DECLARACIÓN Y ALOCUCIÓN

 

Por Thomas Campbell

(Completo)

(El documento fue publicado en 1809)

Alocución

Breve resumen

La cuestión de bautismo

DECLARACIÓN 

Considerando la serie de hechos que han ocurrido en las iglesias durante los pasados años, sobre todo en este país occidental, así como lo que sabemos en general del presente estado de cosas en el mundo cristiano, estamos convencidos de que es hora ya no sólo de pensar sino de actuar por nosotros mismos, de ver con nuestros propios ojos y de tomar nuestras medidas directa e inmediatamente de los patrones divinos. Sólo a esto nos sentimos divinamente obligados a sujetarnos, ya que sólo por esto seremos juzgados. Estamos también convencidos de que ningún hombre debe ser juzgado por su hermano, como tampoco ningún hombre debe juzgar por su hermano; a todo ser hermano le debe estar permitido juzgar por sí mismo, ya que cada hombre debe cargar con su propio juicio y ha de dar cuenta de sí mismo a Dios.

También somos de la opinión de que, así como la palabra divina tiene una atadura para todos igualmente, todos estamos bajo la misma obligación de ser atados por ella; y que, por lo tanto, ningún hombre tiene derecho a juzgar a su hermano, excepto en la medida en que viole manifiestamente la letra de la Ley. Cada uno de esos juicios es una violación expresa de la Ley de Cristo, un intento de usurpación de su trono y una gran intrusión en los derechos y libertades de sus súbditos. Creemos, pues, que tenemos que guardarnos de tales cosas, que nos debemos mantener a la mayor distancia de todo lo que provenga de esta naturaleza, y que, sabiendo el juicio de Dios contra aquellos que cometen dichos actos, no debemos hacer lo mismo nosotros ni complacernos con aquellos que los hacen.

Sin embargo, siendo buenos conocedores, por triste experiencia, de la nefasta naturaleza y perniciosa tendencia a la controversia religiosa entre los cristianos; cansados y hartos de las amargas disputas y riñas con espíritu de partido, desearíamos permanecer en paz. Y, si fuera posible, también nos gustaría adoptar y recomendar tal medida, para que pudiera dar descanso a nuestros hermanos en todas las iglesias: que restauren la unidad, la paz y la pureza en toda la iglesia de Dios. A decir verdad, estamos desesperanzados de encontrar el descanso deseado para nosotros o de poder recomendárselo a nuestros hermanos, si continúan entre la diversidad y el rencor de los argumentos de partido, las incertidumbres y choques de opiniones humanas; ni podemos, razonablemente, esperar encontrarlo en ningún lugar excepto en Cristo y en su sencilla Palabra, que es la misma ayer, hoy y siempre.

Nuestro deseo, por tanto, para nosotros y para nuestros hermanos, es que, rechazando las opiniones humanas y las invenciones de los hombres, que no tienen ninguna autoridad ni ningún lugar en la iglesia de Dios, podamos dejar para siempre de argumentar de nuevo sobre dichas cosas, volviendo y manteniéndonos firmes en los patrones originales, tomando la Palabra divina como única dirección, al Espíritu Santo como nuestro maestro y guía, para que nos lleve a toda verdad, y sólo a Cristo, tal y como está mostrado en la Palabra, para nuestra salvación; que al hacer esto podamos estar en paz entre nosotros, tener paz con todos los hombres y santidad, sin la cual ningún hombre verá al Señor. Embargados por estos sentimientos, hemos resuelto lo que sigue:

1. Que nos unamos nosotros mismos para formar una asociación religiosa bajo el nombre de Asociación Cristiana de Washington, con el único propósito de promover el puro y simple cristianismo evangélico, libre de toda mezcla de opiniones humanas e invenciones de los hombres.

2. Que cada miembro, según su habilidad, alegre y liberalmente, abone una suma concreta, a ser pagada cada medio año, con el propósito de levantar un fondo para mantener un ministerio puro de los evangelios, que deberá limitarse a practicar la forma de doctrina, adoración, disciplina y gobierno expresamente revelados y ordenados en la Palabra de Dios. Y también para socorrer a los pobres con las Sagradas Escrituras.

3. Que esta Sociedad considere un deber, y use para este fin todos los medios convenientes a su alcance, fomentar la creación de asociaciones similares. Y que, con este propósito, se mantenga dispuesta a aplicar, corresponder y rendir toda posible ayuda a aquellos que deseen asociarse para alcanzar los mismos deseables e importantes objetivos.

4. Que esta Sociedad no se considere, en ninguna forma, una iglesia, ni asuma los poderes peculiares de la misma; ya que los miembros, como tales, no se consideren asociados con el propósito que caracteriza a la reunión de iglesia, sino solamente como participantes voluntarios en la reforma de la iglesia, poseyendo y respetando los poderes comunes a todos los individuos que deseen asociarse de forma ordenada y pacífica, con cualquier propósito legítimo, en este caso la disposición de su tiempo, consejo y propiedad, como estimen necesario.

5. Que esta Sociedad, formada con el único propósito de promover el cristianismo evangélico puro, apoye hasta el máximo de su poder y sustente sólo a aquellos ministros que demuestren una conformidad manifiesta con los patrones originales, tanto en su conducta personal como en doctrina, celo y diligencia; sólo a aquellos que lleven a la práctica la forma original del cristianismo genuino, expresamente contenida en las páginas sagradas, sin intentar inculcar la autoridad humana, la opinión privada, las invenciones de hombres, y sin pretender ocupar una parte en la constitución, fe o adoración de la iglesia cristiana; a aquellos que no inserten ningún elemento sobre la fe y el deber cristiano al que no se pueda añadir: "Así dice el Señor", ya sea en términos expresos o por precedentes aprobados.

6. Que un Comité permanente de veintiún miembros, de carácter moral excepcional, incluyendo el secretario y el tesorero, sea elegido anualmente para supervisar los intereses y tramitar los negocios de la Sociedad. Que dicho Comité sea investido con plenos poderes para actuar y ejecutar, en nombre y a favor de los constituyentes, todo aquello que la Sociedad previamente haya determinado, con el propósito de llevar a cabo totalmente el objetivo de su institución. Y que, en caso de cualquier emergencia que no haya sido prevista en los principios de la Sociedad, dicho Comité sea investido con el poder de convocar una reunión especial con el propósito de su solución.

7. Que esa Sociedad se reúna, por lo menos, dos veces al año, esto es, los primeros jueves de mayo y de noviembre, y que los recaudadores elegidos para recibir las cuotas semi-anuales de las suscripciones prometidas estén dispuestos a entregar la suma recogida al tesorero antes o durante cada reunión, a fin de que él pueda dar cuenta del estado de los fondos. La próxima reunión se llevará a cabo en Washington el primer jueves del próximo noviembre.

8. Que cada reunión de esta Sociedad sea iniciada con un sermón, que se lea la constitución y proclama, y que se recoja una colecta para beneficio de la Sociedad. Cualquier comunicación de naturaleza pública ha de ser expuesta a la Sociedad en sus reuniones semestrales.

9. Que esta Sociedad, dependiendo de la total suficiencia de la Cabeza de la iglesia y, por su gracia, aceptando con confianza la generosa liberalidad de los amigos sinceros del genuino cristianismo, se comprometa a ayudar con un sustento adecuado a aquellos ministros que el Señor disponga misericordiosamente y que quieran, a petición y por invitación de la Sociedad, promover una reforma evangélica pura, por la simple predicación del evangelio eterno y la administración de sus ordenanzas en exacta conformidad con los patrones divinos, como se ha mencionado antes. Y que, por tanto, lo que los amigos de la institución quieran aportar para el sustento de los ministros en conexión con esta Sociedad, que pueden ser enviados a predicar a distancias considerables, será recibido con agradecimiento y reconocido como una donación para sus fondos.

 

ALOCUCIÓN

A todos los que aman a nuestro Señor Jesucristo sinceramente en todas las iglesias, se somete respetuosamente la siguiente Proclama.

MUY AMADOS HERMANOS:

Que el gran designio y la tendencia primitiva de nuestra santa religión es reconciliar y unir a los hombres con Dios y entre ellos mismos en verdad y amor, para la gloria de Dios y su propio bien presente y eterno, no puede ser negado, imaginamos, por ninguno de los súbditos genuinos del cristianismo. El nacimiento de su Divino creador fue anunciado desde el cielo por una hueste de ángeles, con grandes aclamaciones a la voz de "Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz y buena voluntad para con los hombres".

Todo el carácter del Libro divino, que contiene los fundamentos del cristianismo en todas sus misericordiosas declaraciones, preceptos, ordenanzas y santos ejemplos, inculca esto de una forma altamente expresiva y poderosa. Por tanto, cuando esta santa unidad y unanimidad en fe y amor es conseguida, en el mismo grado se manifiesta la gloria de Dios, promoviendo y asegurando la felicidad de los hombres. Impulsados por estos sentimientos y, al mismo tiempo, penosamente conmovidos por las tristes divisiones que han interferido tan atrozmente en las benignas y misericordiosas intenciones de nuestra santa religión, excitando a sus miembros profesantes a morderse y devorase unos a otros, no encontraríamos justificación para nosotros mismos si retuviéramos el óbolo de nuestros sinceros y humildes esfuerzos por curarlas y extirparlas.

¡Qué efectos tan horribles y penosos han producido esas tristes divisiones! ¡Cuántas antipatías, cuántos reproches y calumnias, cuántas conjeturas diabólicas y encolerizados argumentos, cuántas enemistades, excomuniones e incluso persecuciones! Pero, a la verdad, esto continuará ocurriendo en alguna medida mientras sigan existiendo esos cismas; porque, como dice el apóstol, donde hay envidias y contiendas, hay confusión y toda clase de malas obras. ¡Y cuántos deplorables efectos de esas divisiones malditas se ven, incluso en este país tan altamente favorecido, donde la espada del magistrado civil aún no ha aprendido a servir al altar! ¿Acaso no hemos visto congregaciones divididas en multitud de fracciones, vecindades enteras de cristianos profesantes llevadas, primero, a la confusión por las contenciones partidistas y, al final, totalmente desprovistas de las ordenanzas evangélicas? Y, mientras tanto, grandes colonias y regiones de este país permanecen hasta hoy enteramente desamparadas de un ministerio evangélico; muchas de ellas no están mejor que si vivieran en un estado irreligioso.

O bien las iglesias están tan debilitadas con las divisiones que no les pueden enviar ministros, o bien la gente se encuentra tan dividida entre sí misma que no los recibirían. Al mismo tiempo, algunas personas que viven a las puertas de un evangelio predicado no osan, en conciencia, acudir a escucharlo y, por supuesto, disfrutan de muy pocas más ventajas, a ese respecto, de las que tendrían si vivieran en medio de los paganos. ¡Qué pocos, en dichas circunstancias, gozan de las dispensaciones de la Cena del Señor, esa gran ordenanza de unidad y amor! ¡Y de qué manera, tristemente, este accidentado y confuso estado de cosas interfiere en la comunión espiritual entre cristianos, unos con otros, que es tan esencial para su edificación y consuelo en medio de este presente mundo malvado! Encontrándose tan divididos en sentimientos y, naturalmente, viviendo a tales distancias, sólo unos pocos de la misma opinión o del mismo partido pueden reunirse convenientemente con propósitos religiosos o disfrutar, con la debida frecuencia, de las atenciones pastorales.

E incluso donde la situación se encuentra en mejor estado respecto a las iglesias establecidas, ¡cómo se relaja el ejercicio de la disciplina bajo la influencia del espíritu de partido! Muchos tienen miedo de practicarla con la necesaria rigurosidad, porque temen que sus gentes les abandonen y que, bajo la capa de alguna pretensión engañosa, encuentren refugio en el seno de otro partido. Y la verdad es que, aunque sea triste decirlo, tan corrompida está la iglesia con esas divisiones malditas, que hay muy pocos tan infames que no encuentren admisión en uno u otro partido profesante.

Por tanto, y en buena medida, ha sido desterrada de la iglesia de Dios la gran pureza de la comunión que se encuentra en las Escrituras y de cuya preservación depende la mayor parte de su bienestar, gloria y utilidad. Para completar el terrible resultado de nuestras miserables divisiones, un mal de naturaleza horrenda permanece todavía: el desagrado divino, justamente provocado por esa triste perversión del evangelio de paz; el Señor mantiene su misericordiosa presencia influyendo en sus ordenanzas y, con frecuencia, deja a los contenciosos autores caer en escándalos dolorosos, o los visita con juicio, como hizo en la casa de Elí.

De esta forma, mientras algunos cristianos profesantes se muerden y devoran entre sí consumiéndose unos a otros, o caen presa de los rectos juicios de Dios, los verdaderamente religiosos de todos los grupos son afligidos, los débiles tropiezan, los desfavorecidos y profanos se endurecen, las bocas de los infieles se abren para blasfemar contra la religión y, así, lo único que existe bajo el cielo divinamente eficaz para promover y asegurar el bien espiritual presente y eterno del hombre, esto es, el evangelio del bendito Jesús, es reducido a desdén, mientras que las multitudes, privadas de un ministerio evangélico, como ha sido observado, son presas fáciles para los seductores y se convierten en las víctimas de inauditos engaños. ¿Acaso no son éstos los efectos visibles de nuestras tristes divisiones, incluso en este país que, por otra parte, se cree feliz? Decid, queridos hermanos, ¿no es cierto todo esto? ¿No es, por tanto, de vuestra incumbencia esforzaros, por todos los medios que señalan las Escrituras, en remediar estos males? ¿Quién dirá que no le atañe? ¿Y acaso no os corresponde a vosotros especialmente, quienes ocupáis el lugar de los ministros del evangelio, ser líderes en esta loable empresa? Mucho depende de vuestro sincero acuerdo y celosos esfuerzos.

Esta favorable oportunidad que la providencia divina ha puesto en vuestras manos, en este afortunado país, para la realización de un bien tan grande es, en sí misma, un motivo de reflexión que requiere no poco esfuerzo. País que está, dichosamente, exento de la nociva influencia de un establecimiento civil de cualquier clase de cristianismo; que no se halla bajo la influencia directa de una jerarquía anticristiana, y que no mantiene, al mismo tiempo, una conexión formal con los devotos países que han entregado su fuerza y poder a la Bestia, en los cuales, por supuesto, ninguna reforma adecuada puede ser realizada hasta que la Palabra de Dios se cumpla y las redomas de su ira se viertan sobre ellos. Feliz exención, por cierto, la que le libra de ser el objeto de tan terribles juicios.

Y aún más dichosa será para nosotros si estimamos y mejoramos debidamente esas grandes ventajas hacia los altos y valiosos fines para los cuales son concedidas expresamente. Ciertamente, donde mucho es otorgado, mucho también será requerido. ¿Puede el Señor esperar o pedir de su pueblo (al que le han sido concedidos, tan liberalmente y en circunstancias inmejorables, todos los medios y mercedes) menos que una reforma total y completa, civil y religiosa, según su Palabra? ¿Podemos suponerlo siquiera? ¿Y acaso tal mejoramiento de nuestros preciosos privilegios no va a contribuir en la misma medida a la gloria de Dios y a nuestro propio bien presente y eterno? Los prometedores fenómenos de estos tiempos proporcionan argumentos colaterales de una naturaleza muy alentadora y aseguran que nuestros debidos y píos esfuerzos no serán en vano en el Señor. ¿No es éste el día de la venganza del Señor sobre el mundo anticristiano, el año de las recompensas por la controversia de Sión? Es seguro, pues, que el tiempo de favorecerla ha llegado, porque es ahora el tiempo establecido. ¿Y no ha sido dicho que Sión será construida en tiempos difíciles? Los esfuerzos realizados desde el principio de la Revolución Francesa para que el evangelio sea promulgado entre las naciones, ¿no han sido mayores que los llevados a cabo durante los siglos anteriores a tal hecho? ¿Y no han descubierto las iglesias, tanto en Europa como en América, desde ese período, una preocupación extraordinaria por el desarraigo de las contiendas, por la curación de las divisiones, por la restauración de la comunión entre hermanos cristianos, unos con otros, y por el fomento del mutuo bien espiritual, como lo testifican los documentos publicados sobre esos temas?

Nosotros, por tanto, no deberíamos dejarnos excitar por estas consideraciones sino unirnos, con todo nuestro poder, para ayudar a promover este buen trabajo y para que lo que aún permanece por hacer pueda ser totalmente realizado. Sin embargo, a pesar de los bien intencionados esfuerzos y una vez lograda la unión, hay casos en los que no se ha triunfado totalmente a voluntad de todos los partidos: ¡Disuadamos nosotros de intentar conseguir esta victoria! Los cristianos deberían dejar de contender, aunque lo hagan sinceramente, por los sagrados artículos de fe y obediencia tras haber rescatado a los santos, a causa de la oposición y las escasas posibilidades de alcanzar buen éxito, a pesar de que éste, en muchos casos, corresponde a sus fieles y honestos esfuerzos; la causa divina de verdad y justicia podría haber sido abandonada hace mucho tiempo.

¿Es que el cisma de Goliat es superior a muchos otros males contra los cuales los cristianos tienen que combatir? ¿Acaso el Capitán de la Salvación ha desistido en su persecución o ha proclamado una tregua con este enemigo mortal que está desenvainando su espada en las propias entrañas de la iglesia, lacerando y destrozando su cuerpo místico? ¿Ha dicho el a sus siervos: "No intentéis cambiar nada"? Si no, ¿dónde está la orden para que cesen los esfuerzos por extirpar estos males? Por otra parte teniendo ante nosotros las sabias experiencias de quienes han cometido negligencias y errores, que, en muchos casos y hasta ahora, han impedido obtener los resultados deseados ¿no pueden instruirnos mejor acerca de cómo proceder en este asunto? Así, aleccionados por la experiencia y felizmente provistos de las instrucciones acumuladas por aquellos que caminaron delante de nosotros, trabajando sinceramente en esta buena causa, tomemos para nosotros mismos la armadura de Dios y, con nuestros pies cubiertos por el apresto del evangelio de paz, mantengámonos firmes en este importante deber con toda perseverancia. No dejéis que ninguno que ame la paz de Sión sea desanimado ni mucho menos ofendido, porque un objetivo de tal magnitud no precisa la expresa aprobación de los poderosos ni de la mayoría. Esta deliberación, si es debidamente sopesada, no ofenderá ni producirá desánimo en quien considere su auténtica naturaleza, de acuerdo con lo que ya ha sido sugerido.

¿No es un derecho universal, y también un deber perteneciente a cada ciudadano de Sión, buscar su propio bien? A este respecto nadie puede reclamar una preferencia sobre su prójimo, bajo ningún pretexto, ni mucho menos pretender una prerrogativa especial. En cuanto a la arrogancia de autoridad, no tiene cabida en esta tarea: sin duda, nadie puede suponerse así mismo investido con derecho divino porque posea alguna cualidad peculiar, ni utilizar esta pretensión para llamar la atención a sus hermanos en esta solícita e importante empresa. Por nuestra parte, no abrigamos dichas arrogantes presunciones ni pretendemos imponer nuestro pensamiento a ninguno de nuestros hermanos, para que este buen trabajo permanezca estancado hasta el momento en que ellos consideren conveniente venir y confirmar el intento, impulsados por su invitación y ejemplo. Es éste un campo abierto, un trabajo extensivo al que todos están igualmente invitados y son siempre bienvenidos.

Si nosotros confiáramos en nuestra propia suficiencia, viendo la grandeza del objetivo y las múltiples dificultades que subyacen en el camino de su cumplimiento, de buena gana exclamaríamos con el apóstol: "¿Quién es suficiente para estas cosas?" Pero si nos reconocemos a nosotros mismos no seremos por ello desanimados, estando persuadidos con él de que, así como el trabajo en el que estamos ocupados, nuestra suficiencia proviene de Dios. Sin embargo, después de todo, tanto los poderosos como la mayoría están con nosotros. El mismo Señor y todos aquellos que forman su verdadero pueblo se declaran a nuestro lado. Y contamos no sólo con las oraciones de todas las iglesias, sino con las del propio Cristo (Juan 17.20,23). La bendición de Sión ha sido pronunciada sobre nuestra empresa: "Orad por la paz de Jerusalén; los que te aman serán prosperados". Teniendo con nosotros este apoyo, ¿qué podrá detenernos en la empresa celestial o nos desesperará en el intento de conseguir, a su debido tiempo, la completa unión de todas las iglesias en fe y práctica, según la Palabra de Dios? No es que nos juzguemos a nosotros mismos competentes para efectuar tal cosa; rechazamos totalmente ese pensamiento. En cambio, juzgamos como nuestro deber más cercano emprender este cometido usando para ello todos los medios adecuados en nuestro poder. Y también creemos que tenemos suficiente razón para estar seguros de que nuestros humildes y bienintencionados esfuerzos no serán en vano, gracias al Señor.

La causa por la que abogamos no es nuestra propia causa particular ni la de ningún partido, considerado como tal. Es una causa común, la causa de Cristo y de nuestros hermanos en todas las denominaciones. Todo lo que pretendemos, pues, es cumplir con lo que humildemente concebido como nuestro deber, en unión de todo aquel a quien del mismo modo corresponda, como a nosotros, esforzarnos en este bendito propósito. Pero, como no tenemos una razón justa para dudar de la concurrencia de nuestros hermanos con ánimo de alcanzar una meta tan deseable en sí misma, que conlleva consecuencias tan felices, tampoco podemos experimentar un placer anticipado por ese acontecimiento que pondría fin definitivamente a nuestras desafortunadas divisiones y restauraría a la iglesia su unidad, pureza y prosperidad primitivas, sino tan sólo mantener la esperanza en su sincera y solícita cooperación.

Queridos y amados hermanos: ¿por qué juzgamos imposible el hecho de que la iglesia de Cristo, en este país tan altamente favorecido, asuma la unidad, paz y pureza originales que pertenecen a su naturaleza y constituyen su gloria? ¿Hay algo que, en justicia, pueda ser considerado necesario para conseguir este deseable propósito, adecuarse al modelo y que lo que ha de ser hecho empiece a realizarse en algún momento, en alguna parte, y no importa dónde ni por quién? Si el Señor pone su mano en el trabajo, ciertamente prosperará. Y, como ya se ha señalado, muchas veces le ha placido, en su misericordia, efectuar los hechos más grandes a partir de principios muy pequeños e incluso por medios que parecían ineficaces. Por tanto, el deber es nuestro, pero los acontecimientos pertenecen a Dios.

Esperamos, pues, que lo que proponemos no sea juzgado como una irrazonable o inoportuna empresa. ¿Por qué debería ser estimada inoportuna? ¿Es que se ha asignado a los tiempos que procuren favorecer ciertos intentos, mientras las cosas siguen como están? ¿Qué se supone que podrían hacerlo? ¿No debería darse antes la aproximación de los partidos para lograr una mayor cercanía en temas de profesión pública de la fe o similitud de costumbres? ¿O debemos esperar un declive gradual del fanatismo? En cuanto a la primera cuestión, es bien sabido que donde la diferencia es menor la oposición actúa con un grado de vehemencia inversamente proporcional a los méritos de la causa. Con respecto a la última, aunque nos alegra decir que en algunos casos y lugares (y, esperamos, universalmente) el fanatismo está en declive, no estamos autorizados por la experiencia pasada ni por la presente a trabajar confiando en esa suposición. No hemos visto todavía los resultados que cabría esperar en tal caso, ni creemos, ciertamente, que se produzcan porque siempre habrá multitud de personas débiles en la iglesia y éstas con, generalmente, las más expuestas al fanatismo.

A esto se añade que, mientras haya divisiones, siempre se encontrarán hombres interesados que no dudarán en apoyarlas. Por otro lado, Satanás no desechará cualquier oportunidad para obtener una ventaja tan importante en los negocios de su reino. A modo de observación adicional diremos que tampoco nosotros nos contentaríamos con un razonamiento de este tipo que afectara a nuestros intereses seculares en cuestiones de similar importancia. ¿Podemos añadir, práctica de la iglesia primitiva, expuesta claramente en el Nuevo Testamento? Y si esto puede producir alguna alteración en una o en todas las iglesias, no debería, pensamos, sea tenido por inadmisible ni tampoco ininteligible. De buen seguro, tales alteraciones supondrían siempre una mejora y no un empeoramiento, a menos que creyéramos que la regla inspirada por Dios es imperfecta o defectuosa. Si nosotros, por tanto, nos mantuviéramos en completa conformidad con la iglesia apostólica en la constitución y dirección de la iglesia, ¿no seríamos tan perfectos como Cristo pretendía que fuéramos? ¿Y no debería ser esto suficiente para nosotros?

En nuestra opinión es agradable saber que todas las iglesias de Cristo, que se reconocen mutuamente como tales, no sólo están de acuerdo en las grandes doctrinas de fe y santidad, sino que están unánimes también en la consideración de las positivas ordenanzas que fundamentan el evangelio, de modo que nuestras diferencias se basan, a lo sumo, en aspectos que no pertenecen al reino de Dios, esto es, en asuntos de opinión particular o de invención humana. ¡Qué pena que el reino de Dios esté dividido por tales cosas! Por eso, ¿quién de nosotros no se ofrecería en primer lugar para abandonar los humanos inventos que intervienen en la adoración a Dios y dejaría de imponer sus opiniones personales sobre sus hermanos, para que nuestras brechas sean curadas de este modo? ¿Quién no se adaptaría voluntariamente al patrón original indicado en el Nuevo Testamento, a fin de alcanzar este buen fin?

Y, por favor, sepan los queridos hermanos de todas las denominaciones que nosotros también tenemos nuestros prejuicios educacionales y costumbres particulares, contra los que debemos luchar tanto como ellos. Pero sinceramente declaramos que todo lo que hayamos recibido hasta ahora como materia de fe o ejercicio que no esté enseñado y ordenado en la Palabra de Dios, ya sea en términos expresos o por precedentes aprobados, lo abandonamos de todo corazón para que así podamos volver a la primitiva unidad constitucional de la iglesia cristiana y, en esta feliz unión, disfrutemos de completa comunión con todos nuestros hermanos, en paz y amor. La misma condescendencia esperamos, francamente, de todos los que en verdad están concienciados de la sumisión que deben a Dios, unos a otros y a sus moribundos hermanos del género humano. Para lograr esto llamamos e invitamos a nuestros hermanos de todas las denominaciones, invocando los sagrados motivos que hemos confesado y también las razones que nos han impulsado a hablarles así.

Todos vosotros, amados hermanos, sois objeto de nuestro amor y estima. Con todos vosotros deseamos unirnos en los vínculos de una completa unidad cristiana; que sólo Cristo sea la Cabeza, el centro, y su Palabra, la Regla, compartiendo una creencia explícita y una conformidad manifiesta con ella, en todas las cosas y en todos los términos. No requiráis más que esto de nosotros, del mismo modo que no podemos demandar menos de vosotros. Imaginamos que nadie lo hará, porque ¿a qué buen propósito serviría? No nos atrevemos a asumir ni a proponer la manida y ambigua distinción entre "esenciales" y "no esenciales" en asuntos de verdades reveladas y deberes. Estamos firmemente persuadidos de que, cualquiera que sea su relativa importancia, considerada en su forma más sencilla, la fuerza de la autoridad divina al revelarlos u ordenarlos hace que su creencia y ejecución sean esenciales para nosotros desde el mismo instante en que llegaran a nuestro conocimiento.

Y permanecer ignorantes de cualquier cosa que Dios haya revelado, no puede ser nuestro deber ni mucho menos nuestro privilegio. Suponemos humildemente, queridos hermanos, que no podéis oponer ninguna objeción pertinente en este aspecto. Y de nuevo os instamos a que comprendáis que nuestra invitación es minoritaria; con vuestra adhesión seremos muchos. Pero, seamos pocos o muchos, en última instancia formamos una unidad ante el acontecimiento que aguarda la sincera concurrencia de todos. Además, que el intento aquí sugerido, al no ser de una naturaleza parcial sino general, no tiene tendencia alguna a provocar celos o dañar los sentimientos de ningún partido. Al contrario, todo esfuerzo destinado a conseguir una permanente unidad escritural entre las iglesias, sobre la sólida base de verdades universalmente reconocidas y evidentes, conseguirá iluminar y conciliar, manifestando así su amor mutuo y celo por la verdad. "A quien amo en la verdad", dice el apóstol; "y no sólo yo - añade -, sino también todos aquellos que han conocido la verdad; por amor a la verdad, que está en nosotros y estará con nosotros para siempre". En verdad, si no exhibimos una divina y adecuada base de unión que cuente con la aprobación de cada cristiano recto y consecuente, ni adoptamos un modelo de procedimiento en favor de los débiles que no oprima sus conciencias, entonces el cumplimiento del que, en principio, es un gran objetivo será de todo punto imposible.

No quedaría, según esta suposición, ninguna otra forma de conseguirlo, sino simplemente a través de un compromiso voluntario y una reconciliación de buena voluntad. Sin embargo, cualquier cristiano que crea que los mandamientos y oraciones del Señor Jesucristo son ineficaces, jamás se cuestionará la consecución de la meta que proponemos. Por tanto, cualquiera que fuere la forma en que se efectúe, ya sea sobre las bases sólidas de la Verdad divinamente revelada o sobre el afable principio de la paciencia y misericordiosa complacencia cristianas, ¿no es igualmente practicable y deseable para nosotros, como pudiera serlo para cualquiera? A menos que nos creamos desprovistos del temple y discernimiento cristiano que no cualifican y son esencialmente necesarios para hacer la voluntad de nuestro Redentor, cuyo mandamiento expreso a su pueblo consiste en que "no haya entre vosotros divisiones", sino que todos se rijan por la misma regla, hablen una sola cosa y estén "perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer". Creemos, por tanto, que esto es tan practicable como deseable. Vamos a intentarlo. "Adelante, trabajando, y el Señor estará con nosotros".

¿No oramos todos para que llegue el día feliz en el que no habrá más que un rebaño, así como hay solamente un Pastor principal? ¿Qué, pues? ¿Oraremos por una cosa y no nos esforzaremos en conseguirla? ¿No usaremos los medios necesarios para llevarla a cabo? ¿Qué le dijo el Señor a Moisés sobre un caso de conducta similar? "¿Por qué clamas a mí? Di a los hijos de Israel que marchen. Y tú alza tu vara, y extiende tu mano..." Dejad que los ministros de Jesús hagan suya esta exhortación, pongan su mano en el trabajo y animen a la gente para que marche sobre el firme terreno de la verdad, uniéndose con los lazos de una completa unidad cristiana. ¿Quién se atreverá a decir que esto no se cumplirá en breve? "Allanad, allanad; barred el camino, quitad los tropiezos del camino de mi pueblo", dice vuestro Dios. A vosotros, como líderes declarados y reconocidos, os corresponde ir delante del pueblo en este buen trabajo, barriendo un camino lleno de opiniones humanas e invenciones de los hombres; separando cuidadosamente la broza de trigo puro de la revelación primaria y auténtica; desterrando una supuesta autoridad que, con su decretado y promulgado poder, ha impuesto y establecido tantas lacras. En este misión ministerial, por tanto, esperamos con ansiedad.

Ministros de Jesús, no podéis ser ignorantes ni permanecer impasibles ante las divisiones y corrupciones de su iglesia. Sus mandamientos al morir, sus últimas y ardientes oraciones por la unidad del pueblo que profesa fe en él no os permitirán ser indiferentes en este asunto. No podéis ni debéis callar ante un problema de vital importancia para su gloria personal y felicidad de su pueblo. No debéis, porque el silencio muestra consentimiento. Más bien levantaréis vuestras voces como una trompeta para explicar la horrible naturaleza y espantosas consecuencias de esas anticristianas divisiones, que tanto han desgarrado y arruinado a la iglesia de Dios. Por tanto, haciendo justicia a vuestra condición y carácter, que ha honrado el Señor, anticipamos con esperanza vuestros celosos y fieles esfuerzos por curar las brechas de Sión, para que los amados hijos de Dios puedan vivir juntos en unidad y amor. Pero si nuestros anhelos no llegan a cumplirse... nos abstenemos de imaginar las consecuencias (véase Malaquías 2.1-10).

¡Qué los ministros y la gente consideren que no hay divisiones en la tumba ni en el mundo que nos espera detrás de ella! ¡Allí nuestras divisiones tienen que finalizar! ¡Todos nos uniremos allá! ¡Ojalá pudiéramos encontrar en nuestros corazones el modo de atajar nuestras cortas divisiones aquí; sólo así podremos dejar una bendición detrás de nosotros; más aún, una iglesia feliz y unida. Entretanto, ¿qué gratificación, qué utilidad pueden proporcionar dichas divisiones a los ministros y a las demás gentes? Si fueren perpetuadas hasta el día del juicio, ¿convertirían a un pecador del error de sus caminos? ¿Salvarían un alma de la muerte? ¿Tienden a mitigar la multitud de pecados que son tan deshonrosos para Dios y dañinos para su pueblo? ¿No los ocasionan e incluso los estimulan? ¡Cuán innumerables e imperdonables son los pecados que han producido y están produciendo, tanto entre los profesantes como entre los profanos! Os rogamos, os suplicamos pues, queridos hermanos, por todas estas consideraciones, que concurráis a colaborar en esta bendita y necesaria tentativa.

Lo que corresponde al trabajo de todos, debe ser hecho por todos. Así ocurrió con el levantamiento del tabernáculo en el desierto. Así es la labor a la cual sois llamados, no por la autoridad del hombre sino por la de Jesucristo y la del Padre, quien le resucitó de los muertos. Por esta autoridad sois convocados a restaurar el tabernáculo de David, que ha sido destruido entre nosotros, y edificarlo sobre su propia base. Pero no podréis hacerlo si cada hombre se encierra en su hogar y consulta únicamente con los intereses de su propio grupo. Si no os asociáis, consultáis y aconsejáis mutuamente, si no analizáis el tema de forma amistosa y cristiana, nada puede ser hecho. Por tanto, con el debido respeto y sumisión, llamamos la atención de nuestros hermanos sobre el importante deber de asociación. Uníos con nosotros en la causa común del sencillo cristianismo evangélico; estamos firmemente dispuestos a trabajar juntos en esta gloriosa tarea. Unidos prevaleceremos. Porque se trata de la causa de Cristo y de nuestros hermanos en todas las iglesias, a favor de la unidad universal, paz y pureza. Y porque es una causa que prosperará finalmente, pese a toda oposición, vamos a unirnos para secundarla. Avanzad con nosotros, querido hermanos, y ayudadnos. No permitáis que os adormezca esa canción sirena del cristiano perezoso y renuente: "El tiempo aún no ha llegado; el tiempo no ha llegado, dice, el tiempo de que la casa del Señor sea construida". No le creáis.

¿No discernís las señales de los tiempos? ¿No se han levantado los dos testigos de su estado de muerte política, bajo el largo destierro de las eras? ¿No se han afirmado sobre sus pies, en la presencia de sus enemigos y para su consternación y terror? ¿No ha sido acompañada su resurrección por un gran terremoto? ¿No ha sido destruida por él la décima parte de la ciudad? Este acontecimiento, ¿no ha despertado la indignación de las naciones? ¿No han estado enojadas, sí, muy enojadas? Por todo esto, oh Señor, tu ira ha caído sobre ellos. Ha llegado el tiempo en que los muertos serán vengados y darás la recompensa a tus siervos los profetas y a aquellos que temen tu nombre, pequeños y grandes. Es la hora de aniquilar a quienes han destruido la tierra. ¿Quién de nosotros no ha oído el relato de estas cosas: relámpagos, truenos y voces; un terremoto tremendo y un gran granizo; terribles convulsiones y revoluciones que han dividido y destrozado a las naciones como vasija de alfarero? ¿No hemos sentido nosotros mismos las remotas vibraciones de este horrible temblor, que Dios, misericordiosamente, ha colocado a una gran distancia?

¿Qué diremos ante todo esto? ¿Es tiempo de permanecer inactivos en medio de nuestras corrupciones y divisiones, mientras el Señor, por su palabra y providencia, nos llama insistentemente al arrepentimiento y la reforma? "Despierta, despierta, vístete de poder, oh Sión; vísete tu ropa hermosa, oh Jerusalén, ciudad santa; porque nunca más vendrá a ti incircunciso ni inmundo. Sacúdete del polvo; levántate y siéntate, Jerusalén; suelta las ataduras de tu cuello, cautiva hija de Sión". Así se resume esa preciosa, querida y comprada libertad, a través de la cual Cristo ha hecho libre a su pueblo; una libertad de la opresión de cualquier autoridad religiosa excepto la suya. No llaméis "padre" o "señor" a ningún hombre en la tierra; porque uno es vuestro Señor, Cristo; todos vosotros sois hermanos. Manteneos firmes, pues, en esta libertad y no seáis sometidos de nuevo por el yugo de la esclavitud. Para la reivindicación de dicha libertad nosotros nos hemos declarado sus sinceros y voluntarios defensores. Y con este benigno y solícito propósito nos hemos asociado, a fin de poder contribuir con el óbolo de nuestros humildes esfuerzos para alcanzarlo y también invitar a nuestros hermanos a que imiten este ejemplo.

Como primeros frutos de nuestros esfuerzos, respetuosamente sometemos a vuestra consideración las siguientes proposiciones, confiando en que, con caridad y franqueza, no despreciaréis ni mal interpretaréis nuestro humilde y arriesgado intento. Si en alguna medida sirvieran de precedente para abrir el camino a una permanente unidad escritural entre los amigos y amantes de la verdad y la paz a través de las iglesias, nos alegaríamos grandemente con ello. De ningún modo pretendemos pontificar y, si se lograra proponer algo más consistente y adecuado lo pondríamos a vuestro servicio. Vuestra pía y respetuosa atención a un objetivo de tal magnitud os inducirá a comunicarnos las enmiendas que apuntéis; de esta forma, lo que se siembre en debilidad será resucitado en poder. Porque, ciertamente, los dones colectivos que son conferidos a la iglesia, si se unen debidamente y se encaminan a sostener cualquier aspecto del deber encomendado, serían más que suficientes para la correcta y triunfante ejecución del mismo. "Porque a éste es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro, fe por el mismo Espíritu... a otro, discernimiento de espíritus... Pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho..." "Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios".

Por tanto, ante estas instrucciones y con la seguridad de la total suficiencia en la gracia divina, que la iglesia ha recibido de su Cabeza, no podemos dudar justificadamente de la concurrencia de sus genuinos miembros, ni de su capacidad cuando actúan conjuntamente a fin de conseguir todo lo necesario para su gloria y su propio bien. Ciertamente, la unidad visible en verdad y santidad, en fe y amor, es, sobre todas las cosas, la mayor contribuyente a nuestra causa, si damos digno crédito a los mandamientos y oraciones que pronunció nuestro misericordioso Señor al morir. Por ello, en una cuestión de tanta importancia, nuestros hermanos cristianos, por muy diferenciados que se encuentren bajo nombres de grupos no pueden ni deben negar su ayuda. Queremos ser sus deudores, en la misma medida que ellos están obligados, inexcusablemente, a ser nuestros benefactores. Acercaos, pues, a la obra, queridos hermanos; os lo suplicamos humildemente. Haced que vuestra luz brille sobre nuestros débiles comienzos y nos ilumine en el trabajo. Manifestad vuestro celo por la gloria de Cristo y el bienestar espiritual de vuestros hermanos cristianos, por una sincera cooperación para promover la unidad, pureza y prosperidad de su iglesia.

Y no permitáis que nadie imagine que nuestras proposiciones pretenden instaurar un nuevo credo o norma para la iglesia, o que intentan ser designadas como condiciones para la comunión. Nada hay más lejos de nuestra finalidad. Únicamente son propuestas para abrir el camino, para que podamos llegar, imparcial y firmemente, al terreno original a través de claras y ciertas premisas, retomando la situación de la iglesia como los apóstoles la dejaron. De esta forma, eliminando los desconciertos acumulados en los años intermedios, podremos mantenernos imbatibles en las mismas circunstancias en las que la iglesia se mantuvo en el principio. Habiendo aclarado esto para solicitar vuestra atención y prevenir posibles equívocos, proponemos lo siguiente:

1. Que la iglesia de Cristo sobre la tierra es esencial, intencional y constitucionalmente una, y la forman todos aquellos que, en cualquier lugar del mundo, profesan fe en Cristo y obediencia a él en todas las cosas según las Escrituras, manifestándolo por su temple y conducta. Cualquier persona que no cumpla esto no puede ser llamada verdadera y propiamente cristiana.

2. Que, aunque la iglesia de Cristo sobre la tierra necesariamente ha de existir en sociedades particulares y distintas, localmente separadas unas de otros, sin embargo no debe haber ningún cisma, ninguna desamorosa división entre ellas. Deben recibirse unas a otras así como Cristo Jesús las recibió también, para la gloria de Dios. Y, con este propósito, han de regirse todas por la misma regla; pensar y hablar la misma cosa; estar perfectamente unidas en una misma mente y en un mismo juicio.

3. Que, a fin de hacer esto, nada sea inculcado a los cristianos como artículo de fe ni requerido de ellos como condición para la comunión, sino lo que está expresamente enseñado y encomendado en la Palabra de Dios. Nada debe ser admitido como obligación divina en la constitución y dirección de la iglesia, salvo lo ordenado por la autoridad de nuestro Señor Jesucristo y sus apóstoles en la iglesia del Nuevo Testamento, ya sea en términos expresos o por precedente aprobado.

4. Que, aunque las Escrituras del Antiguo y Nuevo Testamento están conectadas, formando juntas una perfecta y completa revelación de la voluntad divina para la edificación y salvación de la iglesia y, por tanto, en ese aspecto, son inseparables, sin embargo, respecto a lo que pertenece directa y propiamente a su objetivo inmediato, el Nuevo Testamento es una constitución tan completa para la adoración, disciplina y gobierno de la iglesia cristiana, y una regla tan perfecta para los deberes particulares de sus miembros, como el Antiguo Testamento lo era para la adoración, disciplina y gobierno de la iglesia veterotestamentaria y para sus deberes específicos.

5. Que, en relación con los mandamientos y ordenanzas de nuestro Señor Jesucristo, si se presenta algún caso en el que las Escrituras silencian la forma de ejecución o el tiempo en que deba realizarse, ninguna autoridad humana tiene poder para interferir, para suplir la supuesta deficiencia haciendo leyes nuevas para la iglesia. En tales situaciones, nada puede requerirse de los cristianos, sino que observen los mandamientos y ordenanzas que respondan evidentemente a los fines declarados y obvios de su institución. Ninguna autoridad humana tiene poder para imponer nuevos decretos sobre la iglesia, si Cristo no los ha ordenado. Nada deber ser recibido como objeto de fe o adoración en la iglesia, ni instituirse como condición para la comunión entre cristianos, que no sea tan antiguo como el Nuevo Testamento.

6. Que, aunque existen deducciones de premisas de las Escrituras (si se infieren justamente) que pueden ser llamadas verdaderamente doctrinas de la Santa Palabra de Dios, sin embargo no deben coaccionar la conciencia de los cristianos más allá de la conexión que ellos perciban y cuando entiendan que les atañen, porque su fe no debe colocarse en la sabiduría de los hombres, sino en el poder y veracidad de Dios. Estas deducciones no pueden condicionar la comunión, pero sí pertenecen propiamente a la posterior y progresiva edificación de la iglesia. Por tanto, es evidente que ninguna deducción o verdad inferida debiera tener lugar en la confesión de la iglesia.

7. Que las exposiciones doctrinales del gran sistema de verdades divinas y testimonios defensivos en oposición a errores comunes son convenientes en sumo grado, y deben ser lo más completas y explícitas posible; sin embargo, ya que éstas han de ser, en gran medida, efecto de nuestro razonamiento y por supuesto deben contener muchas verdades deducidas, no pueden esgrimirse como condición para la comunión cristiana. A menos que supongamos (lo cual es contrario al deseo divino) que ningún cristiano tiene derecho a la comunión de la iglesia, salvo aquellos que poseen un juicio muy claro y decisivo o han llegado a un nivel muy alto de información doctrinal. La iglesia desde el principio se compuso, y siempre se compondrá, tanto de niños pequeños y jóvenes como de padres.

8. Que, aunque no es necesario que las personas deban tener un conocimiento especial o una comprensión nítida de todas las verdades divinamente reveladas para obtener un lugar en la iglesia, tampoco deberían, con este propósito, ser obligadas a hacer una profesión que exceda a su propio conocimiento. Pero si tienen la debida medida de aceptación de las Escrituras respecto a su condición pecadora y perecedera por naturaleza, y del camino de salvación a través de Jesucristo, acompañada de una profesión de fe y obediencia a él en todas las cosas, según su Palabra, poseen todo lo necesario para su admisión en la iglesia.

9. Que todos aquellos que han sido capacitados por gracia para realizar tal profesión y para manifestarla en su temple y conducta, deben considerarse unos a otros como los santos amados de Dios; deben amarse unos a otros como hermanos, hijos de la misma familia y Padre, templos del mismo Espiritu, miembros del mismo cuerpo, súbditos de la misma gracia, objetos del mismo amor divino, comprados con el mismo precio y coherederos de la misma herencia. A los que Dios así ha unido, ningún hombre debiera atreverse a separar.

10. Que la división entre cristianos es un horrible mal y conlleva otras muchas desgracias. Es anticristiana, ya que destruye la unidad visible del cuerpo de Cristo, como si estuviera dividido contra sí mismo, excluyendo e incomunicando una parte de sí mismo. Es antibíblica, ya que en la Escritura está estrictamente prohibida por su autoridad soberana, porque supone la violación directa de su mandamiento expreso. Es antinatural, ya que incita a los cristianos al desprecio y al odio mutuos y a oponerse unos a otros, cuando en realidad deberían estar unidos por las más altas y estimadas obligaciones de amarse entre sí como hermanos, así como Cristo les amó. Es, en fin, promotora de confusión y de toda clase de males.

11. Que, unas veces, el olvido parcial de la voluntad revelada de Dios y, otras, la adopción de una autoridad terrena para aprobar opiniones e invenciones humanas acerca de condiciones para la comunión, introduciéndolas en la constitución, fe o adoración de la iglesia, son y han sido las inmediatas, obvias y universalmente reconocidas causas de todas las corrupciones y divisiones que siempre han tenido lugar en la iglesia de Dios.

12. Que lo necesario para alcanzar el más alto estado de perfección y pureza en la tierra es lo siguiente: Primero, que sólo sean recibidos como miembros aquellos que tengan esa correcta medida de conocimiento propio de las Escrituras descrito anteriormente, profesando fe en Cristo y obediencia a él en todas las cosas según la Biblia. Segundo, que a nadie sea retenida la comunión, si manifiesta la realidad de su profesión por su temple y conducta. Tercero, que sus ministros, bíblicamente cualificados, inculquen única y exclusivamente aquellos artículos de fe y santidad revelados y ordenados en la Palabra de Dios. Por fin, que en todos sus ministerios permanezcan fieles a la observancia de las ordenanzas divinas, siguiendo el ejemplo de la iglesia primitiva, exhibido en el Nuevo Testamento, sin añadir ninguna opinión humana o invención de los hombres.

13. Por último, que si algunas circunstancias indispensables para la obediencia a las ordenanzas divinas no se encuentran en las páginas de la Revelación, sólo aquellas que sean absolutamente necesarias para este propósito pueden ser adoptadas bajo el título de recursos humanos, sin pretensión de origen sagrado, de manera que cualquier alteración consecuente o diferencia en el acatamiento de ellas no produzca contención ni división en la iglesia.

De la naturaleza e interpretación de estas propuestas puede desprenderse que han sido establecidas para utilidad y provecho del fin que persigue nuestra Asociación. Pero en realidad se han expuesto con el expreso propósito de cumplir un deber de anterior necesidad, un deber firmemente establecido por las circunstancias presentes en manos de todo aquel que desee servir a los intereses de Sión; un deber no sólo ordenado, como se afirma en Isaías 57.14, sino también profetizado para el remanente fiel, como algo en lo que se ocupara voluntariamente: "El que en mí confía tendrá la tierra por heredad, y poseerá mi santo nombre. Y dirá Allanad, allanad; barred el camino, quitad los tropiezos del camino de mi pueblo". Preparar el camino para una unidad permanente entre los cristianos, llamando su atención sobre verdades fundamentales, dirigiendo su conciencia a los auténticos comienzos, allanando el camino delante de ellos al barrer las piedras de tropiezo - los escombros que los tiempos han arrojado en él - y cercándolo a cada lado para que al avanzar hacia el objeto deseado no puedan desviarse a causa de errores o negligencias, es, al menos, la sincera intención de las propuestas mencionadas.

Ahora corresponde a nuestros hermanos decidir hasta donde quieren llegar para responder a esta llamada. ¿Creen en verdades demostrables a la luz de las Escrituras y de la razón, de forma que negando alguna parte de ellas la afirmación contraria sea absurda e inadmisible? Consideradas como condición para llevar a cabo los propósitos explicados, ¿son suficientemente adecuadas, de forma que si se obra según ellas nos guíen, alcanzamos infaliblemente el resultado deseado? Si son defectuosas en cualquiera de estos aspectos, dejad que sean corregidas y enmendadas hasta convertirlas en evidentes e irreprensibles. Dejad que sean examinadas con rigor, con todo el rigor que la justicia, la franqueza y el amor admitan. Si hemos equivocado el camino, nos alegaremos de ser corregidos; pero si, por el contrario, hemos sugerido acertadamente obvias e innegables verdades que, al ser adoptadas, conducen a la anhelada unidad y la aseguran una vez obtenida esperamos que no se nos objete el que no hayan procedido de un Consejo General. No es la voz de la multitud, sino la voz de la verdad, la que tiene poder sobre la conciencia, la que puede producir una convicción racional y guiar a la obediencia. Una conciencia que espera la decisión de la multitud, que permanece indecisa hasta que la mayoría deposite su voto, es presa fácil del pecado. Y estamos persuadidos de que éste es el sentir uniforme de los verdaderos cristianos en todas las denominaciones.

¡Ojalá todos los profesantes pensarán así! Entonces nuestros ojos pronto podrían contemplar la prosperidad de Sión; podríamos ver en Jerusalén una morada serena. La unión de la verdad ha sido, y siempre debe ser, el deseo y la oración de todos nosotros. "Unión en la verdad" es nuestro lema, la palabra divina es nuestro emblema, en el nombre del Señor desplegamos nuestra bandera. Nuestros ojos se dirigen a sus promesas: "Y temerán desde el occidente el nombre de Jehová, y desde el nacimiento del sol su gloria; porque vendrá el enemigo como río, más el Espíritu de Jehová levantará bandera contra él". Nuestro humilde deseo se ser portadores de su emblema, luchar bajo su bandera y con sus armas, que "no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas". Estas fortalezas, estos tabiques de separación, como las murallas de Jericó, han sido levantados hasta el mismo cielo para separar al pueblo de Dios, para dividir a su rebaño y evitar así que entre en el descanso prometido, al menos es este mundo. Un enemigo nos ha dividido, pero no prevalecerá hasta el fin: "Los mansos heredarán la tierra, y se recrearán con abundancia de paz". "Y el reino y el dominio, incluso la grandeza de todo el reino bajo el cielo, será dada al pueblo de los santos del Altísimo, y la poseerán para siempre". Pero esto no puede suceder si el pueblo está dividido: "Todo reino dividido contra sí mismo, es asolado, y toda ciudad o casa dividida contra sí misma, no permanecerá" Este ha sido el caso de la iglesia durante mucho tiempo. Sin embargo, "no abandonará Jehová a su pueblo, ni desamparará su heredad, sino que el juicio será vuelto a la justicia, y en pos de ella irán todos los rectos de corazón". A ellos, y sólo a ellos, se dirigen nuestras esperanzas. Por tanto, venid vosotros, benditos del Señor. Si tenemos vuestras oraciones, tengamos también vuestra ayuda efectiva. ¿Oraremos por una cosa y no lucharemos por conseguirla?

Os llamamos, os volvemos a invitar al examen de estas premisas. Los que estáis cerca, asociaos con nosotros; los que estáis a una distancia demasiado grande, asociaos como lo hemos hecho nosotros. No dejéis que la escasez de número, en ningún lugar, os suma en un desaliento insuperable. Recordad a Aquel que dijo: "Si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquier cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos". Con tal promesa de alcanzar cualquier bien posible no hay lugar para el desánimo. Venid, pues, "los que os acordáis de Jehová; no reposéis, ni le deis tregua hasta que restablezca a Jerusalén y la ponga por alabanza en la tierra". Proponeos esa noble resolución cumplida por el profeta: "Por amor de Sión no callaré, y por amor de Jerusalén no descansaré, hasta que salga como resplandor su justicia, y su salvación se encienda como una antorcha". Con este propósito, encontraréis medios para asociaros a pesar de las distancias, con el fin de reuniros al menos una vez al mes y suplicar al Señor que ponga fin a nuestras lamentables divisiones; que cure y una a su pueblo para que su iglesia pueda regresar a su unidad y pureza originales y así regocijarse en la prosperidad prometida; para que los judíos sean convertidos rápidamente, y también todos los gentiles. Asociados de esta forma estaréis capacitados para investigar las causas nefastas de nuestras divisiones; para considerar y deplorar sus perniciosos efectos y lamentarlos delante del Señor, quien ha dicho: "Andaré y volveré a mi lugar, hasta que reconozcan su pecado y busquen mi rostro". ¡Ay! ¿Que perspectivas razonable, pues, podemos tener de ser liberados de esas tristes calamidades, que han afligido por tanto tiempo a la iglesia de Dios?

Mientras tanto, un espíritu de partido, en vez de lamentarse, se afana en justificar el amargo principio de esos males, insistiendo en rechazar a aquellos que, aunque intachables en otros aspectos, no están de acuerdo con ellos en cuestiones de opinión privada o conjeturas humanas que no han sido expresamente reveladas u ordenadas en la Palabra de Dios. Asociados los amigos de la paz, los abogados de la unidad cristiana tendrán capacidad para congregarse en círculos mayores, donde varias de esas sociedades menores podrán reunirse semestralmente en un centro conveniente y así intercambiar los distintos esfuerzos por servir a los intereses de la causa común. Esperamos que muchos ministros del Señor en todas partes se ofrezcan voluntarios en dicho servicio, porque ellos saben que éste es el verdadero deseo de su alma.

Vosotros, amantes de Jesús y amados por él, aunque os halléis esparcidos en este día oscuro, amáis la verdad que se encuentra en Cristo; nosotros también, si nuestros corazones no nos engañan. Vosotros deseáis la unión en Jesucristo con todos aquellos que le aman; nosotros también. Lamentáis y desecháis nuestras tristes divisiones; nosotros también. Rechazáis las doctrinas y mandamientos de los hombres, porque queréis guardar la ley de Cristo; nosotros también. Creéis que sólo la palabra debe ser nuestra regla, y no las explicaciones humanas de ella; nosotros también. Creéis que ningún hombre tiene derecho a juzgar, excluir o rechazar a su hermano cristiano si la misma letra de la ley no lo condena o rechaza; nosotros también. Creéis que la norma fundamental de unidad y amor no debe ser violada ni ha de dar lugar a opiniones humanas para convertirlas en artículos de fe y condiciones para la comunión; nosotros también. Vosotros sois sinceros e imparciales seguidores de Jesús, amigos de la verdad y de la paz. No nos atrevemos, no podemos pensar otra cosa de vosotros; será violentar vuestro carácter y olvidar vuestras oraciones y vuestra profesión. Tendremos, por tanto, vuestra sincera colaboración. Pero si alguno de nuestros queridos hermanos, a causa de debilidades o prejuicios, pensara de diferente forma, esperamos caritativamente que, a su debido tiempo, Dios le revele estas cosas; sólo quien, lleno de prejuicios, rehuse venir a la luz podrá rechazarla cuando brille sobre él.

Dejad que consideren seriamente lo que hemos sometido a su reflexión; pesad cada sentimiento en la balanza del santuario, como a la vista de Dios, con sincera oración y humilde confianza en su espíritu, no en el espíritu de autosuficiencia y celo de partido. Haciéndolo así, estamos seguros, las consecuencias redundarán en beneficio de su propia paz y la de la iglesia. No dejéis que nadie imagine que al decir esto nos arrogamos un grado de inteligencia superior al de nuestros hermanos; nada más lejos de nuestra intención. Por el contrario, nuestra confianza está basada por entero en la Escritura y en la evidencia práctica de las cosas referidas, lo que, sin embargo, si existe desatención o prejuicio, puede dejar de producir el efecto deseado, como ha ocurrido con algunas de las verdades más claras en tantas ocasione. Pero el amor no piensa mal. No debemos conjeturar, aunque sí debemos hablar. Advertir contra males posibles no significa falta de amor, así como la certeza de algunas verdades no supone motivo de presunción por nuestra parte. No demandamos, en absoluto, la aprobación de nuestros hermanos para lo que hemos sugerido con el fin de promover la sagrada causa de la unidad cristiana más allá de su propia evidencia.

Pero pretendemos humildemente una justa investigación del tema y solicitamos la asistencia de nuestros hermanos para llevar a cabo lo que débilmente hemos intentado ya. Es nuestro consuelo mientras tanto que el acontecimiento deseado, tan seguro como feliz y glorioso, no admite disputa, aunque dudemos o difiramos sobre el medio conveniente de llevarlo a cabo. Todo lo que nos atrevemos a decir es que confiamos en haber partido de la base correcta; al menos, si no lo hemos hecho, no esperamos encontrarla en otro lugar. Porque si el mantenernos firmes en la profesión y práctica de todo lo revelado y ordenado en las normas divinas, bajo la prometida supervisión del Espíritu Santo, no prueba ser una base adecuada para promocionar y conservar la unidad, paz y pureza, desistiríamos de alcanzar esos inestimables privilegios, aceptando las normas de cualquier partido. Defender la causa de la unidad, adhiriéndonos a los intereses de un solo sector, soría tan absurdo como si este país tomase partido a favor de uno de los beligerantes en la presente lucha, que ha agitado y está agitando a las naciones, a fin de mantener su neutralidad y asegurar su paz. No; supondría adoptar los mismos medios por los cuales la iglesia, en su aturdimiento, ha estado durante cientos de años desgarrándose y dividiéndose a sí misma en pedazos, por amor a Cristo y por amor a la verdad, aunque la primera y básica verdad del cristianismo es la unión con él, y la siguiente, en orden de importancia, la unión de unos con otros en él: "Recibíos los unos a los otros, como también Cristo nos recibió, para gloria de Dios". "Y éste es su mandamiento: Que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y nos amemos unos a otros como nos lo ha mandado. Y el que guarda sus mandamientos, permanece en Dios, y Dios en él. Y en esto sabemos que él permanece en nosotros, por el Espíritu que no ha dado", exactamente el espíritu de fe, y de amor, y de una mente sana. Y, sin duda, esto debe bastarnos.

Pero, ¿cómo amar y recibir a nuestros hermanos de la misma forma en que Cristo les ha recibido a ellos y a nosotros, y al mismo tiempo rehusar tener comunión con ellos? Confesamos que es un misterio demasiado profundo para nosotros. Si ésta es la manera en que Cristo nos ha recibido, entonces ¡ay de nosotros! No nos referimos a un hermano que haya transgredido la letra de la ley, rechazando ser guiado. Aunque nuestro amor sea grande en tal caso no existe evidencia suficiente de que Cristo le haya recibido ni de que él haya aceptado a Cristo como su Maestro y Señor. Por tanto, adoptar métodos aparentemente subversivos al fin propuesto (medios que la experiencia de los años ha mostrado acertados sólo en el derrocamiento de los intereses del cristianismo, contrarrestando el mandamiento expreso de su divino autor) no puede ser, de ninguna manera, una medida prudente para desarraigar y prevenir esos males. Mantener la unidad y la pureza ha sido siempre la pretensión aparente de los recopiladores y fomentadores de sistemas humanos. Y, en muchos casos, creemos en su sincera intención. Pero, ¿han tenido en cuenta el fin que se proponían? Expresamente, no lo han hecho; no, ni siquiera los grupos que han adoptado este sistema con más rigor, y mucho menos el cuerpo católico.

En lugar de la unidad y pureza universales ¿qué otra cosa nos ha presentado la iglesia hasta hoy, sino un catálogo de sectas y sistemas sectarios, cada cual unido a su respectivo partido, con el más solemne empeño de seguir así hasta el fin del mundo? Al menos tales se han confesado muchos de ellos. ¡Qué horrendos sustitutos son de la unidad y el amor cristianos! Por otra parte, ¡qué dicha supone saber que ninguna obligación humana a la que el hombre se pueda doblegar es válida contra la verdad! Cuando el Señor descienda sobre su pueblo para descubrir la naturaleza y la tendencia de esos lazos artificiales con los que se ha dejado maniatar en su oscura e inconsciente condición, no podrá continuar sujeto a un estado de servidumbre sectaria, como tampoco los mimbres y cuerdas con que los filisteos ataron a Sansón pudieron contenerle, ni las cadenas del anticristo mantuvieron en cautividad a los padres de la Reforma. Que el Señor abra pronto los ojos de su pueblo para que vea la realidad con su auténtica luz y le incite a salir de su desolada situación, lejos de esta Babel de confusión, apoyándose sobre su Amado y permitiendo que unos y otros se abracen en él, firmes en la unidad del espíritu con las ligaduras de la paz. Esta preciosa unanimidad en Jesús proporcionaría la mejor evidencia externa de su unión con él y de su interés conjunto en el amor del Padre.

"En esto sabrán todos que sois mis discípulos", dice él, "si tenéis amor los unos por los otros". Y "éste es mi mandamiento, que os améis unos a otros como yo os he amado; que también os améis unos a otros". Y otra vez: "Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre, para que sean uno, así como nosotros". "Y todos los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mondo crea que tú me enviaste. La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado".
Que el Señor acelere esta profecía en su debido tiempo. Adiós.

Paz sea con todos aquellos que aman a nuestro Señor Jesucristo con sinceridad. Amén.

- Thomas Campbell,

Thomas Acheson

- "Movimiento de Restauración:

Historia y Documentos", Editorial Irmayol, 1987,

Páginas 73 - 109 (Utilizado con permiso)

BREVE RESUMEN: "Declaración y Alocución". La primera parte de este trabajo establece un plan para formar una asociación de cristianos que trabajan para reunir a todos los cristianos. Los detalles de la segunda parte de las divisiones en la iglesia existente y la necesidad de regresar a la simplicidad del cristianismo del Nuevo Testamento. Thomas Campbell señaló que "no hay divisiones en la tumba, ni en el mundo que se encuentra más allá de ella". Es hora de que estas divisiones terrenales llegan a su fin. A continuación, se establece trece proposiciones, seguido de una exhortación a la acción.

La primera proposición afirma que "la iglesia de Cristo sobre la tierra es esencialmente, de forma deliberada y constitucionalmente una". Proposición tres afirmaron que para los cristianos a unirse, "nada debe ser inculcado a los cristianos como artículos de fe, ni requiere de ellos como términos de comunión, pero lo que está expresamente enseñado y ordenado en la palabra de Dios".

ALEXANDER CAMPBELL Y LA CUESTIÓN DE BAUTISMO:

Sobre la base de la raíz etimológica de la palabra griega para bautismo, Alexander Campbell llegó a la conclusión de que la inmersión sólo constituye el bautismo bíblico.

El día 12 de junio de 1812 Alexander Campbell y su esposa Margaret, junto con su padre y la madre, Thomas Campbell y Jane, se reunieron en un arroyo cercano de la iglesia Brush Run. La mayor parte de la iglesia Brush Run y muchos otros ya se habían reunido para presenciar el evento. Tanto Thomas y Alexander explicó en detalle por qué se estaban bautizando por inmersión y por qué sentía que Dios sólo acepta el bautismo de un creyente. Después de escuchar estos mensajes, varios de los reunidos decidieron ser bautizados también.

En cuanto al propio bautismo, Alexander quería que se realizara exactamente en el patrón del Nuevo Testamento. Los candidatos se sumergieron en la simple confesión de que "Jesucristo es el Hijo de Dios". Desde que Alexander no pudo encontrar su lugar en las Escrituras donde los candidatos al bautismo dio un testimonio sobre su "experiencia religiosa", ninguna de las personas que ese día dio una. Durante la semana siguiente, Thomas Campbell sumergió otros trece miembros de la iglesia Brush Run. Pronto, otros siguieron.

- www.alexandercampbell.org

y La Voz Eterna, Enero 1990

"Ahora, pues, ¿por qué te detienes? Levántate y bautízate, y lava tus pecados, invocando su nombre" (Hechos 22.16).

 

("La Declaración y Alocución está considerado como uno de los grandes escritos religiosos de la humanidad" - Juan Antonio Monroy)

 

Índice de Estudios
(Pasajes bíblicos tomados de la Biblia Reina-Valera Revisada ©1960 Sociedades Bíblicas en América Latina. Copyright renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Utilizado con permiso.)

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