EL ÓSCULO SANTO
  

En la actualidad, algunos hermanos lamentablemente se han dedicado a querer imponer en nuestras congregaciones sus propias opiniones, surgidas por la mala interpretación que hacen de algunos versículos de la Biblia, debido a su ignorancia o poca preparación. Esto no es nada extraño pues ya estaba profetizado en la palabra de Dios que así sucedería (Hechos 20.30; 2 Pedro 2.1); pero de todos modos, nos está causando serios problemas pues nunca faltan hermanos que por los mismos motivos de la ignorancia y poca preparación, les siguen en sus falsas doctrinas, provocando con su actitud la inmediata división en nuestras congregaciones.

Ciegos guiados por ciegos (Mateo 15.14). Por supuesto, nadie puede sacarlos de su error porque, por su falta de estudio, no pueden entender por ejemplo, que muchas de aquellas costumbres de que leemos en la Biblia eran propias de alguno o algunos pueblos de la antigüedad, pero que nosotros no podemos trasplantarlos ni a nuestra época ni a nuestros países occidentales. De una de esas costumbres hablaremos en esta ocasión: el ósculo santo.

Gracias a Dios, hasta ahora no se le ha ocurrido a ninguno de estos disociadores hermanos imponer en nuestras congregaciones este mandato del que leemos en Romanos 16.16; 1 Corintios 16.20; 2 Corintios 13.12; 1 Tesalonicenses 5.26 y 1 Pedro 5.14: "Saludaos los unos a los otros con ósculo santo". Pablo lo llama "ósculo santo" y Pedro "ósculo de amor". Por supuesto que ustedes ya saben que ósculo quiere decir beso.

La manera muy natural de saludarse formalmente en los países orientales era (y aún lo es) con un beso. Por aquellos lugares nadie se escandalizaría si un hombre al encontrarse con otro lo saludara con un beso. El beso entre hombres era también demostración pura de amistad, como lo es ahora para nosotros darnos un fuerte apretón de manos o un abrazo. Por ejemplo, todos sabemos de la íntima amistad de David y Jonatán, y nadie se escandaliza cuando lee en 1 Samuel 10.42 que se besaron. Cuando Jesús fue invitado por Simón el fariseo a comer en su casa, leemos en la palabra de Dios que una mujer de la ciudad, que era pecadora, cuando supo que Jesús se encontraba en aquel lugar, trajo un frasco de alabastro con perfume, y llorando arrepentida, regaba con sus lágrimas los pies del Señor y los secaba con sus cabellos; luego, dice la palabra, besaba los pies de Jesús y los ungía con el perfume. Simón, el fariseo, criticó en su pensamiento este acto y criticó a Jesús también. El Señor, conociendo sus pensamientos, le refirió la bella parábola de los deudores y luego le hizo ver su falta de cortesía al no haberle dado agua para lavar sus pies al entrar a su casa - que era otra de sus costumbres - de no haberlo recibido con un beso - que era lo usual y correcto - y de no haberle ungido la cabeza con aceite (Lucas 7.36-46).

Cierto, el recibir a una visita con un beso era signo de aprecio y estimación, lo mismo que despedirle de la misma manera. ¿Quién de nosotros se ha extrañado de que Judas identificara a su Maestro con un beso cuando lo entregó a sus captores? (Lucas 22.48). Nadie, pues todos sabemos que esa era la manera de saludarse en ese tiempo y en esos lugares. Pero si nosotros por ignorancia, al leer en los versículos iniciales de este artículo, que los cristianos deben saludarse con un beso, quisiéramos implantarlo en nuestras congregaciones y obligáramos a nuestros hermanos a hacerlo, ¿qué resultado tendría? ¡Funestos y negativos! Entonces, ¿cómo cumpliremos con ese mandato? Saludándonos según nuestra costumbre, con un sencillo apretón de manos o un abrazo, que es la manera como expresamos nosotros nuestro aprecio, estimación y amor a las personas que queremos.

Imponer a nuestros hermanos opiniones propias, de cosas que no entendemos resulta en la desviación de la pura doctrina cristiana. La vanidad, el orgullo y el auto-engaño de creernos grandes maestros sin saber nada, nos puede llevar a caer y a arrastrar a otros en nuestra caída. Pidámosle a Dios la humildad necesaria para no ser vencidos por nuestro orgullo porque los que se hacen maestros sin la preparación necesaria, dice la palabra, tendrán mayor condenación (Santiago 3.1).

- Conrado Urrutia

La Voz Eterna, Junio 1980
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(Pasajes bíblicos tomados de la Biblia Reina-Valera Revisada ©1960 Sociedades Bíblicas en América Latina. Copyright renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Utilizado con permiso.)

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