alma cuando se leen las palabras de Isaías: "No harán mal ni dañarán en todo mi santo monte, porque la tierra será llena del conocimiento de Jehová, como las aguas cubren el mar"? (Isaías 11.9). ¿O estas otras: "ni se adiestrarán más para la guerra"? (Isaías 2.4).

Estas promesas son suyas

Mientras lee esto, ¿se halla usted enfermo? La verdadera salud para el enfermo es el cielo de Dios. ¿Es usted un ciego a quien han tenido que leerle este artículo? En el cielo sus ojos serán abiertos para contemplar la hermosura del Señor y las escenas gloriosas de la nueva tierra. ¿Es usted uno de los que están trabajados y cargados en este mundo? Hay un descanso reservado para el pueblo de Dios. ¿Está usted débil físicamente? En el cielo hallará fortaleza - una fuerza mucho más grande que la de Sansón. ¿Se encuentra usted solo porque la muerte lo ha separado de sus seres queridos? El cielo ofrece encontrarlos nuevamente.

Así como María condujo a las mujeres de Israel en un canto de victoria después de que habían sido liberados de Egipto, nosotros también entonaremos un canto de victoria cuando las palabras de Juan se cumplan: "He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron" (Apocalipsis 21.3,4).

- Gordon Teel

La Voz Eterna, Agosto 1975

"Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse. Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios. Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza; porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora; y no sólo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo. Porque en esperanza fuimos salvos; pero la esperanza que se ve, no es esperanza; porque lo que alguno ve, ¿a qué esperarlo? Pero si esperamos lo que no vemos, con paciencia lo aguardamos" (Romanos 8.18-25).
 
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(Pasajes bíblicos tomados de la Biblia Reina-Valera Revisada ©1960 Sociedades Bíblicas en América Latina. Copyright renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Utilizado con permiso.)

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