NIÑOS DE CRISTO

 

"Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios" (Lucas 18.16).
"Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud" (Eccl. 12.1).

 

ESTUDIOS BÍBLICOS PARA LOS NIÑOS

MANUAL PARA LOS MAESTROS

 
Estudios del Antiguo Testamento preparados por Helena Brandon

Estudios del Nuevo Testamento preparados por Arnoldo Mejía Á.

 
Abraham despide a Ismael
Isaac, el hijo prometido
Un criado busca a una esposa para Isaac
Rebeca va con el criado
Jacob huye de Labán

Jacob encuentra a Esaú

Jacob vuelve a casa

Cómo vendieron a José
José en la casa de Potifar
Unos sueños
Un premio para José

José encuentra a sus hermanos

La historia de Jesús según Lucas

Lección 1 - El ángel anuncia el nacimiento de Jesús
Lección 2 - El ángel anuncia el nacimiento de Jesús (Parte 2)
Lección 3 - Nacimiento de Jesús

Lección 4 - El niño Jesús en el templo

  Lección 5 - Jesús comienza su ministerio

 

 

ABRAHAM DESPIDE A ISMAEL (Gén. 21)

Versículo de Memoria: "Y también del hijo de la sierva haré una nación, porque es tu descendiente" (Gén. 21.13).

¿Recuerdan que los ángeles habían prometidos a Sara y Abraham que tendrían un hijo? En el siguiente año cumplió su promesa y nació un niñito. Dios había dicho a Abraham que ellos le llamaran Isaac y por eso le pusieron ese nombre.

¡Qué feliz era Sara porque al fin tenía su propio hijo! ¡Qué feliz era también Abraham porque finalmente el hijo prometido había venido! Abraham tenía 100 años y Sara tenía 90 años cuando nació Isaac. Dios lo puede hacer todo, y les dio un niño por su poder cuando ellos eran muy ancianos.

Cuando Isaac todavía era muy pequeño, Abraham hizo gran banquete o fiesta para él. Invitó a mucha gente. El pequeño Isaac era feliz, todos le mimaban y con mucha alegría hablaron del hijo que Dios había enviado a Abraham y Sara.

Había una persona que no era feliz en la fiesta. Esa persona fue Ismael, el otro hijo de Abraham. Él estaba celoso de Isaac, después lo empezó a molestar y se burlaba de él.

Cuando vio Sara que Ismael se burlaba de Isaac, se enojó mucho, pues no podía permitir que el hijo de Agar, una sierva, hiciera burla de su hijo. En ese momento fue donde estaba Abraham y le dijo que corriera a Agar y su hijo Ismael.

Se sintió Abraham muy triste porque Ismael era su hijo también, y sin duda le quería mucho. "Entonces dijo Dios a Abraham: No te parezca grave a causa del muchacho y de tu sierva; en todo lo que te dijere Sara, oye su voz, porque en Isaac te será llamada descendencia. Y también del hijo de la sierva haré una nación, porque es tu descendiente" (v.12-13).

Muy temprano por la mañana, Abraham se levantó y dio a Agar pan y un odre de agua. El odre estaba hecho de la piel de un animal y se usa como botella. Era muy importante porque en ese país tan seco a veces es muy difícil hallar agua. Podían morir en el desierto sin agua. Luego, todo el agua se acabó y ellos tenían mucha sed, pero nada de agua había, ni río, ni un arroyo siquiera.

Ismael se debilitó y no podía caminar más. Cuando su mamá, Agar, vio que él sufría mucho, lo puso cerca de unos arbustos y empezó a llorar. Lloró y lloró. Ella creía que él iba a morir y no podía ayudarle.

Y Dios, oyendo la voz del muchacho, mandó un ángel que habló con Agar: "¿Qué tienes, Agar? No temas; porque Dios ha oído la voz del muchacho en donde está. Levántate, alza al muchacho, y sostenlo con tu mano, porque yo haré de él una gran nación" (v.17,18).

Abriendo los ojos, ella vio una fuente de agua, fue y llenó su odre. Sí, Dios guardó a Agar y a Ismael, y cuando ellos hicieron una casa en el desierto, continuó guardándolos. En el desierto Ismael llegó a ser un cazador, tirador de arco, y después de crecer se casó con una mujer de Egipto y Dios les dio doce hijos. De esos hijos vino una nación muy grande que todavía vive en en mundo. Y eso es lo que dijo Dios que iba a pasar.

No entendemos por qué Abraham mandó a su hijo al desierto, sería porque en esa ocasión fue débil de carácter. La Biblia nos dice todo. Si uno es fuerte de carácter, la Biblia nos dice, y también nos dice cuando uno es débil. Sabemos que la Biblia es verdad, porque nos dice lo malo y lo bueno.

 


 

ISAAC, EL HIJO PROMETIDO (Gén. 22)

Versículo de Memoria: "Dios se proveerá de cordero para el holocausto, hijo mío" (Gén. 22.8).

Ismael se había ido y nunca volvió. Se quedó en el desierto donde Dios lo cuidaba. Isaac era el único hijo ahora, y siempre obedecía a sus padres. Ellos lo querían mucho.

Su padre le enseñó muchas cosas acerca de Dios. Isaac puso atención a las enseñanzas y aprendió, siendo aún joven, amar a Dios y obedecerlo. Dios sabía que Abraham quería mucho a su hijo Isaac, y lo sometió a una prueba dura.

"Le dijo: Abraham. Y él respondió: Heme aquí" (v.1).

Entonces Dios le dijo: "Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré" (v.2).

Dios sabía que sería muy difícil que Abraham hacerlo, pero quería ver si Abraham en verdad lo amaba más que a su hijo y más que a todo el mundo.

¿Pueden Uds. imaginar que Dios pidiera esto de un padre quien había esperado un hijo por tanto tiempo? Pero, recuerden, esta era la gran prueba. Con mucha aflicción, Abraham empezó a obedecer a Dios. Temprano en la mañana ensilló al burro y cortó la leña para el holocausto, y con dos siervos e Isaac fue al lugar.

Al tercer día alzó Abraham sus ojos y vio el lugar de lejos. Bajó del burro e hizo de la leña un bulto y lo puso sobre Isaac. Tomó Abraham en su mano el fuego y el cuchillo, y los dos fueron juntos, dejando a los siervos. El corazón de Abraham estaba muy triste, sin embargo tenía confianza en Dios.

No había dicho a Isaac lo que iba a hacer, y después Isaac le dijo: "He aquí el fuego y la leña; mas ¿dónde está el cordero para el holocausto? Y respondió Abraham: Dios se proveerá de cordero para el holocausto, hijo mío. E iban juntos" (v.7,8).

Cuando llegaron al lugar que Dios le había dicho, Abraham edificó ahí un altar, acomodó la leña, ató a su hijo, y lo puso en el altar sobre la leña.

Probablemente le dijo a Isaac lo que iba a hacer, y también le dijo tener fe en que Dios le levantaría de la muerte. Isaac era grande y bastante fuerte para usar la fuerza física contra su padre, pero él también sabía que debía obedecer a Dios y tener confianza en Él.

Al fin, Abraham extendió su mano y tomó el cuchillo para matar a su hijo. En ese momento una voz vino del cielo y dijo: "Abraham, Abraham. Y él respondió: Heme aquí" (v.11). Abraham sabía que el ángel de Dios le estaba hablando. La voz continuó: "No extiendas tu mano sobre el muchacho, ni le hagas nada; porque ya conozco que temes a Dios, por cuanto no me rehusaste tu hijo, tu único" (v.12).

¡Qué feliz estaba Abraham ahora! Le devolvían a su hijo, casi de la muerte. También estaba feliz porque había hecho lo que Dios le había ordenado, y sentía que Dios lo amaba. Siempre estamos felices cuando obedecemos a Dios. Isaac, sin duda, sentía también mucha alegría.

Abraham desató a Isaac y alzó sus ojos y miró que muy cerca había un carnero trabado en un zarzal con sus cuernos. Abraham fue y tomó el carnero, lo puso en el altar y lo ofreció en holocuasto en lugar de su hijo.

Dios prometió cinco veces a Abraham que de él vendría una gran nación, que sus descendientes serían tantos como las arenas de la orilla del mar y como las estrellas del cielo. Esto es verdad, porque los judíos son descendientes de Abraham y hay millones de ellos hoy. Uno de los descendientes de Abraham fue Cristo, y todo el mundo fue bendito por Él. Nació muchos años después de que vivieran Abraham e Isaac, pero fue su descendiente.


 

UN CRIADO BUSCA A UNA ESPOSA PARA ISAAC

(Gén. 24.1-28)

Versículo de Memoria: "Busqué a Jehová y él me oyó" (Salmos 34.4).

Cuando Sara, la esposa de Abraham y mamá de Isaac, tenía 127 años, murió dejando a Abraham muy triste. Él fue a las personas que vivían en la tierra de Canaán, donde habitaba en ese tiempo, y pidió un lugar donde pudiera sepultar a su esposa.

Estos le dijeron: "Eres un príncipe de Dios entre nosotros; en lo mejor de nuestros sepulcros sepulta a tu muerta" (Gén. 23.6). Abraham habló con ellos, diciendo, "Quisiera tener la cueva de Macpela. Por favor, díganle a Efrón, porque la cueva es de él". Entonces respondió Efrón: "Te doy la tierra en donde está la cueva y también la cueva. Puedes sepultar a tu esposa".

Abraham se inclinó delante de la gente de la tierra y continuó: "Quiero comprártela". Efrón le contestó: "La tierra vale 400 siclos de plata". Abraham pesó la plata y se la dio a Efrón. Ahí en la cueva tuvo descanso Sara.

Abraham era un hombre muy viejo y su hijo Isaac tenía 40 años y no se había casado. Llamó Abraham a su criado que era muy fiel y que había trabajado para él muchos años. Dio a su criado unas instrucciones para que fuera a su tierra a buscar esposa para su hijo. Él no quería que Isaac se casara con alguna mujer de la tierra donde vivían.

El criado empezó su viaje muy largo y fue por un país de mucha arena y de mucho calor. También fueron otros sirvientes con diez camellos. Finalmente, después de unos días viajando, llegaron a la ciudad donde vivía el hermano de Abraham, Nacor.

Afuera de la ciudad estaba un pozo de agua, y era costumbre que las señoritas de la ciudad venían al pozo por agua durante las tardes. Traían cántaros sobre sus hombros y los bajaban para sacar el agua.

El criado de Abraham era un hombre bueno y creía en Dios. Había llegado sin peligro a la ciudad donde le había mandado Abraham, y pensó: "¿Cómo puedo saber cuál es la señorita que busco?" y oró a Dios: "Oh Jehová, Dios de mi señor Abraham, estoy junto al agua, y las señoritas de la ciudad saldrán por agua. Sea, pues, que la señorita a quien yo diga 'Baja tu cántaro para que yo beba', y ella responda 'Bebe, y también daré de beber a tus camellos', sea esta la que tú has destinado para tu siervo Isaac".

Muchas veces Dios contesta las oraciones muy pronto, y antes de que el criado de Abraham acabara de orar vino al pozo una señorita muy bonita que se llamaba Rebeca. El criado pensó: "¿Será la señorita que estoy buscando?"

El criado corrió hacia ella y le dijo: "Te ruego que me des a beber un poco de agua de tu cántaro." Y ella le respondió: "Bebe, mi señor", y se dio prisa a bajar su cántaro sobre su mano, y le dio a beber. Ella le dijo: "También para tus camellos sacaré agua, hasta que acaben de beber".

Entonces, cuando él había tomado bastante agua, ella vació un cántaro en la pila y llenó la pila muchas veces hasta que los camellos pudieran beber.

¡Ella había dicho las mismas palabras que el criado dijo en su oración! ¡Qué sorprendido estaba él! Él sabía en ese momento que Dios había contestado sus oraciones y que Rebeca era la señorita a quien estaba buscando.

Ella le dijo que era la nieta de Nacor, el hermano de Abraham, y lo invitó a visitarlos. El criado dio gracias a Dios por guiarlo a Rebeca y a su familia.


 

 

REBECA VA CON EL CRIADO (Gén. 24.29-67)

Versículo de memoria: "Jehová está conmigo; no temeré" (Salmos 118.6). 
Cuando el criado de Abraham enontró a Rebeca cerca del pozo de agua, se sintió muy feliz. Él le dio un pendiente y dos pulseras de oro, y le preguntó: "¿Cuál es tu nombre? ¿Quién es tu papá?" Ella le contestó: "Soy nieta de Nacor". Nacor era el hermano de Abraham. Cuando el criado escuchó lo que ella decía, fue tan feliz que se inclinó en tierra y dijo: "Bendito sea Jehová, el Dios de mi Señor, que me ha guiado a la casa de la familia de mi Señor".

Rebeca tenía un hermano, Labán. Cuando éste llegó a la casa, Rebeca le dijo todo lo que el criado le había dicho, y Labán fue al pozo inmediatamente. Sin demora le dijo al criado: "Ven, bendito de Jehová, ¿por qué estás aquí? La casa está lista para ti, y hay lugar también para los camellos".

El criado entró en la casa. Labán desató los camellos, les dio comida y un lugar para dormir. Luego llevó agua para lavar los pies del criado y de los hombres que habían llegado con él. Todos estaban felices de ver al criado de Abraham. Sabían que él estaría cansado y con hambre luego de un largo viaje, entonces cocinaron y le dieron de comer. Pero el criado dijo: "Antes de comer les diré a qué vine".

Querían escucharlo. En esos días no había carteros para traer cartas, y ellos querían oír de Abraham y de sus actividades ahora que no estaba en su tierra.

Les contó una vez más la historia de su encuentro con Rebeca cerca del pozo. Mientras que hablaba el criado, todos se juntaron cerca de él para escuchar atentamente lo que decía.

Se sorprendieron de ver como Dios hizo todas las cosas conforme a la oración del criado. Ellos también adoraban a Dios y creían en Él.

Al fin el criado pidió: "Quiero que Uds. me digan si Rebeca puede ir conmigo".

La familia de Nacor sentía que en verdad las cosas sucedieron por medio de Dios, y le dijeron: "No vamos a impedirlo porque sabemos que es la voluntad de Dios. Aquí está Rebeca, tómala y vete, que ella sea la esposa de Isaac como ha hablado Dios".

Entonces el criado abrió unas bolsas que estaban en la espalda de los camellos y sacó unas joyas de oro, unas de plata y ropa de seda muy preciosa. A Rebeca le dio todo esto. También a su mamá y a su hermano les dio regalos finos.

Por la mañana, el criado tenía que regresar a su patrón pero la familia de Rebeca quería que ella se quedara con ellos al menos unos diez días. El criado les dijo: "No me impidan que vaya con mi amo", ellos se pusieron de acuerdo y llamaron a Rebeca para preguntarle: "¿Estás dispuesta a ir con este hombre hoy?" Rebeca dijo que sí, y la despidieron afectuosamente.

Rebeca no fue sola a su nuevo hogar, también fueron su nana y unas compañeras para que ella no tuviera nostalgia en el país extraño al que iba. Todos montaron en los camellos que los sirvientes de Abraham habían traído y partieron.

Abraham había enseñado a su hijo adorar a Dios. Una tarde Isaac dio un paseo por los campos para pensar en Dios. Vio a lo lejos una nube de polvo y descubrió que eran los camellos de su padre Abraham. Rebeca también vio a Isaac caminar en los campos y dijo al criado: "¿Quién viene a encontrarnos?" El criado le contestó: "Es mi amo".

Rebeca bajó del camello. Quería vestirse correctamente antes de conocer al hombre que sería su esposo. En aquel país, las señoritas se cubrian la cara con velo. No era correcto que una dama apareciera sin velo.

En unos minutos los camellos llegaron cerca de Isaac. Luego Rebeca e Isaac se casaron.


 

JACOB VUELVE A CASA

(Gén. 33.13-20; Capítulos 35, 37)

Versículo de memoria: "El amor no tiene envidia" (1 Cor. 13.4).
Cuando Esaú encontró a Jacob, con mucha alegría le pidió que lo acompañara. Pero a Jacob no le gustaba este plan y le respondió: "Mi señor sabe que los niños son tiernos, y que tengo ovejas y vacas paridas; y si las fatigan, en un día morirán todas las ovejas. Pase ahora mi señor delante de su siervo, y yo me iré poco a poco al paso del ganado que va delante de mí, y al paso de los niños, hasta que llegue a mi señor a Seir" (33.13,14).

Entonces se separaron. Esaú fue al lugar donde vivía y Jacob fue a la tierra de Canaán, donde vivía Isaac su padre, un señor muy viejo en esa época.

Jacob viajaba hasta el lugar donde había dormido 20 años antes, cuando huía de su hermano. En ese lugar él había soñado que ángeles bajaban y subían una escalera. Él había puesto una piedra como señal, y en ese lugar se detuvo, edificó un altar y adoró a Dios.

Viajando, siguieron hasta Hebrón. Jacob tenía grandes deseos de ver a su padre, tanto más por la muerte de su madre Rebeca. Pero antes de llegar a Hebrón algo muy triste ocurrió. Su esposa, Raquel, a quien quería mucho, enfermó y murió. Antes de morir Raquel, Dios le envió otro niño, y Jacob le puso por nombre Benjamín. ¡Qué triste estaba Jacob! Su esposa favorita había muerto antes de llegar a casa, por algo amaba tanto a Benjamín. José y Benjamín fueron los niños de Raquel, y Jacob los amaba a ellos por su amor a Raquel. A ella la sepultaron en el lugar donde estaban, Belén.

Después del funeral de Raquel, todos llegaron a Hebrón, donde vivía aún Isaac. Él tenía unos 160 años, viviría 20 años más y tendría tiempo para hablar con sus nietos, los doce hijos de Jacob. Les enseñaron las promesas que Dios había hecho a Abraham muchos años atrás. Murió Isaac, siendo un anciano de 180 años; sus hijos Jacob y Esaú lo sepultaron en la cueva de Macpela, donde fueron sepultados Sara y Abraham, padres de Isaac.

Jacob continuó viviendo en Canaán, donde vivió su padre. José y Benjamín, los hijos de Raquel, eran menores que sus demás hermanos. Los hijos de Jacob eran pastores, cuidaban los rebaños de su padre. A veces debían viajar mucho para encontrar suficiente pasto y darle a los animales. Algunas veces José iba con ellos.

Jacob amaba a José más que a los otros, porque José era hijo de Raquel. Dio a José una túnica de muchos colores. Probablemente era de seda, bordada de manera muy especial. Cuando los hermanos vieron que su padre amaba más a José que a ellos, sintieron celos; odiaban a José y no podían hablar amistosamente con él.

Soñó una vez José algo extraordinario y lo contó a sus hermanos. Soñó que todos estaban en el campo atando manojos, atados de las cosechas, y el manojo de José se levantaba mientras que los demás se inclinaban en tierra alrededor del de José. Los hermanos de José estaban enojados cuando oyeron el relato del sueño y le respondieron: "¿Reinarás tú sobre nosotros?" y lo odiaban todavía más por el sueño. (37.8)

José soñó otra vez y lo contó a sus hermanos y a su padre. Les dijo: "He aquí que he soñado otro sueño, y he aquí que el sol y la luna y once estrellas se inclinaban a mí" (37.9). En aquellos días, algunos sueños profetizaban el futuro y los hermanos se pusieron más celosos, pero Jacob se preguntaba el significado de esos sueños.

Los sueños de José en verdad le decían algo, y se hicieron realidad unos años después.


 

CÓMO VENDIERON A JOSÉ (Gén. 37.12-36)

Versículo de memoria: "Porque donde hay celos y contención, allí hay perturbació" (Santiago 3.16).

Después de los sueños de José, sus hermanos fueron a apacentar las ovejas de su padre en Siquem, un lugar muy lejos de la casa. Después de mucho tiempo, Jacob quería saber cómo estaban y le dijo a José que fuera a ver si todo estaba bien.

Cuando José llegó a Siquem buscó a sus hermanos pero no podía encontrarlos. Un hombre que andaba errante por el campo encontró a José y le preguntó: "¿Qué buscas? José respondió: Busco a mis hermanos; te ruego que me muestres dónde están apacentando". Él hombre le respondió: Ya se han ido de aquí; y yo les oí decir: Vamos a Dotán" (vs.15,16,17).

Entonces José fue a Dotán y al fin encontró a sus hermanos allí. Lo vieron de lejos acercarse por los campos e hicieron un plan muy malo. Se dijeron: "He aquí viene el soñador. Ahora pues, venid, y matémosle y echémosle en una cisterna, y diremos: Alguna mala bestia lo devoró; y veremos qué será de sus sueños" (vs.19,20).

Les dijo Rubén: "No lo matemos. No derraméis sangre; echadlo en esta cisterna que está en el desierto, y no pongáis mano en él" (v.21,22). Rubén estaba pensando en quitarlo de la cisterna cuando los demás no estuvieran allí. Él quería llevar a José donde su padre con toda seguridad.

Cuando llegó José, lo tomaron y le quitaron su túnica de muchos colores, le echaron en la cisterna, de donde no podría salir. ¡Pobrecito José! Él tenía mucho miedo en el pozo tan oscuro. Gritó fuertemente, rogándoles que lo sacaran de la cisterna, pero los hermanos tan malos lo dejaron en el pozo, y se sentaron a comer como si nada malo ocurría.

En ese momento, mientras estaban comiendo, vieron lejos una nube de polvo. Pronto descubrieron que era un grupo de camellos. Los ismaelitas llevaban a Egipto aromas, bálsamo y mirra para venderlos.

Judá dijo a sus hermanos: "¿Qué provecho hay en que matemos a nuestro hermano? Vendámoslo a los ismaelitas porque él es nuestro hermano". Los otros creyeron que sería una buena forma de librarse de él. Estaban seguros que esos hombres lo llevarían muy lejos y nunca los molestaría.

Los ismaelitas habían llegado. Los hermanos tan malos sacaron a José de la cisterna, lo trajeron arriba y lo vendieron a los ismaelitas por veinte piezas de plata. Era la costumbre de ese tiempo que hombres compraran y vendieran esclavos. Posiblemente pensó que sus hermanos lo librarían. ¡Qué tristeza sintió José al saber que ellos lo vendían! Él quería volver a la casa de su padre pero en vano les pidió dejarle ir. Pensó que probablemente nunca vería a su padre y estaba triste. Los ismaelitas continuaron su viaje con José, llevándole más y más lejos de su casa.

Rubén, el hermano mayor, no estaba con los demás cuando José fue vendido. Regresó pensando en sacar secretamente a José del pozo para enviarlo a casa de su padre. Al no encontrarlo, pensó que sus otros hermanos lo habían matado.

Rasgó sus vestidos como hacía la gente de aquel tiempo cuando se sentía muy triste. Les dijo: "El joven no parece; y yo, ¿adónde iré yo?" (v.30). Él era el mayor de los hermanos y sabía de su responsabilidad por la seguridad de José.

Los hermanos mataron un cabrito y mancharon la túnica de José con la sangre del cabrito. Cuando llegaron a la casa de su padre le mintieron: "Esto hemos hallado; reconoce ahora si es la túnica de tu hijo, o no" (v.32).

Jacob sabía que era la túnica de José y se lamentó: "La túnica de mi hijo es; alguna mala bestia lo devoró; José ha sido despedazado". (v.33) Jacob se afligió tanto que sus hijos no podían consolarlo. Sin embargo, no le dijeron que lo vendieron a los ismaelitas.


 

JACOB HUYE DE LABÁN (Gén. 31)

Versículo de memoria: "Atalaye Jehová entre tú y yo, cuando nos apartemos el uno del otro" (Gén. 31.49).

Después del nacimiento de José, Jacob quería regresar a la tierra de donde vino. Había salido de la casa de su padre 20 años antes y no sabía si todavía vivían sus padres. Ellos no le dieron noticias durante esos años. Rebeca, su madre, había prometido decírselo cuando él volviera a casa. Jacob no sabía que había muerto su madre.

Jacob sirvió a su tío Labán 14 años por sus dos esposas, y entonces trabajaba 6 años más por su salario. Labán le pagó con ovejas, y le dijo a Jacob que él podía tener todas las ovejas pintas. Cuando nacieron las ovejas, muchas eran pintas y Jacob las tuvo como suyas. Jacob tenía también muchos camellos y burros, y después tuvo más que su tío Labán. Labán estaba celoso de él y Jacob ya no era agradable para él.

Dios habló con Jacob diciéndole: "Vuélvete a la tierra de tus padres, y a tu parentela, y yo estaré contigo" (v. 3). 

Antes de irse, Jacob quería saber lo que pensaban sus esposas, Lea y Raquel, y ellas fueron a los campos para hablar con él. Él les dijo que su padre no era como antes, aunque Jacob había trabajado mucho para Labán, y que Dios lo había cuidado. Continuó: "Y me dijo el ángel de Dios en sueños: Jacob. Y yo dije: Heme aquí" (v.11). Y él dijo: Yo soy el Dios de Bet-el, donde tú ungiste la piedra, y donde me hiciste un voto. Levántate ahora y sal de esta tierra, y vuélvete a la tierra de tu nacimiento" (v.13).

Lea y Raquel estaban muy contentas de ir con Jacob, y le contestaron: "¿Tenemos acaso parte o heredad en la casa de nuestro padre? ¿No nos tiene ya como por extrañas…? … ahora, pues, has todo lo que Dios te ha dicho" (vs. 14-16). 

Jacob sabía que si Labán descubría que ellos se iban, no estaría feliz y quizá ellos no podrían marcharse. El único camino era salir sin decirlo.

Labán tenía que ir a trasquilar sus ovejas y Jacob pensó que sería una oportunidad para irse. Entonces se levantó Jacob y subió a sus hijos y a sus esposas sobre camellos y puso en camino todo su ganado. Pasarían tres meses antes de que pudieran llegar a casa de Isaac, padre de Jacob. Huyeron de casa de Labán cuando éste había ido a trasquilar ovejas. 

Cuando descubrió Labán que Jacob había huido de su casa, tomó a sus parientes, fue tras Jacob y le alcanzó. No sabemos lo que iba a hacer Labán, pero Dios le dijo: "Guárdate que no hables a Jacob descomedidamente" (v.24). Labán le preguntó a Jacob: "¿Por qué te escondiste para huir, y me engañaste, y no me hiciste saber para que te despidiera con alegría y con cantares, con tamborín y arpa? Pues ni aun me dejaste besar a mis hijos y mis hijas" (vs. 27-28).

Jacob le respondió: "Porque tuve miedo; pues pensé que quizá me quitarías por fuerza tus hijas" (v.31). Labán le dijo: "Ven, pues, ahora, y hagamos pacto tú y yo, y sea por testimonio entre nosotros dos" (v. 44).

Entonces, Jacob tomó una piedra y la levantó por señal. Ellos hicieron un majano de piedras y comieron sobre él. Labán le dijo a Jacob que ellos podrían ser amigos mientras Jacob no afligiera a sus esposas. Dijeron que ninguno de ellos pasaría del majano contra el otro para mal.

Se levantó Labán de mañana y besó a sus hijas y los bendijo. Regresó a su casa.


 

JACOB ENCUENTRA A ESAÚ (Gén. 32; 33.1-12)

Versículo de memoria: "Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo" (Efesios 4.32).

Isaac tenía dos hijos, gemelos. A Esaú le gustaba cazar en los campos. En cambio su hermano, Jacob, era un hombre de casa, doméstico. ¿Recuerdan ustedes que cuando eran jóvenes recibió Jacob la bendición en lugar de Esaú? ¿Y que Esaú se enojó con él? Jacob se fue de casa y fue a visitar a su tío Labán.

Después de muchos años, Jacob quería volver con su familia a la casa de su padre, pero algo le molestaba; siguió pensando en las amenazas de Esaú, porque Esaú había decidido matarlo. "¿Querrá matarme todavía?" pensaba Jacob.

Para descubrir la verdad, Jacob mandó a unos sirvientes; les ordenó que hablaran cortés y humildemente con Esaú. Los mensajeros regresaron y dijeron a Jacob: "Vinimos a tu hermano Esaú, y él también viene a recibirte, y 400 hombres con él" (32.6). Entonces Jacob tuvo mucho miedo de que Esaú llegara a matarlo junto con sus esposas y niños.

"¿Qué hago?" pensó Jacob. Él decidió dividir el grupo. Si Esaú capturaba una parte del grupo, quizá la otra parte podría escapar.

Jacob hizo lo que todos deben hacer cuando hay problemas, oró a Dios diciendo: "Dios de mi padre Abraham y Dios de mi padre Isaac, Jehová… Líbrame ahora de la mano de mi hermano… porque le temo" (32.9,11) Al día siguiente él mandó adelante un regalo de cabras, ovejas, carneros, camellas con sus crías, vacas, terneros, asnas y burritos para Esaú. Era un gran regalo, 550 animales. Parece que Jacob tenía muchos animales, ya que podía dar tantos a su hermano.

Jacob le dijo al primer siervo: "Si Esaú mi hermano te encontrare, y te preguntare, diciendo: ¿De quién eres? ¿y adónde vas? ¿y para quién es esto que llevas delante de ti? entonces dirás: Es un presente de tu siervo Jacob, que envía a mi señor Esaú; y he aquí también él viene tras nosotros" (32.17-18). Jacob dijo lo mismo a los otros.

Había un río que se llamaba Jaboc, donde habían dormido. Después de pasar todos los animales, Jacob mandó a sus esposas, las criadas y los niños, y ellos siguieron detrás. Jacob quedó solo.

Una cosa muy rara pasó. Un hombre vino y luchó con él durante toda la noche. Cuando amaneció, el hombre trató de irse pero Jacob no le dejó y le dijo: "No te dejaré, si no me bendices" (32.26) Jacob sabía que este hombre era visitante del cielo y podía ayudarle.

Este visitante le dijo: "¿Cuál es tu nombre?" y él respondió: Jacob. Y el varón le dijo: No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel; porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido" (32.27,28).

Entonces supo Jacob que había visto a Dios en ese lugar. Se quedó Jacob cojo toda su vida por la cadera que tocó Dios.

Jacob se juntó con su familia y alzando sus ojos miró que venía Esaú con 400 hombres. Jacob puso al frente a dos criadas con sus niños, después a Lea con sus hijos, por último a Raquel y José. Jacob se inclinó en tierra siete veces, hasta que llegó su hermano.

Esaú quería saber de quién eran los animales que había visto y Jacob le dijo: "Acepta, te ruego, mi presente que te he traído, porque Dios me ha hecho merced y todo lo que hay aquí es mío. E insistió con él, y Esaú lo tomó (33.11).

En esos veinte años que Jacob estuvo fuera de casa, mucho había pasado, Esaú había aprendido a perdonar. Cuando continuaron su camino, todo estaba bien con ellos. El perdón puede traer mucha alegría a todos; a los que dan el perdón y también a los que reciben el perdón. Debemos tener el espíritu de perdón siempre. Si no tenemos este espíritu, Dios no nos perdona.


  

JOSÉ EN LA CASA DE POTIFAR

(Gén. 39,40)

Versículo de memoria: "Mas Jehová estaba con José" (Gén. 39.2)

José viajó con los ismaelitas durante muchos largos días. Al fin, después de un viaje muy duro por el desierto muy caliente, llegaron al país Egipto. Ahí todo era muy bonito, y muy verde, regado por el río Nilo que hasta hoy es un río enorme.

En ese país José fue vendido como esclavo. El hombre que lo compró era un soldado muy rico llamado Potifar, capitán de la guardia de Faraón. Faraón era rey de todo Egipto. Siendo Potifar uno de los oficiales más elevados, vivía sin duda en una casa espléndida y tenía muchos sirvientes.

Una vida así era muy extraña para José. Antes había vivido con su familia, como hijo favorecido de papá, ayudando a cuidar borreguitos. Ahora no era más que un esclavo en la casa hermosa de un rico.

La vida de José cambió de manera drástica. Ahora estaba en un país pagano, en el que nada sabían de Dios; la gente adoraba al sol. José tenía solamente 17 años cuando fue a Egipto. Los paganos que adoraban ídolos lo rodeaban. ¿Aprendió él a adorar ídolos? ¿Olvidó él a Dios?

¡Ciertamente No! José nunca olvidó a Dios. Él recordaba lo que su papá, su mamá y su abuelito le habían enseñado acerca de Dios. Había aprendido bien sus lecciones porque siempre recordaba a Dios y le oraba aunque no tenía la oportunidad de aprender de los habitantes de ese país idólatra.

José no estaba solo aunque estaba lejos de su casa. "Mas Jehová estaba con José" (Gén. 39.2). Todo lo que él hizo prosperó. Cuando Potifar vio que todo iba bien con José, dejó que él administrara toda su casa como mayordomo y entregó en su poder todo lo que tenía.

Pues, José era bien guapo. ¿Recuerdan que su mamá Raquel era bastante bonita? Por la hermosura de José, la esposa de Potifar se enamoró de él. Sin duda esto era malo porque ella tenía esposo; como José sabía que esto era malo, no dio atención a la esposa de Potifar.

Cuando la perversa esposa de Potifar supo que José no estaba dispuesto a pecar, empezó a odiarlo. Dijo a su esposo unas mentiras acerca de él, y Potifar las creyó. De nada servía que José las negara porque era un esclavo, y naturalmente Potifar tenía confianza en su esposa.

Pusieron a José en la cárcel, donde ponían a los prisioneros del rey. En esos días ataban los pies de los presos con cadenas de hierro que les lastimaban. Tal vez así hicieron con los pies de José. ¡Pobre José! Nada malo había hecho, y era algo muy duro estar en la cárcel por hacer lo bueno en vez de lo malo. Pero todo resultaría en algo bueno. Dios lo estaba cuidando en todo, y Dios tenía un plan para la vida de José como veremos.

Aunque estaba en la cárcel, no era difícil para él, y Dios hizo que al jefe de la prisión le pareciera agradable José. Este jefe lo puso como encargado y entregó en manos de José el cuidado de todos los presos. Jehová estaba con él en la prisión también, y todo lo que hacía José prosperaba.

Mientras José estuvo en prisión, dos de los sirvientes de Faraón llegaron ahí porque habían hecho enojar al rey. Uno era el copero, el que servía a la mesa, y el otro era el panadero que preparaba la comida para el rey. Esos sirvientes fueron encargados a José, llegaron a ser amigos y hablaron juntos de sus problemas.

 


 

UNOS SUEÑOS (Gén. 40,41)

Versículo de memoria: "El Señor es mi ayudador; no temeré" (Heb. 13.6)

Muchas personas han creído que los sueños indican algo que ocurrirá. En Egipto también. La gente creía que los sueños sirvieron para predecir cosas que sucederían. Los dos amigos de José, el panadero y el copero, estando en la cárcel soñaron, y en la mañana José los encontró muy atormentados y tristes porque creían que nadie les podría decir el significado de sus sueños. José les dijo: "Díganme los sueños, Dios puede interpretarlos".

El copero contó a él su sueño: "Yo soñaba que veía una vid delante de mi, y en la vid tres sarmientos; y ella como que brotaba, y arrojaba su flor, viniendo a madurar sus racimos de uvas. Y que la copa de Faraón estaba en mi mano, y tomaba yo las uvas y las exprimía en la copa de Faraón, y daba yo la copa en mano de Faraón. Y le dijo José: Esta es su interpretación: los tres sarmientos son tres días. Al cabo de tres días levantará Faraón tu cabeza, y te restituirá a tu puesto, y darás la copa a Faraón en su mano, como solías hacerlo cuando eras su copero. Acuérdate, pues, de mí cuando tengas ese bien, y te ruego que uses conmigo de misericordia, y hagas mención de mí a Faraón, y me saques de esta casa" (40.9-14).

El panadero contó a José su propio sueño. "También yo soñé que veía tres canastillos blancos sobre mi cabeza. En el canastillo más alto había toda clase de manjares de pastelería para Faraón; y las aves las comían del canastillo de sobre mi cabeza. Entonces respondió José, y dijo: Esta es su interpretación: Los tres canastillos tres días son. Al cabo de tres días quitará Faraón tu cabeza de sobre ti, y te hará colgar en la horca, y las aves comerán tu carne de sobre ti" (40.16-19).

Tres días después, ocurrió todo lo que había dicho José. Volvió el copero a su oficio y servía a la mesa de Faraón y daba a él su copa. Y Faraón colgó en el árbol al panadero.

¡Qué lástima, el copero olvidó a José! Con tanta alegría que tenía el copero al salir de la cárcel olvidó la amistad de José. Estaba abandonado en la prisión. ¡Qué cruel era el copero! José estuvo allí dos años más, pero Dios hizo pasar algo que trajo una nueva vida a José.

Esto es lo que sucedió: El rey eminente de Egipto tuvo un sueño muy extraño. En realidad era un sueño doble. Soñó que estando junto al río vio subir de él siete vacas muy hermosas y gordas que empezaron a pastar en el prado. Después vio subir del río siete vacas de feo aspecto y flacas que se paraban cerca de las vacas hermosas y las devoraban. Y despertó Faraón.

Soñó de nuevo y esta vez vio en sus sueños siete espigas llenas y hermosas que crecían de una caña. Después salían otras siete espigas flacas y abatidas, y las espigas flacas comían las hermosas. Despertó Faraón y sabía que era un sueño.

Por la mañana Faraón estaba agitado por su sueño. Llamó a todos los magos de Egipto para interpretar el significado de su sueño doble. Creyó que ellos podrían darle la interpretación. Los magos se esforzaron y se esforzaron pero al fin reconocieron que no podían. Había mucha inquietud en la corte, cuando de repente el copero recordó a José en la cárcel, y le contó a Faraón cómo había interpretado los sueños.

Faraón mandó llamar a José, y cuando éste entró en la presencia del rey le dijo: "No está en mí; Dios será el que dé respuesta propicia a Faraón" (41.16). "El sueño de Faraón es uno mismo; Dios ha mostrado a Faraón lo que va a hacer. Las siete vacas hermosas siete años son; y las espigas hermosas son siete años; el sueño es uno mismo. También las siete vacas flacas y feas que subían tras ellas, son siete años; y las siete espigas menudas y marchitas del viento solano, siete años serán de hambre" (41.25-27). "Por tanto, provéase ahora Faraón de un varón prudente y sabio, y póngalo sobre la tierra de Egipto… Y junten toda la provisión de estos buenos años que vienen, y recojan el trigo bajo la mano de Faraón para mantenimiento de las ciudades; y guárdenlo. Y esté aquella provisión en deposito para el país, para los siete años de hambre que habrá en la tierra de Egipto; y el país no perecerá de hambre" (41.33-36).

Faraón estuvo tan contento con el consejo de José que proclamó: "¿Acaso hallaremos a otro hombre como éste, en quien esté el espíritu de Dios? Y dijo Faraón a José: Tú estarás sobre mi casa, y por tu palabra se gobernará todo mi pueblo; solamente en el trono seré yo mayor que tú" (41.38,40).

Vemos otro ejemplo en el que Dios ayudó a uno de sus hijos que vivía cerca de Él. Dios siempre está con nosotros cuando lo dejamos entrar a nuestra vida.


  

UN PREMIO PARA JOSÉ (Gén. 41. 37-57)

Versículo de memoria: "Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien" (Rom. 8.28)

Cuando José interpretó a Faraón sus sueños, y le dio tan prudentes consejos, Faraón reconoció que José sería un buen gobernador para guiar a Egipto. Con el Espíritu de Dios José podría hacer todo lo necesario.

Entonces Faraón quitó el anillo de su mano y lo puso en la mano de José. Cuando José quería hacer una ley, sólo tenía que escribirla sobre papel e imprimir el sello del anillo en él. La señal del rey estaría allí y todos tendrían que obedecer esa ley.

Como José iba a ser el gobernador, debía vestirse lujosamente. Los sirvientes lo vistieron de ropa de lino finísimo y pusieron un collar de oro en su cuello. Faraón le dio un carro para uso personal. Ese carro era jalado por caballos. Sólo el carro de Faraón superaba en elegancia y magnificencia al de José.

Varios sirvientes corrían delante del carro de José para decir a la gente: "Doblen la rodilla" y las personas tenían que postrarse hasta que el carro de José pasara.

Faraón cambió el nombre de José por uno egipcio, Zafnat-panea, que significa "el hombre a quien se revelan los secretos". También le dio una esposa, Asenat, hija de un sacerdote. Ellos vivían en un palacio magnifico, y tenían muchos sirvientes. Por donde José iba, todos le mostraban gran respeto.

José recibió otra bendición de Dios cuando le nacieron gemelitos. Al primero llamó Manasés, que significa "olvido", porque Dios le hizo olvidar todas las aflicciones que había tenido. Al segundo llamaron Efraín, que significa "fértil", porque Dios le hizo prosperar en Egipto. En todo, José daba crédito a Dios y nunca decía: "yo hice esto o aquello". No era egoísta. Sabía que Dios había trazado su vida y había hecho todas las maravillas que le acontecían.

Entre tanto, los siete años de abundancia se cumplieron. La tierra de Egipto produjo cosechas muy abundantes, mucho más de lo que los habitantes podían consumir, nunca habían visto tanto trigo acumulado. Cerca de las ciudades había graneros enormes, y en ellos guardaron el grano.

Al fin acabaron los siete años de abundancia, y los siete años de hambre comenzaron como lo había dicho José. No solamente había escasez en Egipto, sino también en todos los países vecinos. Cuando la gente plantaba semilla nada crecía. En otros países, los habitantes ignoraban que vendrían años de hambre, entonces no guardaron comida para los años de escasez.

Pero en el país Egipto había abundante pan. Ya que en los campos no crecían las cosechas, la gente clamó a Faraón por pan y él les dijo: "Id a José, y haced lo que él os dijere" (v.55). Cuando el hambre estaba por toda la extensión del país, abrió José todo granero y vendía a los egipcios.

Al saber en otros países que había grano en Egipto, venían a comprarle a José porque por toda la tierra había aumentado el hambre. Todos querían la comida que José había acumulado durante los años de abundancia.

En el país de Canaán, donde vivía la familia de José, tampoco había comida y al igual que muchas familias, ellos empezaron a sufrir. ¿Qué harían?


 

 

JOSÉ ENCUENTRA A SUS HERMANOS

(Gén. 42)

Versículo de memoria: "Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros" (Efesios 4.32).

El hambre afligía al país Canaán como a toda la tierra, y recordemos que la familia de José vivía allí. Su padre Jacob era muy viejo y todos sus hermanos, excepto Benjamín, estaban casados y tenían hijos. Por falta de comida se preocupaban. Los hermanos se miraron y no sabían qué hacer.

Jacob dijo a sus hijos: "¿Por qué os estáis mirando? Y dijo: He aquí, yo he oído que hay víveres en Egipto; descended allá, y comprad de allí para nosotros, para que podamos vivir, y no muramos" (v.1). Entonces, los diez hijos mayores fueron a Egipto. Benjamín no fue con ellos porque su padre tenía miedo de dejarle ir a un viaje tan largo. Quizás pensó Jacob que algo malo podría pasarle, algo parecido a lo que le sucedió a José.

Un día, mientras José vendía el grano a los que habían llegado, vio a diez hombres de su propio país, Canaán. Llegaron como los demás y se arrodillaron ante él, con los rostros hacia el suelo. Era costumbre inclinarse así ante un señor tan importante.

De repente, ¡José vio que esos diez hombres eran sus hermanos! Los conoció porque no habían cambiado mucho. Sólo habían envejecido un poco. Se vestían con el mismo tipo de ropa, hablaban la misma lengua hebrea y José entendía todo lo que estaban diciendo. Pero ellos no lo conocieron. ¿Cómo podrían reconocerlo? Él era un joven cuando lo vieron por última vez. Lo habían vendido como esclavo y sin duda creían que todavía era esclavo. No esperaban verlo en Egipto y ciertamente ¡no esperaban verlo como gobernador en el reino de Egipto, el primero, después de Faraón!

Cuando lo vendieron iba vestido como un pastor hebreo. Ahora se vestía esplendorosamente, como príncipe egipcio, con un collar de oro en su cuello y llevando el anillo de Faraón en un dedo.

José no se dio a conocer, quería saber si todavía ellos eran tan crueles como antes. Por eso no les habló en hebreo, sino en la lengua de Egipto y quizás tenía un intérprete para traducir la conversación. Él les habló muy ásperamente diciendo: "¿De dónde habéis venido?" Les respondieron: "De la tierra de Canaán, para comprar alimentos" (v.7).

José recordaba uno de los sueños que había tenido en su juventud. Él soñó que once manojos en el campo se inclinaban delante de su manojo y ahora los hermanos se inclinaban ante José. Supo, entonces, que ese sueño se había hecho realidad.

Siguió hablando muy duro a sus hermanos, diciéndoles: "Espías sois; por ver lo descubierto del país habéis venido" (v.9). Los hermanos de José tuvieron mucho miedo, porque si este gobernador creía que ellos eran espías, los colgarían. Respondieron muy humildemente: "No, señor nuestro, sino que tus siervos han venido a comprar alimentos. Todos nosotros somos hijos de un varón; somos hombres honrados; tus siervos nunca fueron espías… Tus siervos somos doce hermanos, hijos de un varón en la tierra de Canaán; y he aquí el menor está hoy con nuestro padre, y otro no aparece" (vs. 10,13).

José simuló no creerles y dijo: "En esto seréis probados: Vive Faraón, que no saldréis de aquí, sino cuando vuestro hermano menor viniere aquí. Enviad a uno de vosotros y traiga a vuestro hermano, y vosotros quedad presos, y vuestras palabras serán probadas, si hay verdad en vosotros; y si no, vive Faraón, que sois espías" (vs.15,16).

José los puso juntos en la cárcel por tres días. Ese castigo era bueno para ellos. Podían así recordar que ellos habían sido muy crueles con José.

Después de tres días los dejó salir de la cárcel y José les dijo: "quede preso en la casa de vuestra cárcel uno de vuestros hermanos, y vosotros id y llevad el alimento para el hambre de vuestra casa. Pero traeréis a vuestro hermano menor, y serán verificadas vuestras palabras, y no moriréis" (vs. 19,20). Y los hermanos se fueron, dejando en Egipto a Simeón, y pensando en las cosas que habían pasado.



 LA HISTORIA DE JESÚS SEGÚN LUCAS

 

(Las lecciones están escrita con palabras sencillas, de modo que pueda ser fácilmente entendida, usando estos términos para explicar a los niños. Para eso mismo se puede utilizar la Nueva Versión Popular del Nuevo Testamento.)

Introducción: Para estudiar la historia de Jesús vamos a leer el Evangelio según Lucas: Lucas no fue uno de los discípulos que acompañaron a Jesús cuando él anduvo predicando acerca de Dios y haciendo señales milagrosos. Él escribió acerca de Jesús muchos años más tarde. Lucas tampoco vivió en Palestina o sea el lugar por donde Jesús andaba predicando. Lucas era griego, también era médico, pero él quería escribir el Evangelio para dar a conocer la historia de Jesús. Es por eso que ahora, si nosotros leemos lo que él escribió, podemos también conocer con seguridad la vida del Salvador.

El maestro encontrará anotaciones entre paréntesis, con el objeto de explicar algún concepto que no es fácilmente comprensible para los niños.

 

Lección I - Un ángel anuncia el nacimiento de Juan el Bautista (Cap. 1.5-25)

Dijimos que Palestina era el lugar donde Jesús vivió, comenzando a predicar cuando él tenía unos 30 años. Pues un poco antes de que el naciera, había en ese lugar un sacerdote llamado Zacarías; su esposa tenía por nombre Elisabet. Ellos eran muy buenos y justos delante de Dios, además eran obedientes a lo que el Señor dice, pero sólo por una cosa era que ellos estaban tristes; y era que no tenían niños en la familia, además los dos ya eran muy ancianos.

Un día todo fue muy diferente. Fue cuando a Zacarías le tocó entrar en el templo de Dios para quemar incienso (planta aromática que produce humo oloroso). Mientras él hacía esto muy adentro del templo, había también afuera mucha gente orando.

Entonces se le apareció a Zacarías un ángel de Dios junto al altar del incienso. Cuando Zacarías vio al ángel no sabía que hacer y tuvo mucho miedo. Entonces el ángel le dijo que no tuviera miedo, que Dios había oído sus oraciones y que ahora iba a nacer un niño en su familia al que tendría que ponerle por nombre Juan. El niño iba a hacer que todos estuvieran muy alegres, más que todo porque Juan sería desde pequeño muy obediente y cuidadoso para hacer lo que Dios enseña.

Pero a Zacarías le era muy difícil creer lo que el ángel decía. Por eso le dijo el ángel: "Yo soy Gabriel, y estoy al servicio de Dios; él me mandó para hablarte y darte estas buenas noticias. Pero ahora, como no me creíste lo que te dije, vas a quedar mudo y no podrás hablar hasta que nazca tu hijo. Esto se cumplirá a su debido tiempo" (vs. 19-20).

Zacarías ya se había tardado mucho tiempo dentro del templo por lo que la gente se comenzó a extrañar. Zacarías salió al fin pero no podía hablar, entonces la gente se dio cuenta de que él había visto una visión. Y les hablaba sólo por señas, diciendo que cosas había visto.

"Cuando terminaron los días en que Zararías debía servir en el templo, se fue a su casa" (v. 23). Durante los siguientes meses él se sentía muy feliz porque pronto nacería su hijo.


 

Lección II - El ángel anuncia el nacimiento de Jesús (Cap. 1.26-80)

En la lección anterior aprendimos que el ángel Gabriel anunció a Zacarías el nacimiento de Juan el Bautista. Ahora estudiaremos en los versículos del 26 al 38 del capítulo 1 como este mismo ángel visita también a María la madre de Jesús.

Sucedió seis meses más tarde, cuando Dios envió a Gabriel (los ángeles son mensajeros de Dios) a un pueblito de nombre Nazaret, para visitar a una mujer llamada María. Ella iba a casarse con un hombre llamado José (descendiente del rey David). Cuando el ángel entró en su casa le dijo lo siguiente: "¡Te saludo, favorecida de Dios! El Señor está contigo; Dios te ha bendecido más que a todas las mujeres" (v. 28).

María se sorprendió al oír estas palabras, y por eso el ángel le dijo que ella tendría un hijo, el niño se llamaría Jesús (que significa Salvador), sería grande y llamado Hijo del Dios Altísimo, también sería rey.

María dijo al ángel que cómo sería esto si todavía no estaba casada. Entonces él le contestó: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Dios altísimo te envolverá como una nube. Por eso, el niño que va a nacer será consagrado a Dios y lo llamarán Hijo de Dios" (v.35). Antes de irse, Gabriel le dijo que también Elizabet (que era la misma familia que María) tendría un niño, a pesar de que ella era ya anciana. Lo cual quiere decir que para Dios no hay nada imposible.

María visita a Elizabet

María se sentía muy feliz de ser sierva del Señor. Esto significa que ella era obediente y además tenía la voluntad de hacer lo que el Señor dice. Así pues, decidió ir a visitar a su parienta Elizabet, la cual vivía en un pueblito que estaba en la sierra que queda en Judea. 

Elizabet se alegró mucho por su visita y dijo: "¿Quién soy yo, para que venga a visitarme la madre de mi Señor?" (v. 43). Entonces ellas fueron llenas del Espíritu Santo (esto significa que podían, por el poder de Dios, decir cosas no comunes, como profetizar), por eso María comenzó a hablar en una forma muy bonita, lo cual está escrito en los versículos del 46 al 55, entre lo que dijo es importante lo siguiente: María alaba al Señor por tomarle en cuenta como su sierva. Dios siempre tiene misericordia, hace obras poderosas, hace pequeños a los orgullosos y cuida a los humildes. Dios tiene compasión de su pueblo. "María se quedo con Elizabet como tres meses, y después regresó a su casa" (v. 56).

Nacimiento de Juan el Bautista

Llegó el tiempo cuando nació el hijo de Elisabet, "Sus vecinos y parientes fueron a felicitarla, al saber que el Señor había sido tan bueno con ella. A los ocho días, fueron a circuncidar al niño (rito de los judíos, una parte del prepucio era quitada, lo cual significaba el pacto de Dios con su pueblo Israel), y querían ponerle el nombre de su padre, Zacarías. Pero su madre dijo: No, él tiene que llamarse Juan" (vs. 58 al 60).

La gente no entendían esto porque ellos acostumbraban a ponerle a los niños pequeños los nombres de sus padres. ¿Recuerdan que Zacarías se había quedado mudo? Pues, cuando le preguntaron por señas que cuál debía ser el nombre del niño, él escribió en una tabla, "Su nombre es Juan" (v. 63). Entonces en ese mismo momento Zacarías comenzó a hablar y alabar a Dios. Toda la gente se quedó muy asombrada de ver las cosas que sucedían.

También Zacarías fue lleno del Espíritu Santo y comenzó a hablar con palabras de Dios, como lo hizo María y Elisabet (vs. 68 al 79). Dos cosas bonitas e importantes dijo: el Señor es alabado por enviarnos un poderoso Salvador, prometido desde hace mucho tiempo, y además que el niñito que había nacido, o sea Juan, iría delante del Señor preparándole el camino.

"Y el niño crecía y se hacía fuerte espiritualmente, y vivió en los desiertos hasta al día en que se dio a conocer a la gente de Israel" (v .80).

Preguntas:

1. ¿Por qué dijo el ángel a María que no debía tener miedo?

2. ¿Qué significa la palabra Jesús?

3. ¿Por qué escogió Dios a María para ser madre de Jesús?

4. ¿Por qué se había quedado mudo Zacarías?

5. ¿Qué cosa haría Juan cuando ya fuera hombre?


  

 

Lección III - Nacimiento de Jesús (Cap. 2.1-20)

En el capítulo uno del libro que estamos estudiando, el ángel había anunciado el nacimiento de Jesús. En seguida estudiaremos la manera en que esto fue asÍ: En aquel tiempo, un poquito antes de que Jesús naciera, el emperador Augusto (gobernante principal del Imperio romano, que incluía Palestina) ordenó que se hiciera un censo (lista que se hace de los habitantes de un pueblo) en todas partes, entonces "Todos tenían que ir a su propio pueblo lo para empadronarse allí (o sea poner su nombre en un libro de registro). Por esto, José salió del pueblo de Nazaret, de la región de Galilea, y fue a la región de Judea, al pueblo de Belén, donde había nacido David (a quién Dios prometió anteriormente, que su trono permanecería para siempre), porque José era descendiente de David" (2.3,4).

Llegó, pues, José a Belén, le acompañaba María. Sucedió que estando ellos en Belén, llegó el tiempo cuando el niño había de nacer. Pero como no hallaron lugar en el mesón (posada, casa de huéspedes), posiblemente porque mucha gente había llegado, y Belén era un pueblo muy pequeño, entonces María envolviendo en pañales al niñito, lo acostó en un pesebre, o sea un cajón donde comen los animales. Éstos se encuentran casi siempre en un establo. Y ésta fue la manera tan sencilla en que nació nuestro Salvador. Pero veamos como en los cielos si tuvo mucha importancia su nacimiento. En versículos 8 al 12 se lee así:

"Cerca de Belén había unos pastores que pasaban la noche en el campo cuidando sus ovejas. De pronto se les apareció un ángel del Señor, y la gloria del Señor brilló alrededor de ellos; y tuvieron mucho miedo. Pero el ángel les dijo: No tengan miedo, porque les traigo una buena noticia, que será de mucha alegría para todos: que hoy nació en el pueblo de David, un Salvador para ustedes, que es Cristo el Señor. Y como señal, encontrarán ustedes al niño envuelto en pañales, acostado en un establo".

Entonces junto al ángel aparecieron muchos ángeles del cielo que alababan a Dios (v. 14) y los pastores decidieron ir de prisa a Belén para ver lo sucedido.

Los pastores llegaron hasta el lugar que el ángel les dijo, y encontrando al niño junto a María y José, comenzaron a contar de la visión que tuvieron en el campo. Los que les oían se admiraban de lo que decían. Los pastores volvieron muy alegres, porque vieron la gloria celestial claramente, junto al Hijo de Dios.

El niño Jesús es presentado en el templo (vs. 21-38)

De la misma manera que Juan, el hijo de Zacarías, también el niño Jesús fue circuncidado a los ocho días. Después lo llevaron al templo de Jerusalén, para ser presentado ante el Señor, según la ley de los judíos. Ahora aparece un hombre ya anciano. Su nombre era Simeón. Adoraba a Dios con mucho fervor y esperaba la llegada al mundo de un Salvador. Como Simeón era un hombre muy bueno, Dios le había prometido que no moriría sin antes ver a Cristo. El Espíritu Santo guió a Simeón hasta el templo para que contemplara al recién nacido.

Simeón tomó en sus brazos al niño, y tuvo mucha alegría en su corazón, comenzando a alabar a Dios con las hermosas palabras de los versículos 29 al 32.

José y la madre del niño no entendían bien las cosas que decían acerca de Jesús, porque tanto Simeón como Ana, una anciana que también había llegado en esa ocasión al templo, fueron llenos del Espíritu Santo, y entonces ellos si podían entender que Jesús sería el Salvador.

"Entonces, después de cumplir con todo lo que manda la ley del Señor, volvieron a Galilea, a su propio pueblo de Nazaret. Y el niño crecía y se hacía más fuerte y más sabio, y Dios lo bendecía mucho" (vs. 39,40).

Preguntas:

1. ¿Quiénes eran descendientes del rey David?

2. ¿Por qué nació Jesús en Belén?

3. ¿Por qué nació Jesús en un pesebre y no en un palacio?

(notar vs. 6 y 7)

4- ¿Qué cosas hicieron tan felices a los pastores?

5. ¿Por qué se maravillaban los padres del niño por las cosas que decían de Jesús?

 


 

 

Lección IV - El niño Jesús en el templo (Lucas 2.41-52)

En las lecciones anteriores hemos estudiado acerca de Jesús, cuando era recién nacido, lo mismo que mencionamos su crecimiento bajo la gracia de Dios, es decir, que el niño Jesús era obediente en todo lo que sus padres le decían, pero más que todo era obediente al Padre Celestial, por lo cual recibía muchas bendiciones.

Continuando con nuestra historia, encontraremos ahora que Jesús tenía ya doce años. Él era como cualquier otro joven de su edad; era muy curioso, pero a la vez muy listo como lo veremos enseguida.

Los padres de Jesús iban a Jerusalén cada año, para celebrar la pascua (fiesta de los judíos, conmemorando la liberación de los israelitas, quienes estaban bajo la esclavitud egipcia. Ex. 12. 23-27).

Decíamos que Jesús tenía doce años, y llegó la ocasión en que debía acompañar a sus padres en el viaje a Jerusalén. Posiblemente María ya había preparado pan de cebada o alguna comida de grano tostado para que pudieran comer durante el camino.

Así pues, llegaron a Jerusalén y celebraron la fiesta, y así mismo llegó la hora de regresar, pero sucedió que Jesús se separó de sus padres. Ellos pensaron que el niño iba de regreso entre la demás gente que volvía de la fiesta. José y María ya habían caminado como quince kilómetros, pero cuando no lo encontraron entre los parientes y gente conocida regresaron a Jerusalén para buscarlo allí.

"Después de tres días lo encontraron en el templo, sentado entre los maestros de la ley (eran aquellas personas que enseñaban y estudiaban la ley de Moisés, interpretándola tradicionalmente), escuchándolos y haciéndoles preguntas. Y todos los que le oían se admiraban de su inteligencia y de las respuestas que daba" (v. 46,47).

Desde luego que los padres de Jesús se sorprendieron de encontrarlo en el templo platicando con aquellos hombres muy sabios, pero más que todo estaban muy apenados porque el niño Jesús se había perdido por tres días. Es interesante observar que Jesús no estaba asustado al no encontrar a sus padres, por eso les dijo que si acaso no sabían ellos que en las cosas de su Padre debía ocuparse. Esto nos enseña cómo Jesús, desde muy poca edad, daba más importancia a las cosas de Dios que a cualquier otra cosa.

Así pues, ya podemos darnos cuenta cómo era Jesús cuando era niño, siguió siendo obediente a sus padres (v. 51), creciendo en estatura y aprendiendo más cada día. Todos lo querían y estimaban mucho. Y así llegó a ser un hombre grande, fuerte, inteligente. En las próximas lecciones estudiaremos acerca de las cosas que hizo después.

Juan el Bautista predica en el desierto y bautiza a Jesús

Para continuar con nuestra historia nos saltaremos ahora unos 18 años y volvemos a encontrarnos con Juan el Bautista, primo de Jesús, quien había vivido mucho tiempo en el desierto, y ahora ya lo tenemos cerca de 31 años de edad. Él tenía que hacer una cosa muy importante; debía presentar a la gente al Salvador del mundo, debía enseñar a la gente que había llegado la hora en que el Hijo de Dios iba a estar entre ellos, predicando y haciendo cosas maravillosas.

Juan enseñaba a toda la gente que debía dejar de hacer lo malo y ser bautizados (es decir, en señal de arrepentimiento, sumergirse en agua).

Como Juan era muy valiente y decía las cosas claramente, muchos venían a el para oírle y ser bautizados, y algunos pensaban que Juan era el Cristo, pero él les decía que pronto aparecería Jesús, quien tenía mucho más poder y autoridad que cualquier otro hombre.

Juan también hablaba en contra de Herodes (quien era gobernador de la región donde Jesús vivía, o sea Galilea) por las cosas malas que hacia. Entonces él (Herodes) para no dejar que Juan siguiera hablando en contra de él, lo metió en la cárcel.

Pero antes de esto, Juan bautizó a Jesús. Esto demostraba el cambio en la vida del Señor Jesús, quien desde entonces sería el Cristo (o sea, el preparado para la Obra de Dios), por eso "… el Espíritu Santo bajó como una paloma sobre él en forma visible, y se oyó una voz del cielo que decía: Tú eres mi Hijo amado; estoy muy contento de ti" (3.22).

PREGUNTAS

1. ¿Por qué hizo Jesús que sus padres se apenaran?

2. Explicar el comportamiento de Jesús a los doce años.

3. ¿Qué cosa le encargo Dios a Juan el Bautista que hiciera?

4. ¿Por qué encarceló el rey Herodes a Juan?

5. ¿Por qué se bautizó Jesús?


   

Lección V - Jesús comienza su ministerio (Cap. 4.1-30)

Habían dejado en nuestra lección anterior a Jesús siendo presentado ante la gente por Juan el Bautista, era ahora Él, Cristo, quién comenzaría a enseñar a muchas gentes cosas maravillosas de Dios.

Pero antes de comenzar con su trabajo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu. Tenía que estar ahí cuarenta días; entonces el diablo llegó para tentarle. Pasando los cuarenta días, como el Señor no había comido nada, sintió hambre. El diablo entonces quiso aprovechar la oportunidad para tentarle, diciéndole que convirtiera una piedra en pan para que pudiera comer, y siendo Cristo el Hijo de Dios tenía poder para hacerlo. Pero Jesús pudo darse cuenta claramente que eso era una tentación del diablo, por eso contestó: "La Escritura dice: No sólo de pan vivirá el hombre, sino también de toda palabra que Dios dice" (v. 4).

Jesús nos enseña que de la misma manera que es necesario que comamos para que nuestro cuerpo viva. También la palabra de Dios es importante para que vivamos espiritualmente, y de ésta vida es la que Cristo nos da.

En seguida el diablo lo llevó a un cerro alto. Ahí le mostró todos los reinos del mundo, diciéndole: "Yo te daré todo este poder y la grandeza de estos países. Porque he recibido todo esto, lo doy al que yo quiera dárselo. Si te arrodillas y me adoras, todo será tuyo" (v. 6,7). Otra vez pudo darse cuenta Jesús que esto era otra tentación, y le contestó "Apártate de mí, Satanás, porque la Escritura dice: Adora al Señor tu Dios, y sírvele a él solamente" (v. 8).

El diablo, como es mentiroso y engañador le había dicho a Jesús que él (Satanás) era el dueño de todos los reinos del mundo, pero en realidad, el no es el dueño. Dios creó todas las cosas. Lo que hizo Satanás fue entrar en el mundo, como ladrón, para robar lo que pertenece a Dios. Así pues, debemos pensar que sólo Dios nos puede dar todas las cosas buenas, y a él sólo debemos adorar.

La última vez que el diablo quiso hacer caer en tentación al Señor cuando estuvo en el desierto. Lo hizo llevándole a la ciudad de Jerusalén, y subiéndole al techo del templo le dijo que se dejara caer al suelo para ver si él era el Hijo de Dios. Satanás fue listo porque usó las Escrituras también, las cuales dicen que Dios envía ángeles para proteger a los que le aman. Nuevamente pudo vencer Cristo esta prueba, contestando a Satanás lo siguiente: "También dicen las Escrituras: No pongas a prueba al Señor tu Dios" (v. 12). Después de estas pruebas, el diablo tuvo que huir, pues no encontró ninguna otra forma de tentar a Jesús.

Esto mismo podemos hacer también nosotros. El Señor nos ayuda a que podamos soportar las tentaciones. Satanás tendrá que alejarse cuando vea que tenemos una confianza muy grande en Nuestro Padre Celestial.

Hay muchas enseñanzas acerca de las tentaciones que Jesús tuvo en el desierto. Como nosotros ya conocemos la historia de Adán y Eva que en el principio estuvieron en el huerto del Edén, podemos hacer una comparación muy interesante.

- Eva y Adán querían comer del fruto prohibido.
Jesús tuvo hambre; quería comer pan.

- Eva y Adán vieron que aquél fruto era codiciable.

Jesús vio que los reinos del mundo también lo eran.

- Eva y Adán querían ser como Dios.

También Jesús podía, si quiera, tentar a Dios.

Después de haber ganado esta batalla contra el diablo, Jesús fue a Galilea o sea el lugar donde permaneció por más tiempo durante su ministerio (debemos llamar ministerio al trabajo que Cristo realizó durante tres años, predicando y haciendo señales hasta el día de su resurrección).

"Entonces Jesús fue a Nazaret, el pueblo donde se había criado. En el día de descanso (sábado) entró en la sinagoga, como era su costumbre, y se puso en pie para leer las Escrituras" (v. 16).

Jesús empezaba a ser muy conocido por toda la tierra de Galilea y recibía muchas alabanzas por sus obras.


 

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(Pasajes bíblicos tomados de la Biblia Reina-Valera Revisada ©1960 Sociedades Bíblicas en América Latina. Copyright renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Utilizado con permiso.)

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