TRANSFORMACIÓN

POR FE

  

Encontrándome en Honduras en el año 1980, me enteré de que un ciclón pasaría en su trayectoria por la misma dirección donde se encuentra la República Dominicana. Esta noticia produjo en mí gran preocupación, puesto que en este país reside mi familia. Ante mi actitud un hermano en Cristo me amonestó con esta pregunta: ¿Dónde está tu fe? Esto me preocupó mucho durante algunos minutos. Sin embargo, fue en ese momento que recibí una fortaleza de mi fe, a tal grado que me reí de mi incertidumbre.

De igual manera Dios hace transformaciones en y para el creyente, mediante la fe, tal como lo explicaremos a continuación. Dios hace transformaciones en las inherentes deficiencias que colman la vida del creyente mediante la fe; de ahí que el influyente apóstol Pablo escribió a los insólitos filipenses: "Estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo" (Filipenses 1.6). Cada célula espiritual que constituye al cristiano recibe una dosis transformadora de Dios, para convertirla en la naturaleza divina (2 Pedro 1.4). El transformismo que defendieron Lamarch y Darwin, sobre la teoría biológica y las transformaciones durante el tiempo, de las especies, sólo tiene sentido real y definitivo en la transformación espiritual que el Divino realiza en sus criaturas. Es lógico que Pablo escribiera a los carnales y espirituales corintios: "Por tanto, nosotros todos mirando a cara descubierta, como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor" (2 Corintios 3.18).

Por consiguiente, la transformación que Dios hace es patente mediante la fe del creyente. El Daniel del Antiguo Testamento es un ejemplo de esto, puesto que sin adherirse al concepto de los babilonios de la alimentación y su influencia en el conocimiento, fue bendecido grandemente por Dios: "A estos cuatro muchachos Dios les dio conocimiento, e inteligencia en todas las letras y ciencias; y Daniel tuvo entendimiento en toda visión y sueños... y no fueron hallados entre todos ellos otros como Daniel, Ananías, Misael y Azarías" (Daniel 1.17-20).

Otro ejemplo lo fue José, hijo de Jacob, quien en su debilidad no podía librarse de la crueldad de sus hermanos; de la perversión de la esposa del Potifar y de la celda que lo encarcelaba, sin embargo dijo: "¿Acaso estoy yo en lugar de Dios? Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo" (Génesis 50.19-20). Ve, hermano, como Dios transformó las circunstancias, pero sobre todo cómo transformó a débiles hombres en hombres fuertes por la fe. Me parece oír a Dios diciéndolo a Pablo: "...Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad", a lo que Pablo reacciona interiorizando la divina respuesta y dice: "Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo" (2 Corintios 12.9).

Dios hace transformaciones en el intelecto del creyente, mediante la fe, de tal manera que los conceptos que se tienen de las cosas pueden cambiarse de una manera diametralmente opuesta. Es así como justifica que "no os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento" (Romanos 12.2).

Esta renovación es la culminación del trabajo de Dios en las esferas consciente e inconsciente del sujeto; rechazando toda obra maligna en el interior del creyente, provocando la misma una digna revolución y discriminación de todo aquello que es impropio a la naturaleza divina. Por lo que hay que renovarse "en el espíritu de vuestra mente" (Efesios 4.23). De ahí que es indispensable que Dios haya plasmado sus leyes en la mente del creyente: "...Pondré mis leyes en la mente de ellos, y sobre su corazón las escribiré..." (Hebreos 8.10; Jeremías 31.33). La presencia de la ley de Dios que es la Palabra, ilumina lo más recóndito del ser, atrayendo sobre sí la apropiación de la mente de Cristo, a través de la obra transformadora del Espíritu Santo que habita en ella. Por eso Pablo escribió: "Porque, ¿quién conoció la mente del Señor? ¿Quién le instruirá? Mas nosotros tenemos la mente de Cristo" (1 Corintios 2.16). Esto es el modo de pensar de Cristo, la dirección hacia el bien, la búsqueda del actuar en el amor, y la esencia de estar en la verdad. Todo esto lo hace Dios en el verdadero individuo de fe.

Tenemos el ejemplo de los Tesalonicenses, quienes de la más horrible idolatría pasaron a la fila de Dios: "Y cómo os convertisteis de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero" (1 Tesalonicenses 1.9). Asimismo María Magdalena, de quien Jesús echó fuera siete demonios, su transformación fue tal que estuvo junto a la cruz en la muerte de Cristo (Marcos 15.40). Además fue también la primera persona a quien apareció después de la resurrección (Marcos 16.9). Esta mujer pasó de poseída de demonios a la más brillante de las noticias que el mundo debía conocer: La resurrección de Cristo (Marcos 16.9-11). Eso lo hace Dios, la mente de Cristo a los humanos de fe. ¡Gloria a Dios!

Dios hace transformaciones en los proyectos espirituales del creyente, mediante la fe. En cada situación que se presentan hay dos oportunidades: A) La de Dios al manifestarse en beneficio del creyente y B) la del creyente al poder demostrar su fe para con Dios, delante de los hombres. De ahí que, se hace impostergable la presentación y ejecución de proyectos que contribuyan al engrandecimiento de la obra de Dios, y su perfeccionamiento a través de los agentes que Dios tiene para con su pueblo.

La murmuración que los griegos hicieron sobre los hebreos por el descuido de las viudas, en la distribución diaria, contó con la sabia determinación de los apóstoles para corregir tal percance. De ahí surgió el ministerio del diaconado, que sin lugar a dudas es significativo e indispensable para el buen funcionamiento de la iglesia. Dios iluminó a los apóstoles, la iglesia humildemente aceptó la propuesta, y la palabra del Señor crecía, por lo que se multiplicaba el número de los discípulos (Hechos 6.1-7). Pablo manifiesta una fe tácita cuando dice: "Pero por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo" (1 Corintios 15.10). Esto demuestra que la dignidad de la obra proyectada no es de la única incumbencia del creyente, sino que también Dios actúa juntamente con él: "Y el Señor añadía cada día a su iglesia los que habían de ser salvos" (Hechos 2.47). Por lo que es ineludible que la obra de transformación de inconverso a converso, de ministerio estéril a fértil, de hermano inmaduro a maduro lo hace Dios, no el hombre. El creyente es un simple instrumento que por la fe, se pone en la mano de Dios.

Un ejemplo de transformación fue la reconstrucción del templo, que a pesar de que se trató de impedir, "los ojos de Dios estaban sobre los ancianos de los judíos, y no les hicieron cesar..." (Esdras 5.5). "Dejad que se haga la obra de esa casa de Dios..." (Esdras 6.7). Por consiguiente, si el creyente se pone en mano de Dios, el Señor hace la obra a través del creyente. Hermano, deja que tu fe actúe, confía en Dios, que en Cristo todo lo podemos.

Dios hace transformaciones en los asuntos materiales del creyente, mediante la fe. En este sentido la incólume condición del hombre de fe satisface la postura de la Providencia en la más trascendental obra en su creación, que es la fe. La fe es "la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve" (Hebreos 11.1); y es ahí donde las necesidades materiales son absorbidas por la fe, dando la satisfacción al creyente; dando la ocasión de la manifestación de Dios.

Sólo en la escasez o la ausencia material se puede percibir la incuestionable necesidad de la ayuda material de Dios, cuidando al creyente. Como dijera el salmista: "Jehová es mi pastor; nada me faltará" (Salmos 23.1). Como dijera Jesucristo en relación a vestimenta, alimentos y bebidas: "Por tanto os dijo: No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? ... Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas" (Mateo 6.25-33). La impronta de la vida cristiana radica en esa confianza de que Dios no le desamparará, ni le dejará, por consiguiente, se debe actuar "echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros" (1 Pedro 5.7). En esa virtud, en Dios reside la respuesta a la insolucionable necesidad humana; sólo Dios puede sobrepujarla; puesto que "el justo por la fe vivirá" (Romanos 1.17).

Por otra parte, Dios hace transformaciones en las metas futuras eternas del creyente, por la misma fe. Son significativas las ofertas que Dios da para que las disfrutemos en las esferas celestiales con Cristo, tales como un cuerpo inmortal, incorruptible, eterno (1 Corintios 15.42-45; 2 Corintios 5.1). Además una herencia (1 Pedro 1.4; Romanos 8.17); una ciudadanía (Filipenses 3.20; Juan 14.1-3; Hebreos 11.13-16). De manera que toda nuestra insubsanable condición terráquea será transformada de lo humillante a lo sublime; de la pobreza a la riqueza; de lo mortal a lo inmortal; de lo material a lo espiritual. De ahí que la esperanza del creyente no está en la fuerza psicológica de él, sino en la fe que deposita en Dios, quien excede al conocimiento de lo material, traspasando aun lo que los hombres llaman "lo místico". De ahí que el futuro del hombre de fe es promisorio, y como tal debe exaltar la dignidad de su vocación, y al Originador de su existencia y consistencia.

La transformación de Dios en la fe del creyente, puede estar avalada por la influencia ejercida del autor de la fe (Jesucristo) en las situaciones presentadas a él durante su ministerio, que no es más que transformar los pocos panes y peces en muchos con que sació a la muchedumbre. También en la transformación del agua en vino, siendo este el mejor en las bodas de Caná; o, el paso de enfermos a sanos de tantas personas; o la conversión de la conducta de miedo en confianza, como sucedió con los discípulos; la transformación de muerte a vida como Lázaro y otros; o como dice Jesús sobre la vida espiritual: "De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida" (Juan 5.24). Por todo lo dicho antes, usted, hermano, y este escritor podemos poner nuestra fe en Dios, quien hace transformaciones en nosotros mediante la relevancia de nuestra fe, para que comprobemos lo grandioso de su voluntad.

En conclusión: La transformación que experimenta el creyente es debido a la influencia que ejerce Dios en él, mediante la fe que éste deposita en su Salvador. Esto es observado por los que comprenden y entienden las intervenciones de Dios sobre las leyes espirituales y materiales, a través de las cuales él inclina su poder y sabiduría al bienestar del creyente. De ahí que el despojo de la carnalidad por la implantación de la santidad; la conversión de los ministerios estériles a ministerios fértiles, conllevando el engrandecimiento y embellecimiento del reino de Dios en la tierra; la desesperanza cambiada a la esperanza celestial del creyente; avaladas por las obras en Jesús el Cristo, constituyen la fortaleza de la fe en un Dios real, que actúa para y en el creyente.

- Fausto Piña Bello

La Voz Eterna, Enero-Febrero 1998  

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(Pasajes bíblicos tomados de la Biblia Reina-Valera Revisada ©1960 Sociedades Bíblicas en América Latina. Copyright renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Utilizado con permiso.)

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